lunes, 19 de mayo de 2014

Miedo

Me estoy cansando cada vez más de ser presa del miedo. Miedo a fracasar, a quedar mal, a no caer bien,  a no ser aceptada, miedo a ser yo. Técnicamente era algo más que superado, pero me he dado cuenta que no, que sigo en ese camino evolutivo en que se encuentran los roedores, con metabolismo acelerado porque entre correr y pelear, prefiero correr.

Es increíble cómo sale a flote incluso en actividades que no tienen por qué atemorizarme. Porque bueno, si uno está defendiendo una tesis de doctorado frente a tres depredadores que tiran a matar, es normal tener miedo. Pero me asusto en las situaciones más inofensivas, vivo asustada por todo. Llevo un buen rato tratando de aceptarme como soy pero eso sí que lo detesto. Lo odio. Lo detesto porque me detiene, me frena, porque no me permite disfrutar las cosas o simplemente hacerlas porque quiero, porque me da la gana.

Entonces, hay una parte de mí que es aparentemente más osada - y digo aparentemente porque logró engañarme incluso a mí - pero vive callada la mayor parte del tiempo a causa de otra que está aterrorizada por cuanta piedra se cruza en el camino. El más mínimo asomo de crítica, la más inofensiva observación incluso la más diminuta sospecha me hace querer salir corriendo y huir despavorida porque no tengo el coraje y la entereza de enfrentar las cosas.

Hay días que me siento así, fastidiada de ser como soy.


jueves, 15 de mayo de 2014

Alma tribalera

Comencé a bailar danza árabe en el 2010, en un momento en que no contaba ni con tiempo ni con dinero. Sin embargo, de alguna manera me las ingenié para ir a clase dos veces a la semana justo a la hora del almuerzo y luego, cuando toda la situación estuvo más tranquila, comencé clases directamente en la academia. Mi maestra es bióloga también, por lo cual hablamos un idioma similar en muchas cosas y he aprendido una gran cantidad de cosas con ella, seguro muchas de las cuales ni siquiera es consciente.

Como todo en la vida, el aprendizaje de este tipo de danza comienza con la técnica. Se aprende la postura correcta, se tratan de quitar los malos hábitos, se practican incesantemente los movimientos hasta interiorizarlos y se incrementa la dificultad conforme pasa el tiempo. Se pueden incluir elementos como velos, abanicos de seda, alas de Isis, se puede bailar con músicos en vivo y se pueden aprender técnicas para improvisar. Sin embargo, también como ocurre con todo en la vida, llega el momento en que hay que buscar una identidad, un estilo propio. Es curioso, técnicamente, debería estar en uno, arraigado en lo más profundo de la personalidad, pero mientras uno aprende todas esas técnicas y mientras se familiariza con toda la energía propia de la danza, esa parte de la personalidad escasamente se asoma, al menos en mi caso. Supongo que habrá quienes brillan desde un principio, quienes tienen movimientos y estilos particulares cuando nadie les ha enseñado, incluso cuando no tienen demasiada práctica. Pero yo me he acercado con timidez al asunto, básicamente porque me cuesta expresarme y mucho más en cualquier tipo de expresión artística, supongo que por miedo al fracaso o a la crítica. Cosas que uno no puede evitar.

Sin embargo, creo que llegó el momento en el que no sólo debo sino que necesito aceptar una verdad irremediable que ha saltado a la vista desde hace un tiempo y que me había negado. El enfoque de la academia donde aprendí a bailar es la danza clásica egipcia, desde una perspectiva absolutamente purista. Y resulta que el purismo y yo no nos  la llevamos demasiado bien y que busco constantemente las fusiones y las mezclas – las bien hechas, eso sí – porque me parecen bastante interesantes. El tribal, por ejemplo, que es un estilo creado en Estados Unidos con base en la danza del vientre, tiene una serie de códigos, movimientos y fusiones con las que me identifico profundamente y que ciertamente siento mucho más propias que la danza clásica egipcia. He pasado todo este tiempo forzándome a buscar y encontrar en la clásica el camino, pero creo que definitivamente es el erróneo. No significa que no me guste o que no lo volveré a bailar, lo haré en tanto sea posible, pero ya es tiempo de dejar salir esta alma tribalera.


