domingo, 12 de marzo de 2017

Midnight in Paris

Esta es, sin duda una de mis películas favoritas. No es que yo sepa mucho de cine y tampoco sé tanto como me gustaría de arte y literatura pero sí que me puedo identificar con la obsesión loca por París (aunque no la conozco) y con la nostalgia por otras épocas. 

En realidad, cualquier lugar donde se respire arte parece perfecto y casi mágico, aún si es una casa en Bogotá donde hay cine, fiestas, arte y música. Es como estar en un universo paralelo. Es alejarse del mundo lo suficiente para liberar la mente y ser uno mismo, feliz y tranquilo. 

Creo que no es posible explicar este sentimiento. ¿Es posible realmente explicar los sentimientos? ¿Es necesario? No importa ya. Hay que vivirlo. Eso es todo.


viernes, 3 de marzo de 2017

Curar contra viento y marea

Trabajo en el primer banco público de sangre de cordón umbilical de Colombia desde hace casi dos años. Es un proyecto muy bonito, que me alegra el alma y el corazón cada día porque pretende poner a disposición de todo el mundo terapias médicas avanzadas para diversas enfermedades complejas. Cada mes rota por el banco durante una semana un médico que se encuentra especializándose en hematología pediátrica o de adultos para conocer los procedimientos de colecta, procesamiento, congelación y almacenamiento de sangre de cordón umbilical que obtenemos de donantes que tienen sus partos en los hospitales de la red distrital de Bogotá. Han pasado muchos tipos de médicos, algunos con mayor interés, otros escépticos, otros que se han sorprendido gratamente. La semana pasada estuvo una doctora que me impulsó a escribir esta entrada, porque es la primera que ha sido tan expresiva con su impresión del banco y con lo que éste puede significar para lo que realmente importa en todo este asunto: los pacientes. 

Al finalizar la rotación, los médicos siempre tienen que realizar una exposición sobre un artículo científico, por lo general de tipo clínico (es decir, que muestra resultados de procedimientos realizados en pacientes) y ahí uno se entera de muchas cosas porque básicamente, como biólogos, bien podemos estar enterados de la fisiología pero casi nunca de cómo se mueve el mundo clínico y de cómo es lidiar con el sistema de salud. Por supuesto, todos estos estudios son realizados en Estados Unidos o Europa y por lo general no reflejan mucho la realidad de los pacientes en nuestro país, principalmente en enfermedades como la leucemia.

El trasplante de células madre hematopoyéticas (que pueden provenir de la médula ósea de un donante o de sangre de cordón umbilical) es una terapia sugerida para el tratamiento de enfermedades en la sangre, que pueden ser malignas o no. Cada día se diagnostican en la ciudad de Bogotá un sinnúmero de casos de leucemia (voy a utilizar como ejemplo esta enfermedad, porque es la más común, la más frecuente y de la que mayor idea podemos tener en general) en pacientes de diversas edades y la terapia recomendada para el tratamiento es la quimioterapia y la radioterapia, las cuales tendrán diferentes intensidades de acuerdo con el estado del paciente, el tipo de leucemia y las condiciones generales de salud. Contrario a lo que en general se cree, el trasplante NO es la primera indicación de tratamiento, al menos en la mayoría de los casos. Sin embargo, hay bastantes en los cuales, posterior a un análisis del médico se requiere un trasplante lo más pronto posible en el paciente. El procedimiento no es sencillo. Deben realizarse numerosos análisis celulares y genéticos y cuidar el estado de salud del paciente y debe someterse a una quimioterapia de acondicionamiento, esto es, un tratamiento con fármacos fuertes que pretenden acabar hasta con la última célula leucémica del cuerpo. Inmediatamente el paciente entra en remisión (es decir, cuando no se detectan células malignas en la sangre) debe recibir el trasplante. Todos los residentes han sido claros en explicar cómo debe ser el protocolo. A la doctora que menciono le preguntamos cómo sucede en la vida real.

