domingo, 31 de diciembre de 2017

Fotos

En primer lugar, quiero decir que Google es el dueño de nuestras vidas. Con la compra de un nuevo celular, descubrí que las fotos que tomo, no sólo quedan en la memoria del celular sino que aparecen en Google Fotos y que se sincronizan automáticamente con la cuenta de correo a la cual uno puede acceder desde cualquier computador. Seguro me di cuenta tarde, porque no es que me interese mucho invertirle una gran cantidad de dinero cada rato a los celulares, pero igual, me sorprendí bastante. También me di cuenta que tengo más fotos de las que veré jamás. Cuando las fotos se sacaban con cámaras de rollo, uno tenía un número limitado de oportunidades para tomarlas y entonces, elegía el momento adecuado, que más valiera la pena, en que estuvieran todos los presentes en el paseo, o en que saliera el sol y todo era igual una sorpresa, cuando uno iba a revelarlas, lo cual tenía un costo y hacía que uno precisamente se midiera en el número de momentos que quería capturar.

Desde Septiembre a Diciembre de 2017, tengo un sinnúmero de fotos, que probablemente no me sentaré a ver en mucho tiempo (por no decir nunca) y que únicamente utilizaré para hacerlas fotos de perfil de Facebook o para publicar en Instagram. Y entonces, uno se pregunta si realmente está atesorando esos momentos por alguna razón aparte de mostrarle al mundo que estuvo en un lugar cualquiera, que viajó, que comió un plato rico, que vio un paisaje, que fue a un concierto. No quiero sonar como una nostálgica de los tiempos que ya pasaron, ni como si fuera un asunto malo o vano, la idea no es lanzar juicios de valor. Pero al menos a mí, me queda la duda de si estoy haciendo las cosas y tomándoles fotos sin límite por mostrarle al mundo lo que hago para recibir adulaciones o si las hago por pura convicción.

Eventualmente, la respuesta es fácil: las cosas las hago por convicción. Me gusta dibujar desde mucho antes que existieran las redes sociales, las cámaras digitales e incluso los celulares, eso lo tengo claro. Pero hace años cuando comencé a dibujar, no tenía la necesidad psicópata de publicar todo lo que dibujaba. Hoy, cuando entro a alguna red social y veo que alguien hace algo, publica algo o lo que sea, que pueda de alguna manera ser similar a algo que yo hice, siento la necesidad loca de publicarlo igual. Y es más, me he visto a mí misma, tomando fotos pensando en que se verán bien para publicar en alguna parte. Creo que estoy en el mismo fondo en el cual estaba cuando cada vez que se me ocurría algún comentario, lo memorizaba con obsesión para publicarlo en Twitter cuando pudiera. También me pasa con las compras, el consumismo me ha arrastrado, sin duda.

Me preocupa un poco esto. No estoy muy segura de que sea un problema grave, pero sí creo que me he vuelto esclava de muchas cosas que en realidad no valen la pena. Creo también, que debo buscar en otra dirección algo que tenga esencia y que me mueva desde dentro, no desde fuera o por imitación de cómo se mueve la sociedad hoy por hoy.

Ya que es cierre de año, espero que sea la oportunidad para encontrar ese camino alterno, para emprender la búsqueda de lo que está debajo de tanta cosa inútil y que me muestre esa verdad que estoy buscando.

domingo, 24 de diciembre de 2017

Llegó la hora de leer a los colombianos

Como había mencionado en otra entrada, acabo de pasar una época de ligera obsesión por la literatura rusa. Tengo aún pendientes varios libros, incluyendo ese que narra la historia de los Romanov, con todos sus aciertos, desaciertos, dramas y fiestas. Sin embargo, esta compulsión de lectura de novelas rusas no se dio de manera premeditada sino porque por alguna razón, sentía una gran afinidad por los personajes, las situaciones y los sentimientos muy a pesar de los kilómetros y los grados celsius que nos separan. Después de profundizar no solo en los libros sino también en la historia para entender mejor al pueblo ruso, llegué a la irremediable conclusión de que llevo varios años dejando de lado la literatura de mi propia tierra y que es posible, que así como el alma rusa se encuentra plasmada en las letras de Dostoyevski, Tolstoi, Nabokov y Chéjov, la nuestra, en su forma más pura esté plasmada bajo el puño y letra de nuestros escritores.