domingo, 23 de marzo de 2014

1482 no dista tanto del 2014

Hace varios años ya, decidí que había una serie de clásicos de la literatura que tengo que leer antes de morirme, porque si hay algo que me cautiva enormemente es la capacidad de la imaginación humana para describir universos, personajes y contextos o para valerse de las realidades que viven para crear y contar historias. Hice una lista que incluía un libro de Victor Hugo, “Los Miserables”, pero luego por casualidades del destino llegó a mis manos “Nuestra Señora de París” y he estado leyéndolo maravillada, (en mucho más tiempo del que esperaba, debo decir) no solo por la narrativa de Víctor Hugo sino también por la complejidad y pasión con que creó a estos personajes. Seguro muchos han visto “El Jorobado de Notre Dame”, la versión de esta historia que adaptó Disney y hay una gran cantidad de cosas que destacar de la película, que logra rescatar en gran medida lo que entiendo intenta comunicar el autor pero adaptada para niños, claro está. Cuando vi la película por supuesto era una niña y me llamó la atención que la historia no incluía una princesa típica, con un príncipe que la rescata sino una serie de personajes bien diferentes de lo que hacía Disney. Encontrarme con este libro reafirma mi curiosidad infantil y leerlo, despeja una gran cantidad de dudas. Hay muchísima tela por cortar, pero lo que más llama mi atención es una situación entre hombres y mujeres que me parece similar.

Esmeralda es en efecto una gitana lindísima, una de esas mujeres que tienen infinita gracia incluso para el simple hecho de caminar pero es cautivadora porque parece que no fuera consciente de eso. Es más, es de esas mujeres inteligentes, bonitas y tan amables que resulta imposible odiarlas a pesar de ese “chip” de envidia femenina que para nadie es un secreto. Esmeralda baila en las calles para ganar monedas, por lo cual también es una mujer de armas tomar, anda con una daga escondida y con una cabra y vive como el tesoro más preciado de la comunidad de gitanos que habitan en “La Corte de los Milagros” del París de 1492. Hay cuatro hombres que pretenden a Esmeralda, cada uno con un contexto diferente y con intenciones diferentes. Primero está Quasimodo, el jorobado, que no ha conocido más que el desprecio de una ciudad que le teme y el frío cariño de un arcediano que lo crió y le asignó el oficio de campanero. Quasimodo no espera nada, no pide nada, simplemente la contempla y suspira por ella siendo consciente de la baja probabilidad de lograr algo pero eso sí, dispuesto a dar la vida por ella si es necesario. En segundo lugar está Frollo, probablemente mi personaje favorito por esa lucha interna que lo domina al darse cuenta de lo que siente por una gitana siendo él un hombre religioso que se ha distanciado voluntariamente de las relaciones humanas. Es un personaje bastante complejo, no bastaría un post completo para describirlo pero en resumidas cuentas, quiere a Esmeralda de una manera dominante, celosa y posesiva, cosa que ciertamente no es nada sana. En tercer lugar está Grignoire, un tipo inteligente, amable y compasivo, cuya vida salvó Esmeralda en la corte de los milagros y que ha permanecido a su lado, la ha acompañado y ha estado con ella desde entonces. Ella es la luz de los días de este poeta y filósofo ignorado por una sociedad en la que a pesar de ser un intelectual, no tiene mayor trascendencia. El último es Febo, el “ilustre capitán” que no pasa de ser un patán que se ríe de tener una gitana que se muere por él y que utiliza palabrería barata para convencerla de sentir cosas por ella que no son ciertas. Como era de esperarse, Esmeralda está profundamente enamorada de Febo (y vaya uno a saber por qué, si al fin y al cabo es al que menos ha visto en toda la novela), no sabe nada de Quasimodo, detesta a Frollo (esa es otra historia larga y compleja) y a Grignoire lo condenó irremediablemente al papel de mejor amigo.

