jueves, 13 de abril de 2017

Latinoamérica

José María Samper fue uno de los primeros pensadores colombianos a quién muchos le debemos bastante. Fue él quien presentó el proyecto de ley que dio creación a la Universidad Nacional de Colombia, mi alma mater. Fue también uno de los primeros que se dedicó a repensar el continente como unidad y seguramente de los primeros en participar en la comprensión y construcción de nuestra nación y nuestro pueblo. Llegué a él por Victor Viviescas Monsalve, un ingeniero mecánico y dramaturgo colombiano, que participó en la cátedra Marta Traba. Marta, la escritora y crítica de arte argentina, que dedicó su vida a estudiar la cultura latinoamericana y que se enamoró de Colombia. De ella me habló Ana María, mi jefe, de su vida, de sus obras y de su trágica muerte, cuando se dirigía al Primer Encuentro de la Cultura Hispanoamericana.

Seguramente a causa de la innegable crisis que está atravesando cada rincón del mundo - incluyendo nuestro país - y de unas tertulias históricas que hacemos con algunos amigos cada quince días, me he planteado seriamente si tenemos en realidad un sentido de pertenencia, una idiosincrasia, una construcción de lo que somos desde nosotros y no desde la perspectiva de quienes llegaron acá. Para eso, me he dedicado a leer a quienes lo han analizado (que son más bien pocos) y a buscar la fuente misma, la raíz de quienes estaban presentes en los momentos álgidos del nacimiento de nuestra cultura después de un evento tan crítico como la llegada de los colonos con lo que eso implica: la imposición de cientos de costumbres, la destrucción de las autóctonas, la extinción de los pueblos y finalmente la mezcla de razas, esa que hasta en nuestros genes es innegable. Cabe anotar que no es lo mismo iniciar una sociedad o una nación con un simple asentamiento de personas a iniciarlo después de la toma violenta de ese mismo asentamiento por parte de otra sociedad que ya tiene costumbres y cultura establecidas.

José María Samper escribe en su Ensayo sobre las revoluciones políticas un párrafo impactante (que menciona Monsalve en el texto derivado de la cátedra):

"¿Sabe Europa alguna otra cosa del continente o del mundo de Colombia? [...]. Parece que no, si juzgamos por los hechos. Las sociedades europeas saben que tenemos volcanes, terremotos, indios salvajes, caimanes, ríos inmensos, estupendas montañas, mosquitos, calor y fiebres en las costas y los valles húmedos, boas y mil clases de serpientes, negros y mestizos, y una insurrección o reacción a mañana y tarde. Saben también que producimos oro y plata, quinas y tabaco, y mil otros artículos de comercio. Eso es todo. Pero ¿conocen acaso nuestra historia colonial, la índole de nuestras revoluciones, los tipos de nuestras razas y castas, la estructura de nuestras instituciones, el genio de nuestras costumbres, las influencias que nos rodean, las condiciones del trato internacional que se nos da, las tendencias que nos animan, y el carácter de nuestra literatura, nuestro periodismo y nuestras relaciones íntimas?".

Parque Tayrona, Cabo San Juan. Santa Marta, Colombia.


Monsalve hace un análisis mucho más profundo que el mío. Pero lo primero que se me ocurrió al leer ese fragmento fue: ¿ESO ES TODO? ¡Sí, eso es todo! Samper se expresa tratando de engalanar una serie de factores prestados, que provienen de los colonos y habla de lo que representa nuestra mayor riqueza (las personas y la naturaleza) como si fueran cualquier cosa que no vale nada. Es decir, parece que trata a toda costa de resaltar una élite académica que se formó con base en esa misma cultura instaurada por los propios europeos y deja de lado lo que en realidad somos. No sé si el asunto es intencional o no, sería atrevido afirmar cualquier cosa. Pero Monsalve enfatiza que "el continente se piensa por primera vez como unidad desde la mirada del conquistador" y no puede ser más cierto.

