domingo, 12 de noviembre de 2017

"Verde que te quiero verde"

En el cráter del volcán Azufral, a un poco más de 4.000 metros de altura reposa una laguna color esmeralda cubierta de un manto de niebla. Hace frío y la caminata es larga y demandante. Es el filo de las montañas, de los Andes, ese imponente tesoro de las alturas que tiene nuestro país. No es frecuente escuchar personas que vayan a visitar el sur del país, salvo tal vez por el Amazonas, al menos en mi círculo cercano. A veces tengo la impresión de que las personas en Bogotá estamos más preocupadas por ir a conocer otros lugares del mundo y ni siquiera volteamos a ver las maravillas que hay en Colombia. No me excluyo, yo misma estuve tratando de ahorrar para irme a Europa un mes, con un afán frenético que finalmente no prosperó por diferentes razones. Pero, han aparecido un sinnúmero de viajes dentro de mi tierra, esta que amo tanto, que me han enseñado muchas cosas.


Llegué al departamento de Nariño con la laguna verde en la cabeza, sabiendo que tenía que ir a conocerla a toda costa. Después de una larga labor de convencimiento, fuimos una mañana a Túquerres en un bus. Una vez llegamos, contratamos un carro que nos llevara hasta el punto de partida de la caminata, el ingreso a esa reserva gélida llena de frailejones y pastos altos. Fuimos los últimos en entrar, por lo cual decidimos avanzar a paso ligero, para no quedarnos solos en los casi 7 Km de camino. No sé bien cuánto tiempo pasó, íbamos rápido y eso nos permitió omitir la sensación del frío, avanzábamos sin largos descansos y justo cuando pensábamos que íbamos a llegar, iniciaba otra cuesta más difícil que la anterior. Saqué todas mis fuerzas en el último tramo y llegamos por fin a una zona plana donde nos esperaba una valla dando la bienvenida a la laguna. Decía específicamente que era mejor guardar silencio y nos habían recomendado lo mismo, pero no entendíamos bien por qué. Luego llegamos al mirador y ella, con su forma de media luna y su color verde intenso, nos recibió en todo su esplendor. Pero justo cuando llegamos y exclamamos en voz alta que al fin habíamos alcanzado nuestro destino, mientras saludábamos a los señores que vendían agua de panela, el cráter se cubrió con una densa niebla, que escondía tras de sí el tesoro que habíamos ido a conocer.





El asunto del silencio era real. Y no lo creería de no ser porque estuve ahí. Por lo que he visto, el monte siempre guarda una enorme cantidad de secretos. Los he detectado en las cascadas de Santa María en Boyacá, en la Ciénaga del Chucurí y en Puerto Parra en Santander, en el monte del Tayrona en Magdalena, en Puerto López y Puerto Gaitán en el Meta y ahora, en esta imponente montaña, donde la niebla pasa como si fuera la dueña del lugar, a paso firme y ligero. Mientras preguntamos algunas cosas, la niebla cubrió completamente el volcán. De no ser porque la había visto hacía un momento, no habría creído que la laguna verde estuviese en el cráter. Iniciamos el descenso a las playas de azufre, con cuidado porque son bien empinadas y decidimos guardar silencio. Las dos o tres personas que estaban abajo comenzaron a subir y nos cruzamos con ellas en las escaleras improvisadas. Las saludamos rápidamente y seguimos nuestro camino, hasta llegar a la laguna negra, la primera que uno encuentra en el cráter. Para ese momento, sólo estábamos nosotros en la montaña porque quienes vendían agua de panela ya se habían ido. Permanecimos en silencio mientras nos aproximábamos a la laguna verde. Y entonces, como si alguien retirara una manta, la niebla desapareció y comenzó a brillar el sol. La laguna se presentó con toda su belleza frente a nuestros ojos y brilló ante el sol que ahora la cubría. Es uno de los lugares más hermosos que he visto en la vida. La energía de ese volcán, las fumarolas, el olor a azufre, el agua hirviendo, el color verde que parece descomponerse en amarillo y azul, el frío y a la vez el calor por el sol que cae a esos 4.000 metros. La laguna verde es aún más increíble de lo que pensé. Estuvimos ahí alrededor de 40 minutos, porque no es buena idea inhalar tanto ese azufre. Salimos en silencio también y nos despedimos en el mirador de nuevo, mientras la laguna volvía a cerrar su telón de niebla espesa.  En todo el tiempo que estuvimos viéndola, estuve pensando en ese poema de García Lorca, "Romance Sonámbulo":