Me quedé pensando que la historia no dista mucho de lo que se ve a diario (y en esto me incluyo). Nos vivimos quejando de cómo nos tratan los hombres en quienes nos fijamos a pesar de ser nosotras quienes hemos elegido como indicado el prototipo de “hombre malo”, con un ego sobredimensionado y que hemos aceptado de una u otra forma ese papel de vivir agradecidas porque se fijaron en nosotras. No sé si a todas les habrá pasado, pero a mí sí. Es absurdo. He estado luchando por incluir en mi vida el hábito de ser consecuente. Si uno sigue persiguiendo Febos y dejando a los demás de mejores amigos, hay que al menos tener consciencia al respecto. No es que esta sea una taxonomía apropiada para incluir a todos los hombres, pero sí es un patrón de comportamiento que tenemos las mujeres y que al parecer ha sido el mismo desde 1492.

martes, 11 de marzo de 2014

No más apatía

Toda la vida desde que tengo memoria he adorado algo por encima de cualquier cosa en el mundo: aprender. Aprender todo tipo de cosas es divertidísimo y resulta que -como todos- hay cosas para las que soy muy buena y cosas que se me dificultan bastante. Sin embargo, acompañando eso que considero una virtud, está un enorme defecto que tengo y es la baja tolerancia al fracaso. Cuando no logro aprender y ser hábil en alguna actividad con cierta facilidad, me desanimo y abandono la causa. Me pasó con las matemáticas, la física y los deportes. Sin embargo, hay un campo del conocimiento que nunca me llamó la atención en lo más mínimo: la ciencia política. Desde que estaba en el colegio se esfumó de entrada el interés por democracia, ciencia política e incluso historia. Esa apatía se volvió prácticamente una de mis características más marcadas, porque aún bajo el fuerte argumento de la necesidad de conocer, entender y analizar una realidad nacional tan compleja como la que ha enfrentado este país desde siempre, mi interés parecía incluso disminuir aún más con los años.

Entré a estudiar a la Nacional y logré mantener exactamente la misma apatía en una facultad que solo se interesa por la ciencia básica, que no utiliza los paros y bloqueos como forma de protesta porque la base de su conocimiento y experimentos son seres vivos, que no arriesga tiempo de estudio por armar debates y cuya participación es nula básicamente por falta de información. Terminé el pregrado en los cinco años exactos, porque aún cuando estudiantes de la universidad detenían por completo las actividades académicas, nosotros nos las ingeniábamos para seguir estudiando y no atrasar tanto el semestre. Mucha gente dice que uno puede tardarse más de una década en graduarse por los paros en la Nacional. A todos esos les demostramos que no siempre era así.


