miércoles, 19 de junio de 2019

Historias de Transmilenio

1. El primo de Osama bin Laden en Bogotá

Para variar en estos buses, estoy en medio de una multitud cerca de la puerta, en el área amarilla donde en teoría no debe permanecer nadie mientras el articulado está en movimiento. De repente, como si fuera la entrada al infierno, se abren las puertas y comienza el intercambio de individuos, que casi no pueden moverse porque nadie deja - ni puede - pasar. Ingresa el que es aparentemente una víctima de la peste negra de la Europa medieval con una bufanda tejida gruesa y un gorro de lana. Las puertas se cierran, todo parece normal y luego, de repente, el sujeto comienza a gritar en lo que parece ser otra lengua.
- Amajasamalab amalabian alejasial nemajaladte
Nadie entiende nada. De momento, pienso en dos posibilidades: o está delirando por la fiebre o enloqueció. Claramente, no pienso que sea un extranjero que grite en la mitad del transporte público más incómodo del continente. Grita de nuevo. Nadie entiende nada, pero la gente ya comienza a preocuparse porque sea un ladrón y nos lanzamos todos miradas solidarias teñidas con algo de pánico. De repente, gritos en español en medio de los cuales proclama la existencia de una bomba en el bus.
- ¡Soy el primo de Osama bin Laden! Hemos puesto una bomba en este bus, porque queremos acabar con Bogotá, así como acabamos con Nueva York.
- Una comparación curiosa - pienso.
Grita de nuevo. Voy llegando a Chapinero, estoy a dos paradas de mi destino. Al abrirse las puertas me pregunto si será verdad lo de la bomba, pero ante las bajas probabilidades, decido arriesgarme y seguir allí. Después de todo, bajarse para transbordar puede ser una amenaza para mi vida aún peor. 

2. El extintor

Me subo en medio del éxtasis por encontrar un bus con sillas vacías. Me ubico en una, cerca del fuelle que divide las dos porciones del bus, justo en donde se encuentra el extintor amarillo cubierto por un abrigo rígido de plástico rojo. Un par de paradas más adelante, el bus ya va un poco más lleno, aún sin amenazar por falta de oxígeno, cuando aparece justo frente a mí un tipo alto y muy delgado, vestido completamente de azul, que parece enfermo o bajo el efecto de alguna droga. Deambula sin rumbo por el círculo móvil del Transmilenio con movimientos erráticos y un poco preocupantes, ante la mirada atónita de una señora, todo esto mientras un joven lo ignora inmerso en su libro. De repente, se lanza hacia el extintor y arranca con todas sus fuerzas la cubierta de plástico. Lo observamos fijamente, sin saber qué hacer y entonces, sin pensarlo dos veces, me levanto sobresaltada y huyo hacia adelante. El paso ya está bloqueado por algunas personas, por lo que me quedo con ellos, mientras observo. Justo cuando decido huir hacia quién sabe qué estación en la que estamos, el personaje se baja con todo y plástico en las manos. 

3. La multiplicación de los panes y la leche

Voy con audífonos en un Transmilenio más bien vacío (¿o medio lleno?) y junto a mí se encuentra un aparente estudiante, que observa a todos los que vamos en el bus y luego ve por la ventana. El bus se detiene y se sube un hombre con mirada lastimera y una bandeja enorme llena de panes de 100 pesos y vasitos plásticos con algún líquido. Entra por la última puerta y se desplaza lentamente cargando la bandeja sobre una sola mano hacia donde estoy, cerca del centro del bus. El joven que va a mi lado me dice algo que no escucho por el sonido en los audífonos y es mejor, porque prefiero no escuchar desconocidos. El hombre de la bandeja llega finalmente hacia el centro del bus ante los ojos desorbitados de varios pasajeros y trata de sentarse en el suelo. Primera sospecha de rolo paranoico: se subió con esa bandeja y no ofreció nada, no contó una historia terrible, no pasó degustación sin compromiso...esto no me gusta - pienso. Una señorita muy amable sentada en una silla roja, le ofrece su puesto al hombre de la bandeja, compadeciendo su carga. Él acepta y se levanta en un acto heroico con ese armatoste en medio del movimiento desenfrenado del bus y luego, sin más ni más, justo cuando se aproxima a la silla que se encuentra a unos pocos centímetros de él, deja caer la bandeja con todo y panes de 100 pesos. 