"Verde que te quiero verde
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña"


domingo, 27 de agosto de 2017

Los escritores rusos

Hace ya varios años, cuando estaba terminado el colegio o iniciando la universidad, no estoy muy segura, tuve la idea de escribir una lista de libros que debía leer antes de morir. Ahora que lo pienso, es un poco curioso, porque a los 17 o 18 años uno no está muy preocupado por cosas así. En todo caso, dentro de la larga lista de clásicos que tuve que sacar de lo que otras personas me contaban o de listados en internet de grandes obras, había dos libros emblemáticos, que marcarían mi vida para siempre: Crimen y Castigo y Anna Karenina.

No sé nada de los rusos. Mi mayor obsesión europea se centró en Francia, es decir, pasé mucho tiempo anhelando conocer París inicialmente y lo que pudiera de ese país, por pura pasión descontrolada y sin mayor argumento. Cuando leí Nuestra Señora de París de Victor Hugo, deseé conocerla aún más y estuve ahorrando un tiempo para poder ir a hacer un tour maratónico por Europa, esperando sobretodo ver la ciudad de la luz. Esa idea sigue firme, aunque con algunos cambios drásticos. Pero luego, se me atravesó en el camino la literatura y la música clásica rusa (además de otros gastos inesperados que dejaron el ahorro un poco estancado).

El primero en el camino fue Crimen y Castigo. Gran libro, grandísimo. Dostoyevski plasma la desesperación como nadie en el mundo y los sentimientos en general. Leer ese libro fue para mí una montaña rusa emocional que mezclaba con gran delicadeza malestar, ira, temor, preocupación, ganas de salvar a Raskólnikov, esperanza y emoción. Nunca se sabe bien qué va a pasar, no se sabe qué esperar y eso lo vuelve tan necesario como el aire. Leer a Dostoyevski es como entrar a las escenas que describe, como ir caminando por las calles que recorre el protagonista, es sentir la suciedad, la enfermedad, la fiebre, la angustia y la sangre fría. Y también la angustia filosófica.

El siguiente fue La Muerte de Iván Ilich de Tolstoi. Una historia relativamente corta pero intensa (al parecer como todo lo que escriben los rusos). El dolor y la negación a la muerte en medio de la agonía, son lo que caracteriza a este libro. Encontrar, tal vez, el sentido a todo por lo que se ha luchado cuando parece derrumbarse sin más ni más. Es también una gran historia.



El Jugador de Dostoyesvki llegó después y me costó un poco más. El vicio, la perdición y un poco de crueldad es como yo describiría este libro. Aquí me di cuenta que los escritores rusos tenían serias críticas a cómo se movía la alta sociedad, la burguesía y a ese trato despótico que tenían los europeos sobre los rusos, con un toque de superioridad. Al menos, es lo que se plasmaba en sus historias.

Luego, llegó la emblemática Anna Karenina de Tolstoi. Que maravilla de libro. Estoy por terminarlo en este momento, con la melancolía que siempre siento cuando estoy terminando una gran historia. Anna y Levin, han sido mis personajes favoritos en estas 1000 páginas del libro y no quisiera dejarlos, por lo cual decidí escribir esta entrada. También con este libro saltaron a la vista algunas cosas en común con los demás, que concluí que no entendería bien a menos que aprendiera sobre la historia de los rusos. Y entonces, decidí comenzar a investigar, para poder contextualizar todo el mar de sentimientos que me han despertado estos escritores.