Sin embargo, en primer semestre apareció un estudiante de Ocaña, Norte de Santander, una persona brillante, uno de los hombres más inteligentes que he conocido, si no el más inteligente. Iván tiene una enorme habilidad en las ciencias exactas y una capacidad de análisis y conexión de conocimientos increíble, pero además de todo eso, lo acompaña una constante crítica a la estructura política y social que distando de ser agresiva y aburridora, termina por empapar a una persona tan apática como yo. Por supuesto, la realidad que ve una persona que nació y creció en Ocaña es bastante diferente de lo que rodea a un bogotano cualquiera. Las problemáticas que para mí parecían tan lejanas e impersonales eran panoramas que él había vivido y sufrido y ahí radicaba la pasión de sus críticas. Iván tiene un interés enorme por mantenerse informado todo el tiempo y por seguirle la pista a quienes nos dirigen y la vida le presenta justo a una persona como yo, que todo el tiempo está creando universos alternos para vivir un rato, bien sea por gusto, por vicio o porque la realidad es una cosa difícil de enfrentar. Han pasado unos siete años desde que conocí a Iván y han pasado cuatro años desde que inicié en el mundo de una danza oriental cuya filosofía es tener los pies en la tierra y poco a poco, junto con otros factores han logrado influir en mi apatía. Ayer me quedé viendo una conferencia que dio Jaime Garzón en 1997 en una universidad en Cali y concluí que esta apatía ya no puede ser. He estado demasiado tiempo aislada de la realidad - cosa que me encanta y que seguiré haciendo con certeza - pero se ha convertido en algo necesario estar acá, ver las cosas, analizarlas, criticarlas pero especialmente, no quedarse en la crítica y el señalamiento sino utilizar los recursos que tengo disponibles para hacer algo, con personas que se interesan también. Tengo la fortuna de contar con unos cuantos individuos que opinan lo mismo, lo cual impulsa a utilizar ese amor a aprender que pregono, en otros campos, a interesarse por el problema, a ponerle atención. Escribir en el estado de Facebook o en un tuit que “este pueblo ignorante, tal por cual, se merece la realidad que tiene” no lo convierte a uno más que en un cómplice adicional, un individuo sentado en esos tronos de oro que tanto odio señalando a los otros y criticando sin proponer, cómodamente sentado desde el otro lado de una pantalla que tiene más basura que información veraz. Si se cree tan intelectual y superior, infórmese, proponga, hable, convenza pero no con violencia sino con realidades, no juzgando sino argumentando. Es bastante sencillo sentarse a condenar a otros pero buscar soluciones y hacer uso de lo que solo otorga el conocimiento implica justamente ese interés que no tenemos. No más, esta apatía se tiene que acabar.

domingo, 23 de febrero de 2014

Libertades individuales

El álgido tema de la liberación femenina no podría tener más matices porque no hay cómo. Ante los argumentos de tener los mismos derechos de los hombres, aparecen los defensores nostálgicos y acérrimos de otras épocas, en que las mujeres aparentemente eran mejores, más damas, más sensibles. Unos defienden la liberación, otros la crucifican, unos defienden a las mujeres, otros las victimizan y siempre, sin importar qué se defiende, tanto mujeres como hombres terminan acusándonos a las mujeres de putas. Así, sin más ni más. Tal cual sucedía antes aunque por diferentes razones, sucede ahora.

No voy a entrar en discusión sobre el asunto del machismo o el feminismo, porque ya mucho se ha hablado y bastante información distorsionada hay. La razón es simple: siempre que una idea tiene fuerza en la sociedad, se presta para diferentes interpretaciones, cada uno la defiende o la condena de acuerdo con lo que piensa o incluso con lo que más se ajusta a su vida. Cada ser humano es un universo complejo fruto no sólo de lo que por naturaleza es, sino también de la crianza, el desarrollo social y las vivencias que ha tenido. Cada uno además cambia conforme pasa el tiempo y pretender determinar una verdad absoluta que se ajuste a la vida de todos es completamente absurdo.

He notado la aparición de una corriente bien curiosa, de personas que condenan la actitud de andar por la vida sin enamorarse por cualquier cosa y de tomar el sexo como una actividad independiente del amor porque definitivamente no es cuestión de mujeres. Al parecer para estas personas, un cromosoma X nos ha determinado automáticamente como las dueñas y señoras del sentimentalismo y cualquiera que decida adoptar una posición diferente es una pobre mujer vacía que pretende ser como los hombres y que se ha vendido a la defensa del propio machismo bajo una máscara de liberación. Supongo que sucede, hay mujeres que seguramente son así. Sin embargo, no son todas. Tampoco puede afirmarse que aquellas que pretenden ser damiselas en peligro custodiadas por un dragón son las que están bien.