Cuando nos explicó, su expresión y voz cambiaron. Se nota que le duele, que ha visto pacientes en muy malas condiciones. Nos comentó que acá no se pueden realizar todas las pruebas rápidamente, como debería ser, sino que tardan meses en aprobar los pagos para las mismas, en caso de que los cubra el servicio de salud. No se dispone tampoco de todas las herramientas para determinar el riesgo genético en los pacientes, lo cual limita enormemente a los médicos en la toma de decisiones con respecto al paciente. Nos contó que una vez se dispone el trasplante, comienza el viacrusis de buscar un donante en la familia y si no se encuentra, en los registros nacionales de donantes de otros países, porque el nuestro no tiene uno (es decir, una base de datos con la información de personas sanas, altruistas, que quieran donar células sanguíneas y de las cuales se conocen secuencias de ADN que sirven para determinar compatibilidad). Cuando hay una unidad de sangre que le sirve al paciente, comienza el trámite de solicitarla, pero en todos esos ires y venires, han pasado seis meses o un año y el paciente ya ha recibido la quimioterapia de acondicionamiento y ha recaído en la leucemia una o dos veces, lo cual disminuye drásticamente la probabilidad de éxito del trasplante. Eso, si el paciente ha tenido la fortuna de encontrar un donante en otro país, puesto que nuestro perfil genético como población es diferente de los norteamericanos y europeos. 

Es una realidad muy triste. Creo firmemente que no todos los médicos tienen la misma calidad humana, que no a todos les importa mucho, pero he conocido muchos también que luchan con los pacientes y sufren con ellos, que tienen una vocación enorme. Ella es una de ellos. Dijo que no había tenido la más mínima fe en un banco de sangre de cordón umbilical en Colombia - por demás, casi como una ley los colombianos damos por sentado que todo lo de afuera es bueno y que lo hecho acá es malo - pero que ahora, viendo que éramos un grupo de personas tratando de hacer las cosas bien, se llenaba de esperanza en pensar que tal vez, algún día cercano, podamos ofrecer a los pacientes una posibilidad, una esperanza a tiempo. También siento la misma esperanza. 

jueves, 16 de febrero de 2017

La educación necesita un cambio

Siempre dije incesantemente que la docencia no era lo mío cuando me preguntaban qué iba a hacer siendo bióloga. La mayoría de las personas piensan que el destino inevitable de quien estudia alguna ciencia es ser maestro de colegio y lo que es peor: lo consideran una labor casi deshonrosa. Lamento decir que yo me contaba entre esas personas. Sin embargo, como más se demora uno en decir algo que la vida en callarle la boca, cuando me gradué encontré un trabajo como docente de un colegio bilingüe. En ese momento temí que todo fuera a ser un desastre principalmente porque jamás había enseñado nada y porque consideraba que no tenía la más mínima empatía con los niños. Sin embargo, también me equivoqué en eso.

Comencé a enseñar a niñas pequeñas, de 4° y 5° de primaria. Afortunadamente sé dibujar, porque eso las entretuvo bastante, pero me di cuenta que enseñar no es simplemente ir a pararse en frente de un grupo de personas y comenzar a recitar lo que uno sabe o memorizó y esperar que por ósmosis la gente simplemente entienda y responda un examen correctamente. El proceso de docencia es algo muchísimo más complejo, bastante desgastante y muy gratificante la mayoría de las veces. Después de un par de semanas en las que estuve reemplazando a una profesora, decidieron que me contratarían como tutora del colegio para biología y química. Eso quiere decir que yo iba a dar clases personalizadas a estudiantes de todos los cursos que iban mal en esas materias hasta que pudieran ponerse al día. Había muchísimos casos diferentes, a veces las niñas no entendían, otras veces no les gustaba, otras veces estaban atrasadas porque venían de otros países, o porque viajaban mucho. Cada caso era un universo completamente diferente y en ese orden de ideas, cada proceso de enseñanza era único.

Me di cuenta que la educación - al menos en lo que respecta a biología y química que es de lo que puedo hablar - necesita una reestructuración. De nada me sirve obligar a una estudiante a que se aprenda ecuaciones de ecología de poblaciones si no puede deducir algo a partir de unas ideas. Yo llegué pensando que todos hallaban en la biología lo que veo yo, pero me di cuenta (gracias a mi tío, que es docente) que me encontraría con un mar de personas con diferentes gustos, capacidades, habilidades y personalidades y que no todos tenían que ser como yo, apreciar lo que yo aprecio y querer aprender lo que yo enseño. Tuve alumnos que odiaban la biología y les terminó gustando. Tuve otros que sentían aprecio por la materia aunque les costara trabajo. Otros tenían un poder de deducción increíble y una enorme capacidad de conectar ideas (que es lo que más bien debería enfatizar la ciencia en los alumnos de educación básica) pero no les apasionaba irse por estas ramas cuando se graduaran. Me di cuenta que deficiencias básicas, como la comprensión de lectura, interferían enormemente en el proceso de aprendizaje de algunos de mis alumnos, a pesar de que "leían" al menos 10 libros al año que les dejaban de tarea.