Hoy sigue pasando. Los europeos y los norteamericanos (que hacen parte de nuestro continente pero se hallan fuera de Latinoamérica), que son las culturas líderes del mundo, saben bien qué es lo que tenemos. Conocen perfectamente nuestras fuentes hídricas, la riqueza de nuestra tierra, el oro, la plata, las frutas diversas, dulces y jugosas, la diversidad de nuestros animales, el calor de nuestra gente, el ritmo, los tambores, la libertad cultural que es lo único que no han podido quitarnos porque está en la sangre. Pero para nosotros, esas son cosas sin importancia. Estamos tan centrados en querer ser como ellos, en seguir sus instituciones, su ejemplo, su cultura, que no nos damos cuenta de la gran riqueza que tenemos. Es cierto, no todo es bueno, ¿pero acaso lo es en alguna cultura? ¿Podemos dejar de centrarnos únicamente en lo malo? Algunas personas me han dicho que no tengo razón, que ese es el mundo civilizado, que si algo funciona no hay que cambiarlo. Pero yo pienso diferente y mi punto de vista es válido. Hay que voltear a ver qué es lo que tenemos y apreciarlo y sentirlo propio, como un himno, así tan maravilloso como es. No es menos de lo que ellos tienen, es diferente. Y valdría la pena investigar más, para ver si eso que pensamos hoy, tantos años después es consecuencia de esa visión del colono, de aquel que quiso imponer y si estamos o no valorando lo que no podemos negar: lo que somos. 

No importa si no está de acuerdo conmigo, yo lo respeto. Pero esto es algo que necesitaba escribir. Ahora mismo me embarga un amor gigante por mi gente y por mi tierra, así, como es.  

"El que no quiere a su patria, no quiere a su madre. Soy América Latina, un pueblo sin piernas pero que camina"

jueves, 30 de marzo de 2017

Se Respira Salsa

Cuenta mi mamá que desde que yo tenía unos cuatro años, bailaba siempre que escuchaba música o bailaban en la televisión. Eso sí, cuando ella o cualquier otra persona llegaban al cuarto y me observaban bailando, les decía: "¡no me mire!" y dejaba de hacerlo. En mi familia siempre ha existido una gran pasión por bailar, pero creo que ninguno lo disfruta tanto como lo hacía mi papá. Le gustaban todos los tipos de música posibles, se sabía las canciones y en las fiestas siempre llamaba la atención por su forma de bailar y vivir la música. Lo vi desde muy pequeña y él fue quien me enseñó a bailar salsa (con "Rebelión" de Joe Arroyo, que le encantaba) y merengue siendo una adolescente, que eran los ritmos necesarios para sobrevivir en las fiestas en ese momento. Casi siempre pienso en él cuando bailo. 

Ante mi pasión secreta, mi mamá decidió meterme en clases de baile. Inicié con ballet cuando tenía 5 años, luego pasé a flamenco y aprendí jotas, sevillanas, pasodobles y a tocar castañuelas. Mi maestra, sin embargo rara vez lanzó algún cumplido y con el paso de los años, eso me cansó y lo dejé. Inicié la universidad y en algún punto tuve la necesidad imperiosa de seguir bailando, así que después de muchos intentos fallidos, logré un cupo en el grupo de danza árabe en el 2010, justo cuando estaba haciendo la tesis de pregrado. Para ese momento no dormía ni comía mucho por el estrés y la clase tenía justo el horario del almuerzo, pero no me importó. Comencé a bailar allí y luego me fui a la academia de mi maestra. Con ellas bailé hasta el 2014. 

Para el 2015, que comenzó otra etapa una vez finalicé la maestría - y dicho sea de paso, recuperé mi vida - me fui a bailar danza árabe en otra academia. Presentamos varias coreografías, entre ellas, un flamenco árabe que mezcló esos dos tipos de música y baile que me gustan tanto. Para el fin de año, hubo una presentación de todos los grupos de la academia: ballet, bachata, danza árabe, tango, hip hop, jazz y salsa. Cuando vi la presentación de salsa, tuve una especie de epifanía: tenía que bailar salsa. 



