miércoles, 1 de febrero de 2017

El Efecto Sábato

"En el Laboratorio Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avanzando por una fuerte inercia que mi alma rechazaba."

Había escuchado muchas veces el nombre de Ernesto Sábato, pero jamás había leído sus libros ni sus ensayos. Tampoco sabía que era físico teórico, que había hecho un doctorado en ciencias físicas y matemáticas y que había trabajado como investigador en el Instituto Curie y en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). No tenía idea que su vida había tenido un giro con el movimiento surrealista y que un buen día de 1943 decidió alejarse por completo de la ciencia para dedicarse de lleno a la literatura y la pintura. 

Comencé a leer La Resistencia y lo primero que vi fue precisamente la reseña de la vida del autor. En ese momento pensé - y aún lo pienso - que ese hombre cumplió mi sueño dorado. Luego, cuando comencé a leer los ensayos en sí, me di cuenta que tenía muchas cosas que decir, que se había dado cuenta de todo, de la farsa en la que se ha convertido el mundo, de cómo ignoramos lo realmente importante, de cómo la competencia con la que nos condicionan a todos nos termina destruyendo y de cómo estamos invadidos por una serie de elementos de distracción que no nos satisfacen, por los cuales no sabemos a dónde dirigirnos, a dónde mirar y que nos han alejado bastante de la verdadera felicidad.

Leer a Sábato fue increíblemente reparador. Sentí, literalmente, que de alguna manera este hombre había reunido todos los pedazos en los cuales estaba rota mi alma y los había vuelto a organizar, para formar algo nuevo. Sentí que podía hacer lo que quisiera, que no estaba mal rehusarse a seguir el camino tradicional de los científicos, que no era la única decepcionada de tantas cosas en la sociedad y que la llama del idealismo, esa que resurgió de las cenizas y que me impulsa a trabajar por puro y físico altruismo es completamente válida. Se siente al leer cada frase, que Sábato era una persona que había vivido muchos años y que se dio cuenta de un mensaje importante de la vida, algo pragmático, tranquilo, sabio. Uno no sabe bien cuál es exactamente el mensaje, pero la paz que transmite es inexplicable. Me di cuenta que soy presa de muchas costumbres dolorosas de la cultura, que llevo una gran cantidad de cargas del pasado y que es el momento de dejarlas atrás o más bien, de tratar de entenderlas y solucionarlas de una vez por todas, porque simplemente no se puede seguir viviendo así, torturándose y sufriendo. 

No puedo garantizar, por supuesto, que el efecto de leer a Sábato sea el mismo para todo el mundo. Sin embargo, estoy segura que al menos un mensaje importante para la vida puede extraerse de cualquier pieza escrita procedente de ese físico de profesión, que en el corazón llevaba tantas cosas.

domingo, 8 de enero de 2017

Hacer grandes cosas

Cuando comencé a estudiar biología, deposité toda mi confianza y mi fe en la academia, estaba convencida del poder del conocimiento para lograr grandes cosas que sean de utilidad para la humanidad y para el mundo. Es un pensamiento muy bonito, una ilusión que brilla con luz propia y que probablemente constituyó el motor más grande para continuar estudiando durante los cinco años de carrera. Sin embargo, al enfrentarme al mercado laboral una vez me gradué, noté que lograr eso que soñaba tanto, sería mucho más complicado de lo que pensaba y que requería más que talento y dedicación. Decidí aprovechar una oportunidad de la universidad y hacer una maestría trabajando con células madre, un campo por el cual había sentido curiosidad desde hacía tiempo, aunque no sabía prácticamente nada sobre ellas. Durante los casi tres años y medio que duré haciendo la maestría con una tesis que se salía un poco del alcance y el nivel ideales, mi ilusión se redujo casi hasta acabarse y terminé por darme cuenta que la ciencia se mueve actualmente por motivaciones mucho más vanas, como el ego y los intereses propios de los científicos y que está muy lejos de esa ilusión de entender el mundo, de aprender más, de utilizar el conocimiento en pro de la humanidad, esa que era mi mayor motivación. Destruí esa llama que estaba en mi interior, lloré muchas veces diciéndome que sin importar cuánto me esforzara jamás lograría algo, no podría curar enfermedades ni solucionar problemas. Me blindé bajo una muralla desconsiderada que quería moverse con los mismos motivos de muchos, alimentar el ego publicando artículos científicos o ganando becas y títulos de universidades de gran prestigio en países desarrollados, pregonando a los cuatro vientos en las redes sociales sobre esos "logros", que no alimentarían más que al amor propio.