No he encontrado autores que expresen tan bien los sentimientos humanos, las luchas internas y la incoherencia que a veces nos caracteriza a todos como los rusos. Por eso, me he enamorado de ellos. Y por eso también, he decidido comprar más libros de otros autores diferentes de estos dos que ya conozco, para ver qué más encuentro, como una especie de mensaje en clave que no puede deberse a otra cosa más que al pueblo maravilloso que son. 

sábado, 26 de agosto de 2017

Grandes ideales

El asunto de la sociedad latinoamericana me lleva dando vueltas en la cabeza un buen tiempo, por dos razones importantes. La primera, porque estoy hasta la coronilla de aquellos - y me incluyo, porque así fui en el pasado - que pasan la vida sentados en un estrado imaginario criticando que los colombianos somos así o asá, que los latinos somos esto o lo otro y en general, con ese mensaje implícito de ser inferiores a los europeos o a los norteamericanos, destilando veneno constantemente, como si fuera necesario reforzar la idea de que no sólo somos peores sino que jamás seremos como ellos. No, jamás seremos como ellos. Y eso no está mal. Simplemente somos diferentes.

La segunda razón es que me he devanado los sesos tratando de dilucidar cómo es realmente nuestro pueblo. Qué convicciones tiene, qué características tiene, qué defectos y virtudes tiene pero eso sí, dejando de lado la comparación odiosa, en la que irremediablemente salimos perdiendo. Claro, si yo quiero determinar la habilidad de volar de un pez y de un ave, el pez va a perder siempre. Pero valdría la pena también evaluar cómo nada el ave a ver si el asunto sigue siendo igual. No hay por qué pensar que volar es lo correcto y nadar lo incorrecto o que volar es superior a nadar. Sucede y eso es todo. Hay una historia que lo explica, sí y valdría la pena sentarse a leer en lugar de lanzar críticas sin cesar por absolutamente cada cosa que sucede.

Sé bien que algunas personas están más que convencidas de la inferioridad de nuestro pueblo, de nuestra raza, de nuestra historia, de nuestra política, sociedad, economía, ciencia, arte y desarrollo. Sé bien que a muchos de ellos, nadie podrá convencerlos de lo contrario y que hacen lo posible para irse, porque sin duda la situación aquí está mal y tiene muchísimos problemas (y ojo, de eso soy muy consciente). Sin embargo, estaba pensando que el mayor aporte de estas personas sería precisamente buscar esos rumbos para mejorar su calidad de vida y evitar sumir a este pueblo golpeado en una desesperación peor con las constantes críticas, que sólo fijan en el subconsciente el mismo mensaje de inferioridad. 

Hace unos años, cuando comencé la maestría, una mujer brillante me dijo que la gente le preguntaba por qué no se había ido del país a hacer su doctorado, sino que había decidido quedarse aquí, donde no se destina nada a la ciencia, en un lugar donde no importa la educación, cuando ella habría podido ganarse una beca e irse. Yo me había preguntado lo mismo desde que la conocí. Ella respondió con firmeza que había decidido dar la pelea por este país, destinar su vida a luchar por lograr algo acá, donde todo está por hacerse, donde hay injusticias, corrupción y hambre sí, pero en este, el país que la vio nacer. Su discurso es tan convincente, que yo misma quise, desde ese día perseguir ese sueño. Y ahora, tiempo después, al escuchar a tantos colegas y personas inteligentes que aprecio hablar de Colombia y de Latinoamérica como si fuera la peor escoria del mundo, estoy convencida que hacen bien en irse y perseguir sus sueños, llegando a sociedades que han vivido otras cosas, con una consciencia diferente, las que ellos mismos consideran superiores. Aquí, sin embargo, necesitamos personas como ella, con ese compromiso infinito y esa fe inspiradora, para ver si unidos podemos lograr algo.