Comenzó el 2016 y siguiendo la idea de finales de año, me inscribí a un grupo de salsa que resultó ser de nivel intermedio. Fue muy extraño. Yo amo bailar y he disfrutado cada uno de los ritmos que he aprendido en la vida. Pero la salsa es algo que uno lleva en las venas, como si sintiera un llamado de generaciones perdidas, como si cada célula del cuerpo respondiera de alguna manera a la música. No es fácil describir lo que siento al bailar salsa y lo diferente que es bailar ritmos propios de otras regiones del mundo. Independientemente de lo mucho que me gusta la danza árabe y el flamenco y del tiempo que pasé aprendiendo sus ritmos y buscando percibir la música para enmarcarla en movimientos, la salsa es otra cosa, fluye sola de alguna manera, es un idioma que uno habla y entiende perfectamente. 

La salsa es seguramente una de las más valiosas herencias de la cultura latinoamericana. Si hay algo que puede describirnos bien, sin duda alguna es el baile, la música, la alegría y la rumba. Las fiestas de hoy en Bogotá no incluyen salsa a menos que uno vaya a bares específicos, a los cuales acostumbro ir ahora. Se respira salsa. Es indescriptible. 





domingo, 12 de marzo de 2017

Midnight in Paris

Esta es, sin duda una de mis películas favoritas. No es que yo sepa mucho de cine y tampoco sé tanto como me gustaría de arte y literatura pero sí que me puedo identificar con la obsesión loca por París (aunque no la conozco) y con la nostalgia por otras épocas. 

En realidad, cualquier lugar donde se respire arte parece perfecto y casi mágico, aún si es una casa en Bogotá donde hay cine, fiestas, arte y música. Es como estar en un universo paralelo. Es alejarse del mundo lo suficiente para liberar la mente y ser uno mismo, feliz y tranquilo. 

Creo que no es posible explicar este sentimiento. ¿Es posible realmente explicar los sentimientos? ¿Es necesario? No importa ya. Hay que vivirlo. Eso es todo.


viernes, 3 de marzo de 2017

Curar contra viento y marea

Trabajo en el primer banco público de sangre de cordón umbilical de Colombia desde hace casi dos años. Es un proyecto muy bonito, que me alegra el alma y el corazón cada día porque pretende poner a disposición de todo el mundo terapias médicas avanzadas para diversas enfermedades complejas. Cada mes rota por el banco durante una semana un médico que se encuentra especializándose en hematología pediátrica o de adultos para conocer los procedimientos de colecta, procesamiento, congelación y almacenamiento de sangre de cordón umbilical que obtenemos de donantes que tienen sus partos en los hospitales de la red distrital de Bogotá. Han pasado muchos tipos de médicos, algunos con mayor interés, otros escépticos, otros que se han sorprendido gratamente. La semana pasada estuvo una doctora que me impulsó a escribir esta entrada, porque es la primera que ha sido tan expresiva con su impresión del banco y con lo que éste puede significar para lo que realmente importa en todo este asunto: los pacientes. 

Al finalizar la rotación, los médicos siempre tienen que realizar una exposición sobre un artículo científico, por lo general de tipo clínico (es decir, que muestra resultados de procedimientos realizados en pacientes) y ahí uno se entera de muchas cosas porque básicamente, como biólogos, bien podemos estar enterados de la fisiología pero casi nunca de cómo se mueve el mundo clínico y de cómo es lidiar con el sistema de salud. Por supuesto, todos estos estudios son realizados en Estados Unidos o Europa y por lo general no reflejan mucho la realidad de los pacientes en nuestro país, principalmente en enfermedades como la leucemia.