Lo más curioso de todo esto, es que cuando comencé a leer "El escritor y sus fantasmas" de Sábato, me di cuenta que él también notó esa similitud en la forma de sentir de los rusos y los latinoamericanos. No sé bien cómo explicarlo, pero es un idioma que uno puede entender. Sábato cuenta que un viejo profesor francés de la Sorbona al que solía escuchar, afirmaba que los personajes de Dostoyevski eran "nuevos ricos de la conciencia, individuos poco menos que dementes, bárbaros incapaces de apreciar las ideas claras y netas, tan disparatados e irresponsables como para afirmar que dos más dos puede ser igual a cinco, contra todas las tradiciones de los cartesianos y de los ahorristas franceses". Para los europeos, estas personas no tienen sentido, igual que nosotros. Nuestras sociedades, culturas, ideas y metas son diferentes, pero se han interpretado como inferiores y es por esto que estos "bárbaros", ya sean rusos o latinoamericanos han dedicado su existencia a europeizarse, a perder aquello que nos hace tan incomprensibles y lograr por fin movernos al ritmo de las cosas como "deben ser". Y entonces, vuelvo al tema - sin ánimo de ponerme en contra de los europeos, que simplemente son europeos y ya - de perseguir ser otra cosa sin haber entendido o pasando por alto aquello que ya somos y que deberíamos atesorar más que nada.

Tengo la firme convicción que en medio de este caos, hay quienes han podido leer entre líneas los mensajes en clave de nuestra cultura y que además los aprecian como el tesoro que son. Estoy convencida también de que estas personas son los artistas y que su interpretación de estos mensajes está al alcance de todos, aunque a veces seamos tan ciegos o distraídos para no verlos. Y entonces, justo después de la fiebre por la literatura rusa, he decidido comenzar con los escritores colombianos que portan en sus páginas la visión del mundo que hemos construido como cultura; y de la sociedad, que bien o mal constituye nuestro día a día y ha dejado huellas imborrables en la esencia más pura de lo que somos.

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García Márquez y su realismo mágico no habían sido llamativos para mí desde aquellas veces en que intenté leer La Hojarasca y Cien Años de Soledad, sin éxito. Entonces yo estaba buscando realidades viscerales, relatos de situaciones posibles y no esa transición entre una crónica y una historia imposible que me parecía incluso ridícula. Diana me insistió muchas veces en que tenía que leerlo y que tal vez necesitaba empezar de a poco, para ir entendiendo la lógica de su estilo. Leí los "Doce cuentos peregrinos" y me gustó - sin ser tampoco mi libro favorito - y luego lo dejé de lado mucho tiempo hasta sentir este impulso por la literatura de mi tierra, hace apenas un mes o quizás un poco más. Recordé que ella me había dicho que siguiera con "La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada" y como si fuera una señal divina, lo encontré por esos días en la Panamericana, junto con otros cuentos. Me sorprendí bastante. No me esperaba las historias que allí encontré y que sentí tan familiares, porque tal vez, siendo ahora una adulta, me encuentro con que el día a día colombiano es eso, puro realismo mágico. Aquí suceden cosas que no pueden ser. Aquí la lógica es retada y destrozada prácticamente todos los días, de múltiples formas. Aquí es posible que exista el hombre con alas, que el olor del mar traiga consigo mensajes inesperados, que aparezca un ahogado al que todo un pueblo termina venerando, que un mártir se vuelva un santo y que luego cobre venganza, que una abuela tome escalofriantes decisiones con su nieta. Todo eso sucede aquí. Y es entonces, cuando confirmo mis sospechas: ahí está lo que somos, en esas páginas, incluso en el autor al que tanto dije que jamás lograría entender.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Seguir el llamado Renacentista