Terminé la maestría persiguiendo solo el diploma, porque sabía que lo que había hecho en mi tesis no servía ni serviría de nada. Por fortuna, logré conseguir un trabajo en investigación con células madre, las cuales siguen siendo las dueñas de mi atención y con el tiempo y las personas que me rodean actualmente, he vuelto a recobrar la fe. Hemos analizado los artículos y los grupos científicos de una manera más crítica, bajándonos de esa nube etérea en la que se encargan de subirnos a veces, una especie de dimensión paralela creada para repetirnos entre nosotros que somos brillantes, sin darnos cuenta de la distancia enorme que nos separa del mundo real. El año pasado estuve cuestionando seriamente quién soy, desde todos los puntos de vista y atravesé una seria montaña rusa emocional, agotadora pero reveladora también. He leído mucho y he aprendido sobre temas, personas y cosas diferentes al mundo de las ciencias puras y encontré de nuevo esa pasión escondida, esa llama que sigue viva muy dentro de mí, que sabe que si la ciencia tiene contacto con el mundo real, puede lograr grandes cosas. 

La vida es de inicios y finales, de ciclos que se acaban constantemente para dar paso a unos nuevos. Es algo que siempre he sabido. Sin embargo, en medio de tantos obstáculos y confusión en los últimos años, había perdido de vista eso que siempre he querido. Había perdido completamente la fe en lo que creo. Puede ser sugestión por el cambio de año, por libros leídos y por reflexiones intensas, pero ahora mismo, vuelvo a creer que sí puedo lograr un cambio, que puedo hacer grandes cosas. He encontrado personas maravillosas, inteligentes y decididas que pueden respaldar ese camino. Encontré otra vez una razón para entrar a un laboratorio y esforzarme por buscar, analizar, crear y conectar datos y eso es maravilloso. 

domingo, 16 de octubre de 2016

Mensajes en el tiempo

Etty Hillesum fue una judía que escribió un diario durante los días que pasó en un campo de concentración nazi en la segunda guerra mundial, el cual no fue tan famoso como el de Ana Frank del que seguramente todos hemos oído hablar. Etty tenía 27 años y se entregó voluntariamente a los nazis, negándose a esconderse de la Gestapo ante la destrucción inminente de su gente. En su diario, habla del amor y de dios principalmente, en medio de una situación tan terrible como debió ser permanecer en los campos para ese momento.

Es raro. Comencé curioseando los escritos a causa de otro libro donde la mencionan, en el cual explican el concepto de dios al que llegó Etty y su estado de iluminación ante una adversidad de tal magnitud. Sin embargo, me encontré con mensajes adicionales, con su relación con sí misma, su autoestima, sus preguntas y respuestas como mujer, su relación con un hombre, el amor, dios, la sabiduría, la bondad y el mal. Muchas de esas cosas me han rondado la cabeza incesantemente en estas últimas semanas, como si hubiera despertado de un letargo o un sueño profundo y muchas cosas simplemente se abalanzaran sobre mí, sin dejarme respirar bien. Al principio fue horrible, porque no sabía bien qué hacer con todo eso que estaba pensando. De hecho, van varios días así, un poco abrumadores, llenos de ideas, de cosas con las que no sé bien cómo reaccionar. Con el tiempo, todo se ha ido aclarando lentamente, lo cual pone a prueba mi paciencia que es más bien poca, pero de la que he tenido que hacer uso extremo para no sentir que estoy enloqueciendo.  