El trasplante de células madre hematopoyéticas (que pueden provenir de la médula ósea de un donante o de sangre de cordón umbilical) es una terapia sugerida para el tratamiento de enfermedades en la sangre, que pueden ser malignas o no. Cada día se diagnostican en la ciudad de Bogotá un sinnúmero de casos de leucemia (voy a utilizar como ejemplo esta enfermedad, porque es la más común, la más frecuente y de la que mayor idea podemos tener en general) en pacientes de diversas edades y la terapia recomendada para el tratamiento es la quimioterapia y la radioterapia, las cuales tendrán diferentes intensidades de acuerdo con el estado del paciente, el tipo de leucemia y las condiciones generales de salud. Contrario a lo que en general se cree, el trasplante NO es la primera indicación de tratamiento, al menos en la mayoría de los casos. Sin embargo, hay bastantes en los cuales, posterior a un análisis del médico se requiere un trasplante lo más pronto posible en el paciente. El procedimiento no es sencillo. Deben realizarse numerosos análisis celulares y genéticos y cuidar el estado de salud del paciente y debe someterse a una quimioterapia de acondicionamiento, esto es, un tratamiento con fármacos fuertes que pretenden acabar hasta con la última célula leucémica del cuerpo. Inmediatamente el paciente entra en remisión (es decir, cuando no se detectan células malignas en la sangre) debe recibir el trasplante. Todos los residentes han sido claros en explicar cómo debe ser el protocolo. A la doctora que menciono le preguntamos cómo sucede en la vida real.

Cuando nos explicó, su expresión y voz cambiaron. Se nota que le duele, que ha visto pacientes en muy malas condiciones. Nos comentó que acá no se pueden realizar todas las pruebas rápidamente, como debería ser, sino que tardan meses en aprobar los pagos para las mismas, en caso de que los cubra el servicio de salud. No se dispone tampoco de todas las herramientas para determinar el riesgo genético en los pacientes, lo cual limita enormemente a los médicos en la toma de decisiones con respecto al paciente. Nos contó que una vez se dispone el trasplante, comienza el viacrusis de buscar un donante en la familia y si no se encuentra, en los registros nacionales de donantes de otros países, porque el nuestro no tiene uno (es decir, una base de datos con la información de personas sanas, altruistas, que quieran donar células sanguíneas y de las cuales se conocen secuencias de ADN que sirven para determinar compatibilidad). Cuando hay una unidad de sangre que le sirve al paciente, comienza el trámite de solicitarla, pero en todos esos ires y venires, han pasado seis meses o un año y el paciente ya ha recibido la quimioterapia de acondicionamiento y ha recaído en la leucemia una o dos veces, lo cual disminuye drásticamente la probabilidad de éxito del trasplante. Eso, si el paciente ha tenido la fortuna de encontrar un donante en otro país, puesto que nuestro perfil genético como población es diferente de los norteamericanos y europeos. 

Es una realidad muy triste. Creo firmemente que no todos los médicos tienen la misma calidad humana, que no a todos les importa mucho, pero he conocido muchos también que luchan con los pacientes y sufren con ellos, que tienen una vocación enorme. Ella es una de ellos. Dijo que no había tenido la más mínima fe en un banco de sangre de cordón umbilical en Colombia - por demás, casi como una ley los colombianos damos por sentado que todo lo de afuera es bueno y que lo hecho acá es malo - pero que ahora, viendo que éramos un grupo de personas tratando de hacer las cosas bien, se llenaba de esperanza en pensar que tal vez, algún día cercano, podamos ofrecer a los pacientes una posibilidad, una esperanza a tiempo. También siento la misma esperanza. 

jueves, 16 de febrero de 2017

La educación necesita un cambio

Siempre dije incesantemente que la docencia no era lo mío cuando me preguntaban qué iba a hacer siendo bióloga. La mayoría de las personas piensan que el destino inevitable de quien estudia alguna ciencia es ser maestro de colegio y lo que es peor: lo consideran una labor casi deshonrosa. Lamento decir que yo me contaba entre esas personas. Sin embargo, como más se demora uno en decir algo que la vida en callarle la boca, cuando me gradué encontré un trabajo como docente de un colegio bilingüe. En ese momento temí que todo fuera a ser un desastre principalmente porque jamás había enseñado nada y porque consideraba que no tenía la más mínima empatía con los niños. Sin embargo, también me equivoqué en eso.