Aquellos que me conocieron hace algunos años recién me gradué de Biología saben bien que mis planes distaban muchísimo de lo que hago hoy. Había pensado que terminaría la carrera, no haría una maestría y menos en Colombia y saltaría directamente a un doctorado en vaya usted a saber qué, si al fin y al cabo eso es lo que menos importa. Se siente uno como en la carrera de comités de Alicia en el país de las maravillas, donde todo el mundo corre en círculos sin saber hasta cuándo ni para qué. Sin embargo, como la vida toma decisiones sola, terminé estudiando un posgrado acá y quedándome a trabajar, sin las ansias locas de seguir con el doctorado.

No pretendo criticar ni establecer mi opinión como "lo correcto" o como "lo que se debe hacer". Esta es una verdad para mí. Y bueno, siendo este mi blog, expreso mi opinión sin tapujos.

Yo no concebía una vida diferente a la del estudio eterno en el campo de la ciencia. Terminar el pregrado, seguir con la maestría, el doctorado y luego saltar de posdoctorado en posdoctorado, viajando por todo el mundo. Muchos de mis conocidos lo han hecho o lo hacen. Yo quería ser igual. O al menos eso decía. De pronto nunca estuve del todo convencida porque la realidad es que recién me gradué no tenía el dinero para presentar todos los exámenes y los documentos en universidades fuera de Colombia y cuando empecé a trabajar, no ahorré un solo peso para pagar nada ni mucho menos busqué con juicio las dichosas becas de las que todos hablaban. El mundo laboral me mostró otras cosas, fuera de estar ejecutando un proyecto y buscando resultados para incluir en un informe. Inicialmente, la educación de básica primaria y secundaria y después, trabajar en un Instituto de ciencia recién conformado no sólo administrativamente sino también ideológica y filosóficamente. Es que a la larga, los institutos que están tan claramente formados afuera, acá no son NI PUEDEN SER exactamente los mismos.

Nuestros predecesores habían conseguido una cantidad significativa de recursos públicos para la ejecución del proyecto en el que trabajo, pero claramente no son eternos. Tuvimos que empezar a optar por nuevos recursos y aquellos que tenían más experiencia en el proceso administrativo dirigieron el asunto. Nos dividimos el trabajo bajo las recomendaciones que nos daban. Y luego, de la nada, dos de ellos consiguieron otro trabajo y se fueron. Quedamos con miles de dudas. Y la verdad, en términos administrativos, económicos y presupuestales, nos quedábamos cortos. Mucho estudio, muchas moléculas, muchas vías de señalización, mucho ADN y PCR y aún así, cuando estábamos fuera del campo puramente técnico tambaleábamos como si estuviéramos sobre una tabla endeble en la mitad del océano. La presentación de los proyectos no es menos compleja que la comunicación con los administrativos. Un amigo que vino recientemente de Suiza me decía que en los institutos allá, el andamiaje administrativo está construido con un científico a la cabeza y todos ellos atienden a las necesidades del equipo técnico. Sí, claro, así debería ser, tal vez. Pero acá, la realidad es diferente (y ojo, por diferente no me refiero a peor) y quienes están a la cabeza son financieros y abogados. Y la realidad es que no hablamos el mismo idioma: ellos no nos entienden y nosotros a ellos tampoco.

En ese camino de presentación, ejecución y finalización de proyectos, me di cuenta que no entiendo el mundo. Claro, la biología permite darse una idea de cómo es la vida, la vida entendida como lo orgánico, lo fisiológico, lo bioquímico, lo biofísico. Pero el mundo de los humanos, ese es otra cosa. Para mí, un humano no es más que un animal más, con unas particularidades fisiológicas y unas patologías en que trabajo. Sin embargo, este organismo ha conformado toda una sociedad basada en una cantidad de ideas que yo claramente no entiendo. Estas ideas, al menos de momento giran en torno al dinero. Y así, mi idea de perseguir el conocimiento ultraespecífico cambió a la necesidad de ser multidisciplinaria. 