¿Nunca ha sentido que encuentra textos, libros, ensayos o poemas en el momento preciso? Eso sentí con Etty. Ella, en una época muy diferente, en un contexto completamente opuesto al mío, escribió una serie de mensajes importantes que me calaron en la médula hace un rato. Es como si pudiera leer mi mente, como si supiera exactamente lo que pienso, porque ella misma lo está viviendo y está reflexionando, construyendo y concluyendo sobre eso. Etty me ha dado una luz importante, un mensaje que necesitaba escuchar o leer, la voz pragmática y no teórica que a veces me cuesta tanto trabajo encontrar. Este tipo de cosas me suceden con frecuencia. Gracias, Etty, necesitaba tus palabras en este momento de mi vida, sin duda. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

Liberarse de las cadenas

Hoy, gracias a un amigo, me di cuenta de algo muy importante. En mi afán de evitar ser presa de relaciones interpersonales falsas e irreales, me construí una pesadilla propia con evidencia experimental que yo misma reuní y con argumentos que me parecían perfectamente claros para sustentarla. No voy a culparme por eso, no es la intención. Tampoco voy a caer en el mismo círculo vicioso de auto-compasión ni voy a buscar con desesperación un amigo que escuche el algoritmo que me llevó a notarlo para que reafirme lo que aprendí. No lo necesito, me basta y me sobra con abrir los ojos y despertar.

Lo que sí tengo claro es que quiero detenerme. Me ocurrió - a nivel emocional - algo que es común en el mundo de la ciencia. Construí una idea hace ya varios años que se fue reforzando a pasos agigantados con cada una de las aventuras emocionales que emprendí hasta el punto en que los hechos se volvían difusos y eran simplemente instrumentos que apoyaban la idea. Quedé tan inmersa en ella que de pronto me pareció real, una verdad inalterable. Sin embargo, apareció un contra-ejemplo tan conspicuo que fue imposible pasarlo por alto y utilizarlo como a los demás para alimentar esa idea tan bien implantada. Ahora, simplemente se rompe, cae por su propio peso. Aparecen imágenes, personas, palabras y situaciones que me muestran que lo único que hice fue tener una habilidad intachable para ajustar evidencias y ver la teoría que quería ver. Igual a como sucede con los experimentos, a veces, ignoramos los hechos y no los dejamos hablar de por sí, sino que simplemente extraemos una parte maleable que permite ajustarla a esa idea que queremos creer. El principal problema de mi teoría es que es bastante cruel conmigo misma. La verdad es que ya me cansé y hoy, ahora, he decidido liberarme de las cadenas que yo misma creé. 

domingo, 22 de mayo de 2016

No estoy tan sola después de todo

Mi núcleo familiar más cercano, que estaba compuesto por mis padres y mis abuelos maternos, se derrumbó en 6 años con la muerte de mi abuelo, luego de mi abuela y finalmente de mi papá. Ahora, 16, 14 y 12 años después respectivamente, vengo a darme cuenta que hay muchas cosas que se rompieron en mí. Creo también que hay cosas que decidí ignorar, esperando que si las dejaba de lado el suficiente tiempo, simplemente desaparecerían. Pero no desaparecieron. Permanecieron ahí escondidas e incluso se acumularon junto a otras experiencias que aunque parecen un poco tontas, también me afectaron y me hicieron daño. Mi mamá se enfermó la semana pasada y por numerosos problemas de nuestro eficiente sistema de salud, no tiene una EPS en este momento que la pueda atender. Sentí que el mundo se me iba a derrumbar porque ella, que es la única ancla que me queda con este mundo, estaba en una situación complicada y dependiendo enteramente de mí. Me faltó el aire. Me senté en el suelo y quise desaparecer, quise que todo fuera una mentira y que me despertara de una pesadilla. 
Finalmente, la situación no resultó ser grave y logré que la atendiera un médico particular. Pero me sentí más sola que nunca en mi vida. Yo, que siempre me he jactado de disfrutar de la soledad, de poder afrontarlo todo, me sentí como un punto insignificante en el planeta, que no le importa a nadie y por quién nadie haría nada, excepto la persona que tenía en frente y que necesitaba de mi ayuda y fortaleza. Sin embargo, me equivoqué. No estoy sola, hay gente a mi alrededor que puede y quiere apoyarme y ayudarme cuando lo necesite, solo que no me había dado cuenta. Es como si siguiera atascada en un momento de la vida que ya pasó pero que no he vivido correctamente. 