Lágrimas. ¡A borbotones! Comienza la historia trágica en la que su padre ciego y sordo le ayuda a armar esos "combos" para que los venda en la calle. La chica que le cedió su silla no sabe qué hacer y trata de recoger los panes que quedaron seguramente muy limpios después de la caída. El líquido de los vasos se abre camino en el suelo gris y pienso que es demasiado poco denso para ser leche. Llora cada vez más fuerte y el estudiante que está a mi lado me habla de nuevo. Mi neurona guionista de cine me advierte que esto es una trampa, el tipo de los panes es un ladrón y aquel que insiste en hablarme es su cómplice. Todo estaba planeado desde el principio. Ante la conmoción del bus y la gente que ya comienza a sacar billetes para calmar al desdichado, una chica se levanta despavorida de su silla y se aproxima a la puerta para bajarse conmigo. No iba para esa estación, pero era preciso huir. Días después, aparece aquel hombre de los panes en las redes sociales, con el apodo de "Lagrimón", que vive a punta de donaciones voluntarias de incautos con poca malicia.

sábado, 8 de junio de 2019

Cadenas de libertad


Había vivido siempre atada, presa, limitada por espacios, horas y minutos. Alguien siempre le decía lo que tenía que hacer, cómo, a qué hora y ella obedecía sin cuestionar. Un día, decidió dejar de escuchar a quienes la mandaban y hacer lo que le diera la gana. Era la primera vez que probaba la libertad, pero como no la conocía, no sabía qué hacer con ella. Finalmente la usó para ir a la tienda a comprar cadenas nuevas.

jueves, 18 de abril de 2019

Victor Hugo: Nuestra Señora de París

"Campanas que encierran el alma de todo París"

La imagen de las llamas que enfurecidas consumían la catedral de Notre Dame le dio la vuelta al mundo a través de todos los medios de comunicación. Las reacciones han sido variadas: algunos escriben que es un hecho lamentable mientras otros se burlan de los primeros por dar tanto valor a un edificio viejo que ni siquiera es de su país natal. Otros publicaron las fotos de cuando visitaron la catedral parisina mientras algunos más comparten imágenes defendiendo los patrimonios culturales de Suramérica o incluso de medio Oriente. Yo no conozco París. Nunca me he tomado una foto en Notre Dame. Lo más cerca que he estado de ella ha sido a través de las bellas palabras, frases y párrafos, en un libro que es para mí, una de las más grandes obras de la historia, al menos de los que yo conozco.

Victor Hugo es enorme, en especial por dos obras bellas y realistas que reflejan aspectos importantes de la historia de Francia. La real protagonista de Nuestra Señora de París es Notre Dame, sin duda. Ese imponente edificio gótico que presenció la tragedia de Quasimodo y Esmeralda, la persecución de los gitanos y la corrupción de la iglesia. El símbolo del conocimiento del mundo de su época, la catedral que esconde en cada bóveda la búsqueda de la iluminación, el alcance de la mente humana en una época ya remota, pero que está impresa en el alma del pueblo francés. Es más que un edificio, más que una iglesia. Es un símbolo profundo de la historia occidental y un testigo silencioso y perenne de muchas facetas de la humanidad.

La historia de Quasimodo es mucho más cruel de lo que se ve en la película de Disney. Y eso que es una gran adaptación, teniendo en cuenta que es una película animada, para un público infantil. La banda sonora sí que me sonaba en la cabeza mientras leía el libro, porque así lo plasma Victor Hugo, dramático, visceral, real, doloroso. Esta fue la primera novela en la que se habló de la historia de un pueblo entero, de un sentimiento colectivo y de una realidad cruel para unos y mejor para otros a través de Notre Dame, que es, como ya dije, no solo el ambiente donde se desarrollan las historias sino también la protagonista omnisciente. Fue la primera vez que alguien habló de personajes marginales en la literatura como protagonistas, quienes se encontraban en las noches en la corte de los milagros, la sede de aquellos que viven en la calle y que enfrentan una realidad mucho más difícil que la simple división entre el bien y el mal. La historia no sólo está muy bien escrita, conmueve muchísimo. Y uno prácticamente se siente en el edificio, con las gárgolas y encerrado con Quasimodo ante el sonido incesante de las campanas. 