Comencé a enseñar a niñas pequeñas, de 4° y 5° de primaria. Afortunadamente sé dibujar, porque eso las entretuvo bastante, pero me di cuenta que enseñar no es simplemente ir a pararse en frente de un grupo de personas y comenzar a recitar lo que uno sabe o memorizó y esperar que por ósmosis la gente simplemente entienda y responda un examen correctamente. El proceso de docencia es algo muchísimo más complejo, bastante desgastante y muy gratificante la mayoría de las veces. Después de un par de semanas en las que estuve reemplazando a una profesora, decidieron que me contratarían como tutora del colegio para biología y química. Eso quiere decir que yo iba a dar clases personalizadas a estudiantes de todos los cursos que iban mal en esas materias hasta que pudieran ponerse al día. Había muchísimos casos diferentes, a veces las niñas no entendían, otras veces no les gustaba, otras veces estaban atrasadas porque venían de otros países, o porque viajaban mucho. Cada caso era un universo completamente diferente y en ese orden de ideas, cada proceso de enseñanza era único.

Me di cuenta que la educación - al menos en lo que respecta a biología y química que es de lo que puedo hablar - necesita una reestructuración. De nada me sirve obligar a una estudiante a que se aprenda ecuaciones de ecología de poblaciones si no puede deducir algo a partir de unas ideas. Yo llegué pensando que todos hallaban en la biología lo que veo yo, pero me di cuenta (gracias a mi tío, que es docente) que me encontraría con un mar de personas con diferentes gustos, capacidades, habilidades y personalidades y que no todos tenían que ser como yo, apreciar lo que yo aprecio y querer aprender lo que yo enseño. Tuve alumnos que odiaban la biología y les terminó gustando. Tuve otros que sentían aprecio por la materia aunque les costara trabajo. Otros tenían un poder de deducción increíble y una enorme capacidad de conectar ideas (que es lo que más bien debería enfatizar la ciencia en los alumnos de educación básica) pero no les apasionaba irse por estas ramas cuando se graduaran. Me di cuenta que deficiencias básicas, como la comprensión de lectura, interferían enormemente en el proceso de aprendizaje de algunos de mis alumnos, a pesar de que "leían" al menos 10 libros al año que les dejaban de tarea.

La educación básica debe reformularse, estoy segura. Las personas deben aprender a leer y escribir bien, a conectar ideas, a deducir información. Eso, más que las ecuaciones, más que aprenderse de memoria los grupos taxonómicos, más que repetir información que realmente no entienden, porque así las cosas, esos datos no representan más que palabras inútiles en la vida de quienes se están formando. También me di cuenta que no todas las personas aprenden de la misma forma y que no debe despreciarse un alumno porque no entienda rápido o de la misma manera que otros, si es así, simplemente no has encontrado aún la forma de enseñarle. 

Tal vez, algún día, vuelva a enseñar. Es realmente uno de los más grandes retos que he enfrentado.

lunes, 13 de febrero de 2017

Universidad Nacional

Hoy estuve en una reunión en mi alma máter. Hace un buen tiempo no me asomaba por sus edificios, por sus grandes extensiones verdes. Hace tiempo no volvía al edificio de medicina, no pasaba por la plaza Che, ni por el Manuel Ancízar, ni por el edificio de posgrados de Humanidades. Hace tiempo no recorría el camino bordeado por árboles hacia la entrada de la calle 45, ni escuchaba a los estudiantes de música practicar con sus instrumentos frente al museo de arte. Recorrí esos espacios donde pasé ocho años de mi vida, donde hice muchísimos amigos, viví un sinnúmero de cosas y donde aprendí y conformé todo lo que soy ahora. 

Le debo todo a esa universidad. Y si no es así, es lo que siento dentro del corazón y del alma, cada vez que voy. Un amor profundo, tranquilo, un aprecio infinito.