Ella alimentó en lo profundo de mi alma el sueño de hacer algo por este país desde donde puedo y siento que es lo que estoy haciendo. Ahora, creo que necesito un ideal más grande y lo estoy buscando. Estoy segura, sin embargo, que ese ideal estará destinado a tomar las riendas y no criticar más.

martes, 8 de agosto de 2017

Trabajando por milagros

Yo decidí estudiar una ciencia pura, con la idea casi mágica de hallar o inventar algo que pudiera ser de utilidad para la humanidad. Digo casi mágica porque aunque para una niña o una adolescente parece algo muy posible, me encontré de frente con la compleja realidad en que las necesidades del mundo superan con creces lo que uno se imagina y en que hallar o inventar algo útil es bien difícil. En algún punto de la carrera me convencí de que la rama de la biología que más me gustaba - la biología celular - era bastante reduccionista, tanto que sería prácticamente imposible ver que algo que yo hiciera pudiera migrar a alguna aplicación en el mundo real. Trabajé con enfermedades tropicales un tiempo y luego, se abrió la oportunidad de trabajar con células madre. La esperanza se levanta de nuevo, terminé soñando irremediablemente con salvar al mundo de la leucemia, con ayudar a la gente, con inventar algo, con encontrar algo, lo que sea. Sin embargo, tres años de arduo trabajo en un proyecto que no produjo resultados concluyentes aminoraron de nuevo la llama viva en el corazón y en numerosas charlas cargadas de frustración con mis amigos (que también estaban haciendo la maestría) decidimos que simplemente teníamos que terminar la tesis como fuera, graduarnos y entender que no íbamos a salvar al mundo de la leishmaniasis, ni a inventar curas para el cáncer o que al menos, no viviríamos para ver algo tangible que fuera producto de nuestro trabajo. Ni hablar de la esperanza más que muerta de hacer algo por este país. 

Sin embargo, para mi sorpresa, la idea se hallaba aún dormida en lo más escondido del alma. Terminé trabajando en el primer Banco Público de Sangre de Cordón Umbilical en proyectos de investigación. Todo estuvo un tiempo estable, nos dedicamos a almacenar unidades de excelente calidad, viendo distante su utilización en un paciente en el país, principalmente por la ausencia de legislación, por las respuestas del Ministerio, en fin, por mil asuntos complicados. Luego, de alguna manera los astros se alinearon y apareció un paciente de apenas 10 meses de nacido con una enfermedad genética del sistema inmune, que impide que pueda defenderse de las infecciones de cualquier tipo. El bebé había pasado casi más tiempo de su vida hospitalizado que en su casa y la única oportunidad de salvarlo era haciendo un trasplante. Como ya mencioné en otra entrada, los médicos no encontraron en las bases de datos del mundo un donante compatible, salvo por una de nuestras mejores unidades. Y ahí comenzó la odisea de organizar todo para enviar la unidad a Medellín. Angelo, el paciente que recibiría su oportunidad en una bolsa de sangre de 31 ml, congelada en nitrógeno líquido a -180°C y que representó para un grupo entero de personas uno de los mayores logros de la vida. 



Ya pasaron más de 30 días después del trasplante. El sistema inmune de Angelo comenzó a reconstituirse gracias a un donante de un hospital público de Bogotá, ya tiene de nuevo las mejillas rosadas y salió en los medios de comunicación a través de una rueda de prensa a la que no asistieron tantos periodistas como se pensaba, porque estaban cubriendo una noticia de corrupción. 