La educación básica debe reformularse, estoy segura. Las personas deben aprender a leer y escribir bien, a conectar ideas, a deducir información. Eso, más que las ecuaciones, más que aprenderse de memoria los grupos taxonómicos, más que repetir información que realmente no entienden, porque así las cosas, esos datos no representan más que palabras inútiles en la vida de quienes se están formando. También me di cuenta que no todas las personas aprenden de la misma forma y que no debe despreciarse un alumno porque no entienda rápido o de la misma manera que otros, si es así, simplemente no has encontrado aún la forma de enseñarle. 

Tal vez, algún día, vuelva a enseñar. Es realmente uno de los más grandes retos que he enfrentado.

lunes, 13 de febrero de 2017

Universidad Nacional

Hoy estuve en una reunión en mi alma máter. Hace un buen tiempo no me asomaba por sus edificios, por sus grandes extensiones verdes. Hace tiempo no volvía al edificio de medicina, no pasaba por la plaza Che, ni por el Manuel Ancízar, ni por el edificio de posgrados de Humanidades. Hace tiempo no recorría el camino bordeado por árboles hacia la entrada de la calle 45, ni escuchaba a los estudiantes de música practicar con sus instrumentos frente al museo de arte. Recorrí esos espacios donde pasé ocho años de mi vida, donde hice muchísimos amigos, viví un sinnúmero de cosas y donde aprendí y conformé todo lo que soy ahora. 

Le debo todo a esa universidad. Y si no es así, es lo que siento dentro del corazón y del alma, cada vez que voy. Un amor profundo, tranquilo, un aprecio infinito.

Hay que ir a hacer un picnic. O a recorrer más espacios. A recordar y a construir nuevas experiencias. 


viernes, 10 de febrero de 2017

Dos semanas, cuatro journals, ninguna publicación

En todos los años que llevo trabajando en investigación desde que estaba estudiando biología, jamás he publicado nada en una revista científica por diversas razones. Algunas investigaciones no eran suficientes para publicar, otras veces no logramos organizarnos, por lo general no teníamos visión de lo que era potencialmente publicable y lo que no y en general, no sacábamos el tiempo para escribir y buscar dónde publicar. Es una verdad innegable, eso sí, que las publicaciones son la vida de quién investiga, de lo contrario, todos los datos obtenidos y el esfuerzo y dinero invertidos se diluirán en un mar de conocimiento que nadie consulta...como todas las investigaciones en que he participado, no nos vamos a mentir.

Finalmente, me encontré trabajando en un proyecto aplicable a la clínica, un proyecto grande. En mi trabajo nos pusimos manos a la obra con un buen equipo a construir un artículo científico. Revisamos la bibliografía, construimos el manuscrito un millón de veces, le dimos vueltas para que vendiera, nos basamos en otras publicaciones, en fin, hicimos de todo para obtener un trabajo de calidad, que valiera la pena y que pudiera ser considerado por revistas que trabajaran en ese campo. Inseguros de nuestras habilidades de redacción en inglés, lo sometimos a una revisión de lenguaje y corrección de estilo y literalmente 10 minutos después de recibir el manuscrito corregido, lo enviamos para someterlo a revisión en una revista indexada, cuyo enfoque es precisamente el de nuestro tema y en la cual revisamos si habían publicado artículos similares. Está bien, habría sido muy loco si nos hubiesen aceptado de una vez, demasiada suerte. Nos rechazaron, pero la causa fue bastante indignante.