Victor Hugo logró su objetivo de salvar a Notre Dame. Esta no es la primera vez que alguien dice que no vale la pena sufrir por un edificio viejo. Para el siglo XIX y con la fiebre del barroco, el arte gótico les parecía a muchos europeos una aberración que debía borrarse de la capital francesa. La iglesia había sufrido los mayores daños en la historia después de la revolución francesa y la fiebre de demoler los edificios antiguos alcanzó a tocar a la catedral y ponerla sobre la mesa de discusión. Victor Hugo había intentado por todos los medios de persuadir a las personas sobre la importancia de conservar el símbolo de su historia y de su cultura completamente en vano. Publicar panfletos y escritos cortos no parecía dar resultado. Fue entonces cuando aprovechó la petición de una novela y publicó en 1831 "Nuestra Señora de París", que logró traer de regreso los sentimientos de los parisinos sobre la catedral. Es increíble todo lo que el arte puede despertar en las personas. Es increíble también que su preocupación le haya permitido escribir en apenas 6 meses la obra maestra de casi 600 páginas. 

Cuando vi los videos de Notre Dame ardiendo, sentí una profunda tristeza. Sé perfectamente que no soy europea, que jamás he ido a París y que nunca he visto la catedral. Pero sí pude sentir lo que quiso decir Victor Hugo en su extenso mensaje publicado hace más de 100 años. Es la prueba de que sigue vivo. También sigue viva ella, allá donde los celtas trazaron el centro de lo que sería la ciudad de la luz, donde se coronó Napoleón, donde se celebró la liberación de la ciudad después de la guerra y aquella que se salvó de la detonación ordenada por Hitler. 


lunes, 24 de septiembre de 2018

Los sicarios


A Mario le disparé yo, en un callejón oscuro, una noche cálida de abril. El aire sofocante, la ira y la desesperación apretaron el gatillo y lanzaron la bala que fue a dar directo en su frente a una velocidad imparable. No pretendo exonerarme de la culpa, porque sé que no es posible. Al fin y al cabo, sentí que no tenía ningún otro camino más que acabar con su vida, porque simplemente era él o yo.

Nunca entendí bien a Mario. Era un tipo entrenado para matar a sangre fría, pero tenía también un lado muy sentimental. Andaba con esa billetera vieja y desvencijada para todas partes en la moto, llena de foticos de esas que se ponen en las hojas de vida, las típicas que se toma la gente de frente en un fondo azul y en las que casi nadie sale bien. Recuerdo que tenía unas de los tres hermanos menores, esos que dejó hace varios años quién sabe en dónde con la mamá y la tía, que eran las protagonistas de otras dos fotos. Nunca hablaba mucho de la familia, pero uno podía adivinar que eran niños y mujeres abandonados, gente que sufrió prácticamente desde la cuna. La tía tenía pánico a los militares, porque había vivido muchos años en pueblos diferentes en esa época en que mataban a la gente igual que ahora, pero bajo pañuelos azules o rojos. La mamá era una mujer golpeada por los hombres y por los años, como tantas en este país y que se las arregló de alguna manera para alimentar varios hijos. Tenía también una foto del hermano mayor, ese que le mostró cómo ser sicario en esta ciudad grande y hostil, donde ganarse un peso es difícil, pero posible. Mario era adicto a las fechas. A cada foto que cargaba le ponía alguna fecha memorable en la parte de atrás, con un lápiz de punta gruesa. Nunca me dijo por qué hacía eso o qué había pasado con ellos en esos días. Yo siempre pensé que había sido el último día que los había visto, por esa mirada nostálgica que tenía cuando le preguntaba por las fotos. Nunca me dijo a ciencia cierta qué significaba, pero parecía ser muy importante para él.