Aprendí que uno no debe juzgar a las personas a la ligera, ni seguir prejuicios y mucho menos sentarse en una silla de superioridad moral para condenar a diestra y siniestra. Eso quiere decir - aunque es bastante difícil llevarlo al plano real - que acepto pero no comparto la actitud de muchas de las mujeres que me rodean y que he decidido respetar sus decisiones. Muchas de ellas respetan las mías, otras las condenan, a veces de frente y a veces en silencio. Ahora, de vez en cuando aparece una que otra de éstas defensoras del vínculo emocional a sentarse en un trono de oro y lanzar improperios contra las demás, diciendo que le parece increíble que las mujeres denominadas “liberadas” acepten el sexo sin compromiso y que siempre salgan corriendo. Claman que prefieren “las mentiras de los hombres al oído” y no esa actitud de “touch and go”. Sí que entendieron mal el mensaje. Pero no me refiero al mensaje de la liberación femenina, sino al de respetar las libertades individuales. Estas personas que todo tienen que encasillarlo, que todo lo clasifican como blanco o negro y que ignoran la riqueza de la mente de cada ser humano por juzgar sin conocer, esas son las que realmente me molestan. Cierto es que me tiene sin cuidado lo que las personas consideren con respecto a mí y a mi forma de pensar. Sin embargo, a veces quisiera que esos que tienen como pasatiempo pregonar sus decisiones como las correctas, se fueran a otro planeta y nos dejaran vivir a los demás como nos plazca.

miércoles, 22 de enero de 2014

Ahórrense el "Deber ser"

Siempre pensé que el asunto de tener un montón de gente alrededor preguntando insistentemente si uno tiene novio, arrejunte, tinieblo, acompañante, amigo chévere o lo que sea no era más que una leyenda urbana o una maldición de pocos pertenecientes a círculos costumbristas dignos de un libro de Fernán Caballero (bueno, en realidad era una mujer llamada Cecilia Böhl de Faber y Larrea, pero la idea es esa). Sin embargo, desde hace alrededor de un año, algo le pasó a una buena proporción de las personas que me rodean que parecen bastante preocupadas porque teniendo 25 años y una enorme cantidad de trabajo a causa de una tesis de maestría, no tengo novio y para que se preocupen aún más: ni siquiera hay pretendientes. Los que no preguntan, trasladan la situación a ellos mismos, como mis compañeros de grupo apenas un par de años mayores que yo, que están increíblemente preocupados por conseguir esposo(a), tener hijos y formar familia teniendo un trabajo estable. Debe ser que yo tengo un delirio de adolescente terrible, porque ciertamente mis preocupaciones distan bastante de ser esas.

La pregunta obligada al ver que uno no tiene novio es el clásico “¿y por qué?”. ¿Por qué? Pues no sé, ¿qué espera la gente que le responda uno? La pregunta que sigue es: “¿y el novio que tenías antes?”, a lo que se responde un cortante: terminamos. Continúan en preguntas incisivas del por qué, del qué pasará, qué estará fallando. Ahora, hay una proporción que comienza a decirle a uno qué se debe o no se debe hacer para atraer a un hombre, como si fuera la receta para preparar algo. Los clásicos son que uno debe ponerlos a sufrir, o hacerse la difícil, o tener actitudes y aptitudes dignas de una dama, o que no puedes ser el “desparche” de un tipo y toda una cantidad de sandeces que me hacen sentir en la edad media o algo así. Si por alguna razón aparece alguien en el mapa y comienzas a salir con él, hay todo un código de comportamiento que algunas personas tratan de enseñarte, con lo que debes o no debes hacer, con qué tanto debes o no debes ceder y hasta dónde debes llegar para mantenerlo interesado. ¿Es en serio? Si el tipo no continúa interesado, el asunto es muy sencillo: uno no le gusta lo suficiente. Si está interesado, eso se nota, aún cuando uno sea el ser más despistado del planeta, como es mi caso.

Estoy cansada. Estoy aburrida de escuchar la retahíla sobre lo que debo ser o lo que puede estar sucediendo para explicar que no atraigo hombres o que no tengo novio. “Es que como tú das esa imagen de ser autosuficiente, es por eso que no se te acercan”. No pues si es así, grave, porque así soy yo y qué hacemos. Estoy más aburrida aún de que pregunten qué tipo de hombre busco exactamente porque si algo me ha enseñado la vida es que la gente no viene por moldes y que uno no va a una tienda a comprarlo azul o verde o alto o bajito y que es absolutamente imposible - al menos para mí - determinar todo un arquetipo de lo que “busco”. Es más, para que quede bien claro, aquí nadie está buscando nada. No se confundan.