El viernes celebramos el cumpleaños anticipado de mi jefe, la directora del Banco, quien hizo todo esto posible y de uno de mis grandes amigos, que se irá próximamente a hacer un doctorado en McGill. Dijeron sus palabras de agradecimiento con la vida y nos hicieron llorar - incluso a mí, que tengo la fama del corazón más frío del Banco - sobretodo pensando en esa vida, en ese niño a quién se le otorgó una oportunidad, a quien le dimos una oportunidad. El director del Instituto mencionó que en este país, tal vez, la vida de un niño no representa una gran noticia porque venden más otras cosas, como los escándalos o la farándula, pero para la mamá del niño, lo es todo. Nosotros no somos cantantes, actores, ni modelos, no salimos lindos en las fotos o los videos y nuestra vida no da de qué hablar. Pero lo logramos. Hicimos algo por el país que nos vio nacer, algo por alguien que necesitaba ayuda. Y eso, podría decir, me basta para encender otra vez esa llama en el corazón y volver a creer. 





lunes, 7 de agosto de 2017

Grandes maestros

Bailo desde que tengo 4 años, quien me conoce sabe que siempre cuento esa historia. Alguna vez consideré la idea de ser bailarina, de dedicar mi vida a eso. Bailé ballet, flamenco, danza árabe y ahora salsa. Tal vez sólo la biología equipara el amor que siento por el baile. Las rolas tenemos fama de no poder bailar nada, pero qué importa, a mí me gusta.

Esos mismos ires y venires en los diferentes géneros musicales que he intentado bailar me han presentado un sinnúmero de maestros de danza. La primera que recuerdo era una mujer muy particular en el colegio, con uñas postizas que exigía flexibilidad de profesionales, que gritaba todo el tiempo y que nos enseñó una coreografía bastante extraña sobre unos diablos usando truzas rojas, baletas y unos chinchines. Yo era - léase bien - el diablo mayor. Fue un episodio bastante extraño. Fuera del colegio me dediqué primero al ballet y luego al flamenco, aprendí coreografías y me presenté en varias partes. Me gustaba mucho, aprendí técnicas, pero sobretodo repetí secuencias de danza. Con la danza árabe, aprendí secuencias también y después de varios años, nos enseñaron a escuchar los ritmos, la música, a seguirla y a inspirarse en el músico para bailar, pero siendo realmente honestos, creo que nunca tuve talento para el estilo clásico.

Luego, apareció la salsa. No voy a repetir lo que ya he dicho en otro post sobre el género en sí. Ahora quiero hablar del maestro. Creo que nunca había conocido a alguien que respirara tanta habilidad con el baile, que entendiera de esa forma la esencia misma de lo que hace. La claridad que tiene con respecto a la teoría y a los movimientos en sí es increíble. Recientemente, decidió salir de todas las academias y formar sus propios grupos y llevar las clases de la forma en que él considera mejor. Nos enseña secuencias individuales o en parejas en cada clase, pero jamás repite una coreografía. No pretende que aprendamos de memoria unos pasos que cuadren perfecto con la música justo como él lo ha creado, sino que nosotros mismos seamos capaces de crear nuestro propio estilo, pero no espera que eso simplemente pase sino que nos muestra las herramientas para hacerlo. Es difícil, sin duda. Y en general, no me sale tan bien. Pero lo más interesante de todo es que uno siente que está creando algo, que está en contacto con el arte. Salvo por unas cuantas reglas, que en realidad son pocas, no hay límites y eso es genial. Imitar es ciertamente más fácil que crear, pero como el profe dice:

"Si ustedes salen a la rumba y siguen la música con sus propios movimientos basados en lo que les he enseñado, el baile no se muere."


martes, 20 de junio de 2017

"Esta eterna búsqueda de la verdad es agotadora"

Ximena y yo estábamos tratando de diseñar unos experimentos con base en unos resultados que tengo gracias a una serendipia. Pasamos horas pensando en lo que podría estar pasando y buscando cómo demostrarlo cuando ella soltó así de improviso la frase del título: "esta eterna búsqueda de la verdad es agotadora". Puse toda mi fe en el conocimiento desde que era una niña. Estaba más que convencida que ese era mi lugar en el mundo, que ahí pertenecía y que eso explicaba por qué me costaba tanto trabajo socializar o entender lo que pasaba durante la pubertad y la adolescencia fuera del ámbito académico. Soy buena en eso y estaba convencida de que era una especie de hogar encontrado, un tesoro buscado y hallado y que además, era el camino que debía perseguir para alcanzar la felicidad. El conocimiento es para mí un tesoro invaluable y aprender es probablemente, lo que más amo en la vida.