El correo de rechazo decía que el par académico que lo revisó lo rechazó porque el artículo no coincidía con la visión y los temas a tratar de la revista. Curioso, cuando uno encuentra un sinnúmero de reportes similares (de otros países, claro) o cuando las referencias bibliográficas incluyen varios artículos de esa revista. Lo peor fue que realizaba una especie de resumen rápido del artículo, mencionando los hallazgos en Columbia...yo sé que este cuento está rayadísimo, pero ¡es Colombia, no Columbia! Eso me hizo pensar que tal vez sería buena idea dejar un mapa de Suramérica como Figura 1, para que no se pierdan algunos lectores de países desarrollados ni se abrumen con la geografía. Para finalizar, decía que no le quedaban claros algunos aspectos y los resumía en 3 o 4 preguntas cuya respuesta, por cierto estaba incluida en el texto. Entre eso y "Columbia" concluyo que ni siquiera se tomó el trabajo de leer lo mínimo de un artículo escrito por unos desconocidos de un país tercermundista de localización misteriosa.

No quiero generalizar, ni voy a decir que todo el mundo es igual. Sé también que ese rechazo es lo más esperable y que muchos tomarán esto como una pataleta simplemente. Sin embargo, sé también que hay numerosas publicaciones en revistas de mediano impacto que están increíblemente mal hechas, con tratamientos estadísticos inapropiados (cuando hay) y con experimentos mal diseñados, mal ejecutados o con resultados poco confiables. La supuesta élite académica, no tiene el más mínimo interés en saber si un artículo que debe revisar es bueno independientemente del lugar en que se realiza y no se toma el mínimo trabajo de leer bien lo que aparece en el escrito. Me recuerda ese experimento que hicieron unos suramericanos: enviaron un artículo con sus nombres y afiliaciones a una revista de mediano impacto y fueron rechazados rápidamente. Enviaron exactamente el mismo artículo, pero con nombres de autores de algún país Europeo a la misma revista. Lo aceptaron inmediatamente y lo publicaron.

miércoles, 1 de febrero de 2017

El Efecto Sábato

"En el Laboratorio Curie, en una de las más altas metas a las que podía aspirar un físico, me encontré vacío de sentido. Golpeado por el descreimiento, seguí avanzando por una fuerte inercia que mi alma rechazaba."

Había escuchado muchas veces el nombre de Ernesto Sábato, pero jamás había leído sus libros ni sus ensayos. Tampoco sabía que era físico teórico, que había hecho un doctorado en ciencias físicas y matemáticas y que había trabajado como investigador en el Instituto Curie y en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT). No tenía idea que su vida había tenido un giro con el movimiento surrealista y que un buen día de 1943 decidió alejarse por completo de la ciencia para dedicarse de lleno a la literatura y la pintura. 

Comencé a leer La Resistencia y lo primero que vi fue precisamente la reseña de la vida del autor. En ese momento pensé - y aún lo pienso - que ese hombre cumplió mi sueño dorado. Luego, cuando comencé a leer los ensayos en sí, me di cuenta que tenía muchas cosas que decir, que se había dado cuenta de todo, de la farsa en la que se ha convertido el mundo, de cómo ignoramos lo realmente importante, de cómo la competencia con la que nos condicionan a todos nos termina destruyendo y de cómo estamos invadidos por una serie de elementos de distracción que no nos satisfacen, por los cuales no sabemos a dónde dirigirnos, a dónde mirar y que nos han alejado bastante de la verdadera felicidad.

Leer a Sábato fue increíblemente reparador. Sentí, literalmente, que de alguna manera este hombre había reunido todos los pedazos en los cuales estaba rota mi alma y los había vuelto a organizar, para formar algo nuevo. Sentí que podía hacer lo que quisiera, que no estaba mal rehusarse a seguir el camino tradicional de los científicos, que no era la única decepcionada de tantas cosas en la sociedad y que la llama del idealismo, esa que resurgió de las cenizas y que me impulsa a trabajar por puro y físico altruismo es completamente válida. Se siente al leer cada frase, que Sábato era una persona que había vivido muchos años y que se dio cuenta de un mensaje importante de la vida, algo pragmático, tranquilo, sabio. Uno no sabe bien cuál es exactamente el mensaje, pero la paz que transmite es inexplicable. Me di cuenta que soy presa de muchas costumbres dolorosas de la cultura, que llevo una gran cantidad de cargas del pasado y que es el momento de dejarlas atrás o más bien, de tratar de entenderlas y solucionarlas de una vez por todas, porque simplemente no se puede seguir viviendo así, torturándose y sufriendo. 