No voy a negar que algunas de estas personas tengan intenciones loables y amistosas. El problema es que tanto encasillamiento, tanto prejuicio, tanta arandela termina por torturarle a uno la existencia y haciéndole creer que uno es el problema siempre, cuando en realidad el asunto es de dos y se resume a una sola cosa: hay empatía o no la hay. Es así de simple. O ese es al menos, el principio al que decidí acogerme.


viernes, 17 de enero de 2014

Reconciliando demonios

No sé si es una tendencia que tenemos todos, pero por alguna razón cuando las cosas no salen como yo espero me implanto una idea parásita en la cabeza que crece hasta alcanzar enormes dimensiones y termina haciéndome daño y persiguiéndome durante un buen tiempo. He tratado incansablemente de abandonar ese hábito y he aprendido a manejarlo medianamente, lo cual por consecuencia ha mejorado mi calidad de vida. Sin embargo, hay un demonio que me ha perseguido por una década entera, del que creí haberme liberado pero que desde hace un par de años volvió para quedarse.

Nunca he sido una mujer que llame particularmente la atención de los hombres. Cuando tenía unos 13 años fui por primera vez a una fiesta del colegio y en toda la noche nadie me sacó a bailar. A todas mis amigas sí, por supuesto. Y bueno, siendo una adolescente, era de esperarse que el asunto me torturara más de lo necesario, hasta que después decidí que yo iba a pasarla bien y que no me iba a amargar por eso. El tiempo pasó y al día de hoy, puedo salir a un bar y pararme a bailar sola sin pena porque al fin y al cabo, bailar es algo que disfruto enormemente. Se acabó el colegio, la universidad, comenzó el trabajo, comenzó la maestría y después de terminar una relación bastante larga (de la que son testigos quienes han leído este blog) estoy tranquila y feliz de ser quién soy. Probablemente más que nunca.

Pero entonces, aparece la idea parásita otra vez. La mayoría de las mujeres que me rodean salen frecuentemente con tipos y si no funciona, en cuestión de un par de semanas, ya tienen otra invitación. Es cierto que yo me la paso trabajando en el laboratorio, pero ellas también. Es decir ¿es en serio? ¿de dónde carajo los sacan? Ronda por mi cabeza alguna neurona bien aburridora, que comienza a preguntarse qué está tan mal en mí como para que todos los tipos salgan corriendo o ni siquiera intenten acercarse. Luego aparece la idea parásita en sí, que es básicamente una pregunta: pero es que ¿quién querría estar conmigo?.

Como ya dije, el problema no son las ideas parásitas en sí. El problema son las dimensiones que alcanzan y el daño que pueden hacerle a uno. Puede que yo no logre erradicar del todo la costumbre de atacarme porque es el camino que he recorrido siempre, pero definitivamente no tiene sentido hacerme daño sola. Suficiente tiene uno con algunas personas que se le cruzan por la vida como para acabar de rematar.

Decidí que lo voy a enfrentar. No, es más, me voy a reconciliar con este demonio que me persigue. Es cierto, cuando salimos a bailar con Andrea por ejemplo, difícilmente se nos acerca un tipo (a menos que esté a punto de desmayarse de la cantidad de alcohol) pero ¿y qué? ¿es acaso eso relevante? Y sí, es cierto, no es muy frecuente que me inviten a salir y siempre que vamos a "adelantar cuaderno" y preguntan por novios, cuadres, cuentos o lo que sea, no es que yo tenga mucho que contar. Pero ¿y qué? ¿cuál es el problema con eso? 

Decidí entonces que voy a seguir caminando por la vida aprovechando cada momento del que puedo extraer algo para aprender o para alegrarme. Y sonreír, eso también. Simplemente eso.

El café de la luna llena: gatos y astrología

El concepto de caf é s o restaurantes m á gicos que aparecen a media noche solo para un grupo selecto de sujetos que viven en alg ú n para í...