Comencé a estudiar economía este año, porque siento que necesito aprender algo diferente. El camino de la ciencia de cierta forma ha sido recorrido. Si necesito reforzar algo, entender algo nuevo, investigar en algo, basta con leer libros y artículos científicos. Las bases ya están. Pero en cambio, ese ser social, económico y político que somos es para mí un completo misterio. Y lo peor es que es en ese mundo en que se desarrolla la ciencia, no es una burbuja separada e inmune a sus efectos. Es necesario entender ese mundo para poder integrarlo con el de la investigación. Y basta de decir que los científicos que se encargan de la gestión administrativa "no hacen nada" o "no son científicos de verdad". Claro, como dedicarse a conseguir la materia prima de la investigación - que son los recursos - es una función nimia al lado de tratar de clonar un gen de un canal iónico o mejorar el trasplante hematopoyético. Es sencillamente igual de complejo e importante: si no hay recursos, voilá no hay investigación.

Hay muchos prejuicios en el mundo de la ciencia. Para algunos, si no tienes un doctorado, no eres nadie. Otros dicen que ser PhD es un estilo de vida y que no todos pueden con eso. Los administrativos son criticados por no entender las necesidades del gremio (claro, como la biología molecular es el conocimiento más asequible para todo el mundo). Los científicos son criticados por no entender que las cosas han de ser costo-eficientes (los conocimientos de economía, política y derecho tampoco caen precisamente del cielo). Los científicos tratan con desdén a aquellos que no viven encerrados en un laboratorio y publicando artículos. Y ni mencionar el ego de algunos, que creen que son superiores a los demás. Basta ya. Hay muchos nichos y alguien tiene que ocuparlos. Bien por aquellos que quieren dedicarse al conocimiento específico, pero no todos tenemos que seguir lo mismo y tampoco debemos sentirnos mal por eso. Algunos queremos ser multidisciplinarios. Al principio pensaba que no había quién pensara igual, pero luego, me di cuenta que somos más de los que creemos. Y que NO está mal NO seguir el camino de todos. Construir, al fin y al cabo, siempre será difícil.




domingo, 12 de noviembre de 2017

"Verde que te quiero verde"

En el cráter del volcán Azufral, a un poco más de 4.000 metros de altura reposa una laguna color esmeralda cubierta de un manto de niebla. Hace frío y la caminata es larga y demandante. Es el filo de las montañas, de los Andes, ese imponente tesoro de las alturas que tiene nuestro país. No es frecuente escuchar personas que vayan a visitar el sur del país, salvo tal vez por el Amazonas, al menos en mi círculo cercano. A veces tengo la impresión de que las personas en Bogotá estamos más preocupadas por ir a conocer otros lugares del mundo y ni siquiera volteamos a ver las maravillas que hay en Colombia. No me excluyo, yo misma estuve tratando de ahorrar para irme a Europa un mes, con un afán frenético que finalmente no prosperó por diferentes razones. Pero, han aparecido un sinnúmero de viajes dentro de mi tierra, esta que amo tanto, que me han enseñado muchas cosas.


Llegué al departamento de Nariño con la laguna verde en la cabeza, sabiendo que tenía que ir a conocerla a toda costa. Después de una larga labor de convencimiento, fuimos una mañana a Túquerres en un bus. Una vez llegamos, contratamos un carro que nos llevara hasta el punto de partida de la caminata, el ingreso a esa reserva gélida llena de frailejones y pastos altos. Fuimos los últimos en entrar, por lo cual decidimos avanzar a paso ligero, para no quedarnos solos en los casi 7 Km de camino. No sé bien cuánto tiempo pasó, íbamos rápido y eso nos permitió omitir la sensación del frío, avanzábamos sin largos descansos y justo cuando pensábamos que íbamos a llegar, iniciaba otra cuesta más difícil que la anterior. Saqué todas mis fuerzas en el último tramo y llegamos por fin a una zona plana donde nos esperaba una valla dando la bienvenida a la laguna. Decía específicamente que era mejor guardar silencio y nos habían recomendado lo mismo, pero no entendíamos bien por qué. Luego llegamos al mirador y ella, con su forma de media luna y su color verde intenso, nos recibió en todo su esplendor. Pero justo cuando llegamos y exclamamos en voz alta que al fin habíamos alcanzado nuestro destino, mientras saludábamos a los señores que vendían agua de panela, el cráter se cubrió con una densa niebla, que escondía tras de sí el tesoro que habíamos ido a conocer.