Las otras fotos que cargaba eran de la novia y la hija. Martina, que tenía tres años era la luz de sus ojos y por quién luchaba todos los días, o al menos eso decía. Andrea – su novia – a veces tenía celos por todo el tiempo que yo pasaba con él, pero así era el trabajo. Nos mandaban juntos a perseguir a alguien, a asustarlo o a atacarlo. Antes de que yo llegara, Mario trabajaba con un tipo del que no sé mucho, salvo que lo desaparecieron por una vuelta en la que se equivocó. Habían sido muy cercanos y por eso había guardado una foto de él. Tenía un tatuaje de un dragón en el cuello, eso sí lo recuerdo.
Mario sabía bien que yo soy muy impulsiva. Cuando quise salirme de esto, le dije primero a él pensando que podría ayudarme a perderme y sobrevivir. Pero no fue así. Cambió para siempre conmigo y me amenazó con hablar si me atrevía a irme. Dijo que él mismo me perseguiría para entregarme por traidora y fue entonces cuando en medio de una discusión, le arrebaté la billetera con las fotos y se me abalanzó como una fiera para quitármela de las manos. La apretó fuerte y comenzó a alejarse cuando le apunté con el pulso fijo. Después de guardar silencio un momento, me gritó de nuevo y entonces, sin vacilar, disparé. Una de las fotos se desprendió de la billetera en el momento en que el cuerpo cayó al suelo. Era una foto mía.

martes, 11 de septiembre de 2018

La dama de la montaña que resplandece

Bogotá no es una ciudad. Bogotá es un sinnúmero de ciudades contiguas, unas más grandes y otras más pequeñas, cada una con iglesias, parques y droguerías. Todas estas ciudades tienen manzanas cuadradas y calles con cráteres que a veces desaparecen y a veces no, pero nadie sabe por qué. Hay un tren que las conecta, pero en él no viajan más que turistas tomando fotos sin ninguna prisa. Independientemente de cuál de estas micro-ciudades habitemos, todos nos quejamos de ella como un todo, porque es caótica o porque está llena de gente, porque llueve mucho o porque hace sol, cualquier razón basta.

El clima es el principal tema de conversación de los habitantes, porque es lo más inesperado del lugar. En una de las pequeñas ciudades puede brillar el sol de manera que justifique shorts y sandalias, mientras a unas pocas cuadras inicia un diluvio digno de relatos bíblicos. Mientras tanto, como consecuencia física en una tercera micro-ciudad los habitantes verán brevemente el arco iris mientras se preguntan qué chaqueta deberán llevar al salir.

Durante el día hay muchos sonidos en la ciudad. Saxofones, trombones, guitarras e incluso arpas con capachos aparecen en cualquier lugar, público o privado a cambio de apenas una moneda o de un fajo de billetes. Los instrumentos reúnen individuos contagiados por los ritmos que cantan rap o bailan salsa mientras toman una cerveza tan helada como las noches a 2.600 m de altura.

La noche es quizás una de las cosas más interesantes de Bogotá. Caminar buscando un bar por la carrera séptima mientras el frío invade las mejillas es tan emocionante como aterrador. Hay quienes caminan con afán de llegar a casa, otros que no tienen rumbo y hay también habitantes de la calle ocasionales que piden dinero a los transeúntes. En el centro retumba música para todos los gustos detrás de puertas viejas mientras en el norte hay mesas exteriores en varios locales, todos con la misma música.

Yo nací en Bogotá y sin embargo siento que casi no la conozco. A veces quisiera irme y jamás volver, alejarme para siempre de su aire contaminado con plomo, de la congestión y los raperos de los buses, pero hay algo en su atmósfera gris que me insiste en permanecer en la ciudad, aquella que ha sido llamada “dama de la montaña que resplandece”.

jueves, 19 de abril de 2018

Un trozo de metal

Para seguir en la tónica de los retos sociales y personales, decidí entrar a un diplomado de escritura creativa - no voy a mentir - con una cierta vanidad de mis "habilidades" de escritura aunque conociendo bien mis dificultades para crear. Pues bien, cada día que pasa de mi vida encuentro más apropiada esa frase que Sócrates empleó ante los tribunales atenienses: "solo sé que nada sé". Y es que no alcanzo siquiera a considerar que sé de alguna cosa cuando la verdad aplastante de mi ignorancia me deja en medio de un mar de emociones difíciles de explicar.