jueves, 24 de marzo de 2016

Investigación básica y clínica

Por las razones que ya expuse alguna vez en otra publicación de este blog, decidí estudiar biología y no medicina. Las ciencias básicas son cautivadoras y con los años me han fascinado prácticamente todas (de lo poco que sé de cada una), incluyendo la física que representó mi mayor dificultad. Sin embargo, siempre busqué ligar de alguna manera la investigación básica con la aplicación clínica, no sólo por ver los efectos en la vida real de lo que se observa en un laboratorio sino también porque tenía claro que es bien diferente tener un paciente de oncología a tener un cultivo de células tumorales. Sin embargo, la diferencia resulta ser muchísimo más grande de lo que yo tenía en mente.

Desde hace un año estoy trabajando en un Banco de Sangre de Cordón Umbilical, el único banco público del país, en el cual se procesan y almacenan unidades de sangre del cordón umbilical de neonatos de la red hospitalaria distrital, bajo una política de donación. Esta sangre puede reducirse a un volumen menor, que permita concentrar las células y puede congelarse en nitrógeno líquido durante años, para que en algún momento, un paciente que padezca alguna enfermedad como leucemia y que sea compatible con alguna de las unidades almacenadas, reciba un trasplante de células progenitoras hematopoyéticas. Lo que sucede en teoría es que esas unidades, que contienen todo tipo de células sanguíneas provenientes de un bebé saludable (y cuya colecta no representó ningún tipo de riesgo para la materna o el neonato) pueden descongelarse e inyectarse en el torrente sanguíneo de un paciente que ha sido sometido previamente a quimioterapia o radioterapia (para el caso de leucemias) y hallarán por señales químicas el camino correcto hasta la médula ósea, donde se alojan durante la vida las células madre que reconstituyen todos los tipos celulares de la sangre. Si todo sale bien, las células del donante llegarán a la médula, se instalarán definitivamente y serán capaces de reconstituir el sistema inmune del paciente. Hasta el momento no se ha realizado el primer trasplante con nuestras unidades, porque siendo el primer banco público del país, primero hay que construir las relaciones institucionales con quienes realizan el procedimiento y que suelen importar las unidades de Estados Unidos o de Europa. En este momento, se está avanzando en ello.

Sin embargo, sí han rotado por el banco numerosos residentes de oncohematología (pediátrica y de adultos) y nos han contado sus experiencias y las que viven diariamente los médicos especialistas que trabajan en el campo y que requieren el uso de las unidades. La realidad clínica está llena de variables que no pueden controlarse, no solo desde el punto de vista fisiológico sino también del administrativo. Por una parte, un trasplante se sugiere bajo ciertas condiciones específicas y no son favorables para todo tipo de enfermedades. El conocimiento es un campo en crecimiento, no solo en el laboratorio sino día a día en los hospitales y por alguna razón, yo había dado por sentado que ellos no tenían que lidiar con ese tipo de incertidumbre. Por si fuera poco, los trámites administrativos que entorpecen los procesos son un factor de gran impacto, sobretodo en situaciones como éstas en que unos días o meses pueden tomar un costo tan alto como una vida o la recuperación total de un paciente. Todo parecía más sencillo cuando lo leía en los artículos científicos, básicamente en estudios retrospectivos. 