El asunto del silencio era real. Y no lo creería de no ser porque estuve ahí. Por lo que he visto, el monte siempre guarda una enorme cantidad de secretos. Los he detectado en las cascadas de Santa María en Boyacá, en la Ciénaga del Chucurí y en Puerto Parra en Santander, en el monte del Tayrona en Magdalena, en Puerto López y Puerto Gaitán en el Meta y ahora, en esta imponente montaña, donde la niebla pasa como si fuera la dueña del lugar, a paso firme y ligero. Mientras preguntamos algunas cosas, la niebla cubrió completamente el volcán. De no ser porque la había visto hacía un momento, no habría creído que la laguna verde estuviese en el cráter. Iniciamos el descenso a las playas de azufre, con cuidado porque son bien empinadas y decidimos guardar silencio. Las dos o tres personas que estaban abajo comenzaron a subir y nos cruzamos con ellas en las escaleras improvisadas. Las saludamos rápidamente y seguimos nuestro camino, hasta llegar a la laguna negra, la primera que uno encuentra en el cráter. Para ese momento, sólo estábamos nosotros en la montaña porque quienes vendían agua de panela ya se habían ido. Permanecimos en silencio mientras nos aproximábamos a la laguna verde. Y entonces, como si alguien retirara una manta, la niebla desapareció y comenzó a brillar el sol. La laguna se presentó con toda su belleza frente a nuestros ojos y brilló ante el sol que ahora la cubría. Es uno de los lugares más hermosos que he visto en la vida. La energía de ese volcán, las fumarolas, el olor a azufre, el agua hirviendo, el color verde que parece descomponerse en amarillo y azul, el frío y a la vez el calor por el sol que cae a esos 4.000 metros. La laguna verde es aún más increíble de lo que pensé. Estuvimos ahí alrededor de 40 minutos, porque no es buena idea inhalar tanto ese azufre. Salimos en silencio también y nos despedimos en el mirador de nuevo, mientras la laguna volvía a cerrar su telón de niebla espesa.  En todo el tiempo que estuvimos viéndola, estuve pensando en ese poema de García Lorca, "Romance Sonámbulo":

"Verde que te quiero verde
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar
y el caballo en la montaña"


domingo, 27 de agosto de 2017

Los escritores rusos

Hace ya varios años, cuando estaba terminado el colegio o iniciando la universidad, no estoy muy segura, tuve la idea de escribir una lista de libros que debía leer antes de morir. Ahora que lo pienso, es un poco curioso, porque a los 17 o 18 años uno no está muy preocupado por cosas así. En todo caso, dentro de la larga lista de clásicos que tuve que sacar de lo que otras personas me contaban o de listados en internet de grandes obras, había dos libros emblemáticos, que marcarían mi vida para siempre: Crimen y Castigo y Anna Karenina.

No sé nada de los rusos. Mi mayor obsesión europea se centró en Francia, es decir, pasé mucho tiempo anhelando conocer París inicialmente y lo que pudiera de ese país, por pura pasión descontrolada y sin mayor argumento. Cuando leí Nuestra Señora de París de Victor Hugo, deseé conocerla aún más y estuve ahorrando un tiempo para poder ir a hacer un tour maratónico por Europa, esperando sobretodo ver la ciudad de la luz. Esa idea sigue firme, aunque con algunos cambios drásticos. Pero luego, se me atravesó en el camino la literatura y la música clásica rusa (además de otros gastos inesperados que dejaron el ahorro un poco estancado).