La idea original era entrar a un curso de edición de textos. Y de pronto ese sería un campo más cómodo, en la medida en que se centraría en un ejercicio meramente académico - aunque no por eso menos importante - y yo estaría como pez en el agua. Al fin y al cabo, la academia pura y dura es lo mío. Pero resultó que me parecía más interesante el campo de la creación literaria y me decidí por ese camino para estrellarme de frente con la dinámica del arte en que uno simplemente debe sentir y dejarse llevar por eso que siente. Pues bueno, de pronto para los humanistas será más fácil o para otro tipo de personas, pero personalmente, la cosa es un reto enorme.

Van apenas dos clases y ya tengo una madeja enredada de sentimientos encontrados que no sé por dónde comenzar a organizar. Al principio pensé que tenía habilidad para escribir y que en ese orden de ideas todo iba a ir sobre ruedas, pero resultó que no, ante cada frase que llegué a pensar bien escrita, encontré al menos diez construcciones de mis compañeros no sólo mejor elaboradas sino mucho más sentidas. Y es que ahí está el problema. Sentir me cuesta muchísimo. Y es peor cuando debo escribir para una tarea, donde no sólo está el sentimiento sino también la técnica y la lucha constante con el ego por dejar de lado la necesidad de brillar y reemplazarlo con el simplemente ser. ¿Ser qué? No sé, no tengo idea. Sé que me da miedo darme demasiadas libertades poéticas al escribir. Sé también que mi mayor temor radica en sonar demasiado pretenciosa, como si tratara de imitar a algún escritor que admiro o peor aún, que lo que escribo termine sonando como esos libros con lenguaje escueto que me parecen poco genuinos y que encuentro como un mero esfuerzo de ser diferente porque sí. Vacíos. Ser vacía me aterra. Y hoy, ante la evidencia de mi estilo ortodoxo y poco original en medio de escritos brillantes de otros, casi sentí que colapsé. Fue peor que cuando en el curso de dibujo artístico debíamos exponer nuestras obras junto a las de aquellos que evidentemente eran mejores.

Hay algo raro que encuentro en el arte que definitivamente no entiendo bien. Me hace sentir terriblemente incómoda conmigo misma y me muestra lo peor que tengo mientras me permite observar las maravillas que pueden encontrarse en las personas que me rodean, incluso cuando son un grupo de desconocidos. Es como ser un trozo frío de metal en un mundo cálido de arco iris. Sí, así es como me siento. Me pregunto si he leído bien los libros que me han gustado (¿leí bien Rayuela, por ejemplo?), si he disfrutado del baile como debe ser, si dibujo por mera costumbre o porque de verdad lo siento así y en últimas si escribo comunicando algo o si son sucesiones exitosas de palabras sin alma. Supongo que la buena noticia es que en sí, eso es sentir algo. Y eso significaría que este frío trozo de metal al menos puede sentir alguna cosa. 

domingo, 1 de abril de 2018

La muerte de la responsabilidad social

Nota: puede encontrar vínculos a las noticias de los médicos falsos mencionados sobre sus nombres.

No nos vamos a mentir: un médico falso es un asesino. Sólo por el hecho de presentarse como un profesional cuando no lo es y jugar así con la vida de las personas, debería considerarse un criminal. Sin embargo, no sólo andan libres por ahí atendiendo personas, sino que hay una total ausencia de responsabilidad social en las entidades que albergan a estos criminales, por no decir de aquellas que deberían investigarlos y juzgarlos y en última instancia, siendo tal vez la más importante, la total ausencia de regulación de un problema que cuesta vidas.

Trabajo en un instituto de investigación que cuenta con un banco de sangre, un banco de tejidos, un banco de sangre de cordón umbilical y una unidad de terapia celular. Esto no es un juego. Tenemos almacenados en congeladores sangre periférica, córneas, piel, membranas amnióticas, sangre de cordón umbilical y células madre que pueden utilizarse para salvar vidas y que mal utilizadas o en las manos equivocadas pueden causar un serio problema. Sin embargo, la ausencia de regulación es tal en este país y el vacío legal es tan grande, que existen entidades y médicos (titulados, que es lo peor) ofreciendo soluciones milagrosas a enfermedades graves, con terapias avanzadas de las que no tienen idea y que ni siquiera han recibido aval de instituciones internacionales como la FDA (Food and drug administration) para utilizarse como método terapéutico fuera del plano experimental. A veces nos llaman personas, solicitando células madre en polvo, trasplantes y toda clase de sustancias que parecen sacadas de Harry Potter porque "alguien" o "un médico" les dijo que servía para curar desde una gripe hasta cáncer. 