No puedo garantizar, por supuesto, que el efecto de leer a Sábato sea el mismo para todo el mundo. Sin embargo, estoy segura que al menos un mensaje importante para la vida puede extraerse de cualquier pieza escrita procedente de ese físico de profesión, que en el corazón llevaba tantas cosas.

domingo, 8 de enero de 2017

Hacer grandes cosas

Cuando comencé a estudiar biología, deposité toda mi confianza y mi fe en la academia, estaba convencida del poder del conocimiento para lograr grandes cosas que sean de utilidad para la humanidad y para el mundo. Es un pensamiento muy bonito, una ilusión que brilla con luz propia y que probablemente constituyó el motor más grande para continuar estudiando durante los cinco años de carrera. Sin embargo, al enfrentarme al mercado laboral una vez me gradué, noté que lograr eso que soñaba tanto, sería mucho más complicado de lo que pensaba y que requería más que talento y dedicación. Decidí aprovechar una oportunidad de la universidad y hacer una maestría trabajando con células madre, un campo por el cual había sentido curiosidad desde hacía tiempo, aunque no sabía prácticamente nada sobre ellas. Durante los casi tres años y medio que duré haciendo la maestría con una tesis que se salía un poco del alcance y el nivel ideales, mi ilusión se redujo casi hasta acabarse y terminé por darme cuenta que la ciencia se mueve actualmente por motivaciones mucho más vanas, como el ego y los intereses propios de los científicos y que está muy lejos de esa ilusión de entender el mundo, de aprender más, de utilizar el conocimiento en pro de la humanidad, esa que era mi mayor motivación. Destruí esa llama que estaba en mi interior, lloré muchas veces diciéndome que sin importar cuánto me esforzara jamás lograría algo, no podría curar enfermedades ni solucionar problemas. Me blindé bajo una muralla desconsiderada que quería moverse con los mismos motivos de muchos, alimentar el ego publicando artículos científicos o ganando becas y títulos de universidades de gran prestigio en países desarrollados, pregonando a los cuatro vientos en las redes sociales sobre esos "logros", que no alimentarían más que al amor propio.

Terminé la maestría persiguiendo solo el diploma, porque sabía que lo que había hecho en mi tesis no servía ni serviría de nada. Por fortuna, logré conseguir un trabajo en investigación con células madre, las cuales siguen siendo las dueñas de mi atención y con el tiempo y las personas que me rodean actualmente, he vuelto a recobrar la fe. Hemos analizado los artículos y los grupos científicos de una manera más crítica, bajándonos de esa nube etérea en la que se encargan de subirnos a veces, una especie de dimensión paralela creada para repetirnos entre nosotros que somos brillantes, sin darnos cuenta de la distancia enorme que nos separa del mundo real. El año pasado estuve cuestionando seriamente quién soy, desde todos los puntos de vista y atravesé una seria montaña rusa emocional, agotadora pero reveladora también. He leído mucho y he aprendido sobre temas, personas y cosas diferentes al mundo de las ciencias puras y encontré de nuevo esa pasión escondida, esa llama que sigue viva muy dentro de mí, que sabe que si la ciencia tiene contacto con el mundo real, puede lograr grandes cosas. 

La vida es de inicios y finales, de ciclos que se acaban constantemente para dar paso a unos nuevos. Es algo que siempre he sabido. Sin embargo, en medio de tantos obstáculos y confusión en los últimos años, había perdido de vista eso que siempre he querido. Había perdido completamente la fe en lo que creo. Puede ser sugestión por el cambio de año, por libros leídos y por reflexiones intensas, pero ahora mismo, vuelvo a creer que sí puedo lograr un cambio, que puedo hacer grandes cosas. He encontrado personas maravillosas, inteligentes y decididas que pueden respaldar ese camino. Encontré otra vez una razón para entrar a un laboratorio y esforzarme por buscar, analizar, crear y conectar datos y eso es maravilloso. 

El café de la luna llena: gatos y astrología

El concepto de caf é s o restaurantes m á gicos que aparecen a media noche solo para un grupo selecto de sujetos que viven en alg ú n para í...