El banco está creciendo y las oportunidades también. Hay muchas personas trabajando para ofrecer de alguna manera medicina de calidad, no sólo en términos de sangre de cordón sino también de sangre periférica y tejidos como córnea, piel y tejido amniótico. Es gratificante saber que lo que se hace en el laboratorio, las estandarizaciones, los experimentos y los retos no se van a quedar en un cuaderno o en un artículo sino que tal vez, si todo sale como esperamos, pueda migrar hacia el mundo clínico, ese del que poco se sabe desde la ciencia básica y el cual necesita nutrirse todo el tiempo. Algún día, quizás, este país entienda que esa es la única forma de progresar, integrando las áreas del conocimiento.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Ya no necesito...

Casi desde el momento en que puse un pie en el departamento de biología en el 2006, me convencí de que el único camino que me esperaba sería hacer un posgrado, más específicamente un doctorado en alguna parte lejos de esta tierra tercermundista que me vio nacer. Estudiar biología en la Nacional era básicamente un peldaño, el primero, para lograr ver mis iniciales al lado del de universidades internacionales de renombre, esas que parecen tan inalcanzables y que constituyeron mi sueño infundado en algún momento de la vida. No está mal soñar algo así. No está mal el sinnúmero de mis compañeros que se han ido, que han conseguido becas y que siguen subiendo peldaños de esa jerarquía de instituciones educativas y de investigación que nos enseñaron desde que entramos a estudiar. Yo vivía de sueños prestados, de historias ajenas, de aquel profesor que estudió biología celular en Estados Unidos, de la que hizo un doctorado y dos post-doctorados en bioquímica en Alemania y del que investigó sobre microbiología en el Instituto Pasteur. Si alguno había estudiado en universidades en Suramérica y peor aún, en Colombia, lo subestimábamos automáticamente, asegurando que era menos que los otros. Ni siquiera nos tomábamos la molestia de evaluar si esos que estudiaron fuera del país de verdad eran tan brillantes como pensábamos y si los que estudiaron acá tenían en realidad algún tipo de inferioridad académica. Simplemente lo dábamos por sentado.

Los años han pasado y muchos, muchísimos de mis compañeros efectivamente se fueron del país para hacer maestrías y doctorados. Mi cuenta de Facebook diariamente está llena de personas que conocí o con quienes estudié publicando artículos, ingresando a otras universidades aún más prestigiosas que las anteriores en las que estuvieron, hablando de sus proyectos de doctorado y post-doctorado. Ese mismo panorama se viene repitiendo desde que comencé - hace creo cuatro años - la maestría en la Nacional, pero la que cambió soy yo. En ese momento, me sentí tan inferior como aquellos a quienes juzgábamos por no tener títulos de fuera del país. Pensaba que no iba a realizarme como profesional hasta obtener un cartón de otro lado, aparecer en fotos en Europa, publicar al mundo artículos científicos con mi apellido encabezando la lista de autores y haciendo parte de algún grupo de investigación importante en cualquier país lejos de Latinoamérica. No sé exactamente qué pasó, pero ya no me parece que sea inferior y tampoco que necesite todas esas cosas para considerarme una buena profesional y mucho menos para ser feliz. Ya no me muero por ganarme una beca ni por publicar 20.000 artículos y sigo queriendo las fotos en Europa, pero más de paseo que en cualquier otro plan. Sí quiero seguir estudiando, eso es seguro, pero creo que ya no necesito demostrarle a nadie que me gané algo o que mi foto aparece en algún lado o que mi nombre está en alguna institución importante. Ahora mismo, en donde estoy, tengo la oportunidad de hacer lo que me gusta, acá en este país tercermundista, con gente que conozco, que me agrada y que tiene como principal objetivo hacer las cosas bien hechas. Ahora mismo, no quiero irme, quiero seguir trabajando acá. Ya no necesito demostrar nada.    

El café de la luna llena: gatos y astrología

El concepto de caf é s o restaurantes m á gicos que aparecen a media noche solo para un grupo selecto de sujetos que viven en alg ú n para í...