Nietzsche menciona en su "Origen de la tragedia" que el optimismo del pensamiento Socrático conlleva finalmente a una profunda tristeza porque es tan grande el mar del conocimiento que la luz a través de la cual se trata de ver para comprenderlo es y será siempre irremediablemente insuficiente. Nunca, por mucho que se investigue se logrará entenderlo y explicarlo todo desde el punto de vista puramente teórico, desde el conocimiento y la lógica. Y, cuando el hombre académico literalmente entierra toda esperanza de hallar respuestas a través de otros caminos, se encontrará encerrado sin salida, ante el derrumbe del castillo de naipes sobre el cual había puesto todas sus esperanzas. Para Nietzsche es el arte, pero no el académico, sino el arte primigenio, el del Apolo y el Dionisio que reside en los humanos, aquel que puede atreverse a construir y a "explicar" de cierta forma la verdadera esencia de las cosas. Sábato se dio cuenta de eso y abandonó la ciencia para dedicarse al arte. Stephen Hawking menciona en su "Breve Historia del Tiempo" que los científicos se encargan solo de buscar, entender y explicar los fenómenos, más no de hallar la razón por la cual ocurren de esa manera y le atribuye a los filósofos la búsqueda del sentido de esos mismos fenómenos. Es verdad. No importa cuánto haya confiado en la lógica y en la academia, tiene grandes limitaciones y no puede explicarlo ni reemplazarlo todo. O al menos, no para mí.

Me pregunté mientras leía si Sócrates, prácticamente el padre del pensamiento científico y lógico, quién designaba el conocimiento como virtud, habría implantado ideas tan profundas que dejen de lado el sentimiento puro y craso, ese que no es lógico, que es impulsivo y que debe salir de alguna manera, estilizada o no para expresar cómo el hombre percibe el mundo, su existencia y su vida. Nuestra cultura, la latinoamericana y por lo tanto la colombiana, es más bien impulsiva. Basta vernos para darse cuenta. Sin embargo, todos tendemos a pensar que es inferior, poco culta, que no vale. Tal vez, ese modelo de pensamiento occidental se encuentra de frente contra un muro ante un pueblo esclavizado desde siempre, cuya única arma y libertad se encuentra en la cultura popular, en el arte, en la música, en la danza, en Dionisio. Tal vez, por eso, hoy más que nunca siento que el conocimiento es realmente agotador, que tiene límites y que es absolutamente necesario hallar respuestas en otra parte.    

viernes, 2 de junio de 2017

Rock

"To be vulnerable
is needed most of all
if you intend to truly fall apart"

Con los años me he alejado un poco del rock. Pero a veces, vuelvo a él y me quedo inmersa en ese mundo, ese que conozco y en el que me muevo como pez en el agua. Es como si entre el blues y el rock viviera mi alma, o al menos una parte de ella. Siempre está ahí. Siempre la encuentro. Debo admitir que tiende un poco a la depresión, pero es un lugar cómodo, me siento bien ahí. La aprovecho mientras dura la sensación y luego salgo de nuevo a la superficie. Hoy venía pensando en el bus por qué siempre busco este lugar. Creo que es mío, nunca ha dejado de serlo, no importa cuántos años pasen. Hay una gran parte de mí que no solo está ahí, sino que ES eso. 



El café de la luna llena: gatos y astrología

El concepto de caf é s o restaurantes m á gicos que aparecen a media noche solo para un grupo selecto de sujetos que viven en alg ú n para í...