Me llamó la atención un comercial de Séptimo Día en que mencionaban un caso de suplantación, una mujer que se hizo pasar por médica y que literalmente mató a un hombre de 25 años en Soledad, Atlántico. Yeudith Martínez, que ahora es prófuga de la justicia, suministró antibióticos intravenosos a un paciente que le advirtió que era alérgico a ellos y lo mató. Ya había cobrado la vida de un niño con gastroenteritis en otro lugar, al que le suministró un purgante. Un caso más para la larga lista, como la del chef Rafael Nieto que realizó una cirugía estética que cobró la vida de una mujer de 21 años, o la de Juan Pablo Orozco, que no sólo ejerció como médico sin serlo durante varios años en Antioquia, sino que luego comenzó una especialización en Argentina en la cual se dieron cuenta que tenía documentos falsos. Hay otro caso que ni siquiera sale en la prensa, la de Edison García, que se hace pasar por médico que realizó estudios en Cuba y que promete soluciones milagrosas en comunidades rurales. Todos estos me hicieron recordar ese emblemático caso del psiquiatra falso de medicina legal que ejerció en la institución por 14 años. Uno se preguntaría si se han alertado a las autoridades sobre estas personas, o si los departamentos de recursos humanos de los hospitales verifican la veracidad de los datos, de las licencias médicas. Porque, ¿para qué complicar entonces la expedición de tarjetas profesionales, cuando al fin y al cabo nadie las va a voltear a mirar? ¿No existe una base de datos como las de los números de tarjetas profesionales de los abogados en el Consejo Superior de la Judicatura, donde se puedan verificar los datos suministrados por un aspirante a un empleo en una clínica? ¿Todos estos casos muestran que debería seguirse fiando de "la buena fe" de las personas?

Hace años no veía este programa. Y no sólo me indignó ver a todos los criminales mencionados asegurando que son médicos o alegando que no quieren hablar, sino también a los "entes de control" que permiten que sigan operando, porque supuestamente no han sido suministradas las pruebas ni las denuncias necesarias. Grabaciones, fotos, pruebas presentadas por la fiscalía, denuncias de médicos reales y varios muertos al parecer no son suficiente prueba, al menos para cuestionarse si realmente se están tomando medidas que controlen la proliferación de psicópatas - porque no encuentro otra forma de decirlo - que se atreven a suministrar medicamentos, inyectar, diagnosticar y hasta operar a una persona que necesita alivio para una enfermedad. Ni hablar de la absoluta y completa desatención del estado en quizás la mayor parte del país, que no cuenta ni siquiera con un hospital que tenga las gasas suficientes para atender a sus heridos. Y lo peor aún, la respuesta de las "entidades de salud" que más bien podrían ser de muerte, que contratan a estos médicos falsos, argumentando que no creen haber obrado mal contratando a un médico que no lo era, aún cuando le costó la vida a alguien. Luego, aparece un político diciendo que "sucede en todas las profesiones, también vemos curas falsos, obreros falsos, ingenieros falsos...". Sí, de pronto tantas construcciones que fallan y cobran la vida de personas sean de ingenieros falsos, quién sabe. Pero sentarse a sonreír ante una cámara, como si la vida de las personas no valiera nada, no es definitivamente la solución.

Esto es una atrocidad. No sé cómo más decirlo. Es detestable que haya personas que se aprovechen del dolor ajeno, de la angustia que ocasiona estar enfermo o tener a un familiar enfermo o de la esperanza que da un nuevo tratamiento para al menos mejorar las condiciones de vida de un paciente para sacarle dinero, arriesgar su vida y luego salir campante como si nada a iniciar otro negocio estético donde un chef realice cirugías. 

El café de la luna llena: gatos y astrología

El concepto de caf é s o restaurantes m á gicos que aparecen a media noche solo para un grupo selecto de sujetos que viven en alg ú n para í...