Hay que ir a hacer un picnic. O a recorrer más espacios. A recordar y a construir nuevas experiencias. 


viernes, 10 de febrero de 2017

Dos semanas, cuatro journals, ninguna publicación

En todos los años que llevo trabajando en investigación desde que estaba estudiando biología, jamás he publicado nada en una revista científica por diversas razones. Algunas investigaciones no eran suficientes para publicar, otras veces no logramos organizarnos, por lo general no teníamos visión de lo que era potencialmente publicable y lo que no y en general, no sacábamos el tiempo para escribir y buscar dónde publicar. Es una verdad innegable, eso sí, que las publicaciones son la vida de quién investiga, de lo contrario, todos los datos obtenidos y el esfuerzo y dinero invertidos se diluirán en un mar de conocimiento que nadie consulta...como todas las investigaciones en que he participado, no nos vamos a mentir.

Finalmente, me encontré trabajando en un proyecto aplicable a la clínica, un proyecto grande. En mi trabajo nos pusimos manos a la obra con un buen equipo a construir un artículo científico. Revisamos la bibliografía, construimos el manuscrito un millón de veces, le dimos vueltas para que vendiera, nos basamos en otras publicaciones, en fin, hicimos de todo para obtener un trabajo de calidad, que valiera la pena y que pudiera ser considerado por revistas que trabajaran en ese campo. Inseguros de nuestras habilidades de redacción en inglés, lo sometimos a una revisión de lenguaje y corrección de estilo y literalmente 10 minutos después de recibir el manuscrito corregido, lo enviamos para someterlo a revisión en una revista indexada, cuyo enfoque es precisamente el de nuestro tema y en la cual revisamos si habían publicado artículos similares. Está bien, habría sido muy loco si nos hubiesen aceptado de una vez, demasiada suerte. Nos rechazaron, pero la causa fue bastante indignante.

El correo de rechazo decía que el par académico que lo revisó lo rechazó porque el artículo no coincidía con la visión y los temas a tratar de la revista. Curioso, cuando uno encuentra un sinnúmero de reportes similares (de otros países, claro) o cuando las referencias bibliográficas incluyen varios artículos de esa revista. Lo peor fue que realizaba una especie de resumen rápido del artículo, mencionando los hallazgos en Columbia...yo sé que este cuento está rayadísimo, pero ¡es Colombia, no Columbia! Eso me hizo pensar que tal vez sería buena idea dejar un mapa de Suramérica como Figura 1, para que no se pierdan algunos lectores de países desarrollados ni se abrumen con la geografía. Para finalizar, decía que no le quedaban claros algunos aspectos y los resumía en 3 o 4 preguntas cuya respuesta, por cierto estaba incluida en el texto. Entre eso y "Columbia" concluyo que ni siquiera se tomó el trabajo de leer lo mínimo de un artículo escrito por unos desconocidos de un país tercermundista de localización misteriosa.

No quiero generalizar, ni voy a decir que todo el mundo es igual. Sé también que ese rechazo es lo más esperable y que muchos tomarán esto como una pataleta simplemente. Sin embargo, sé también que hay numerosas publicaciones en revistas de mediano impacto que están increíblemente mal hechas, con tratamientos estadísticos inapropiados (cuando hay) y con experimentos mal diseñados, mal ejecutados o con resultados poco confiables. La supuesta élite académica, no tiene el más mínimo interés en saber si un artículo que debe revisar es bueno independientemente del lugar en que se realiza y no se toma el mínimo trabajo de leer bien lo que aparece en el escrito. Me recuerda ese experimento que hicieron unos suramericanos: enviaron un artículo con sus nombres y afiliaciones a una revista de mediano impacto y fueron rechazados rápidamente. Enviaron exactamente el mismo artículo, pero con nombres de autores de algún país Europeo a la misma revista. Lo aceptaron inmediatamente y lo publicaron.

El café de la luna llena: gatos y astrología

El concepto de caf é s o restaurantes m á gicos que aparecen a media noche solo para un grupo selecto de sujetos que viven en alg ú n para í...