El primero en el camino fue Crimen y Castigo. Gran libro, grandísimo. Dostoyevski plasma la desesperación como nadie en el mundo y los sentimientos en general. Leer ese libro fue para mí una montaña rusa emocional que mezclaba con gran delicadeza malestar, ira, temor, preocupación, ganas de salvar a Raskólnikov, esperanza y emoción. Nunca se sabe bien qué va a pasar, no se sabe qué esperar y eso lo vuelve tan necesario como el aire. Leer a Dostoyevski es como entrar a las escenas que describe, como ir caminando por las calles que recorre el protagonista, es sentir la suciedad, la enfermedad, la fiebre, la angustia y la sangre fría. Y también la angustia filosófica.

El siguiente fue La Muerte de Iván Ilich de Tolstoi. Una historia relativamente corta pero intensa (al parecer como todo lo que escriben los rusos). El dolor y la negación a la muerte en medio de la agonía, son lo que caracteriza a este libro. Encontrar, tal vez, el sentido a todo por lo que se ha luchado cuando parece derrumbarse sin más ni más. Es también una gran historia.



El Jugador de Dostoyesvki llegó después y me costó un poco más. El vicio, la perdición y un poco de crueldad es como yo describiría este libro. Aquí me di cuenta que los escritores rusos tenían serias críticas a cómo se movía la alta sociedad, la burguesía y a ese trato despótico que tenían los europeos sobre los rusos, con un toque de superioridad. Al menos, es lo que se plasmaba en sus historias.

Luego, llegó la emblemática Anna Karenina de Tolstoi. Que maravilla de libro. Estoy por terminarlo en este momento, con la melancolía que siempre siento cuando estoy terminando una gran historia. Anna y Levin, han sido mis personajes favoritos en estas 1000 páginas del libro y no quisiera dejarlos, por lo cual decidí escribir esta entrada. También con este libro saltaron a la vista algunas cosas en común con los demás, que concluí que no entendería bien a menos que aprendiera sobre la historia de los rusos. Y entonces, decidí comenzar a investigar, para poder contextualizar todo el mar de sentimientos que me han despertado estos escritores.

No he encontrado autores que expresen tan bien los sentimientos humanos, las luchas internas y la incoherencia que a veces nos caracteriza a todos como los rusos. Por eso, me he enamorado de ellos. Y por eso también, he decidido comprar más libros de otros autores diferentes de estos dos que ya conozco, para ver qué más encuentro, como una especie de mensaje en clave que no puede deberse a otra cosa más que al pueblo maravilloso que son. 

sábado, 26 de agosto de 2017

Grandes ideales

El asunto de la sociedad latinoamericana me lleva dando vueltas en la cabeza un buen tiempo, por dos razones importantes. La primera, porque estoy hasta la coronilla de aquellos - y me incluyo, porque así fui en el pasado - que pasan la vida sentados en un estrado imaginario criticando que los colombianos somos así o asá, que los latinos somos esto o lo otro y en general, con ese mensaje implícito de ser inferiores a los europeos o a los norteamericanos, destilando veneno constantemente, como si fuera necesario reforzar la idea de que no sólo somos peores sino que jamás seremos como ellos. No, jamás seremos como ellos. Y eso no está mal. Simplemente somos diferentes.

La segunda razón es que me he devanado los sesos tratando de dilucidar cómo es realmente nuestro pueblo. Qué convicciones tiene, qué características tiene, qué defectos y virtudes tiene pero eso sí, dejando de lado la comparación odiosa, en la que irremediablemente salimos perdiendo. Claro, si yo quiero determinar la habilidad de volar de un pez y de un ave, el pez va a perder siempre. Pero valdría la pena también evaluar cómo nada el ave a ver si el asunto sigue siendo igual. No hay por qué pensar que volar es lo correcto y nadar lo incorrecto o que volar es superior a nadar. Sucede y eso es todo. Hay una historia que lo explica, sí y valdría la pena sentarse a leer en lugar de lanzar críticas sin cesar por absolutamente cada cosa que sucede.

Sé bien que algunas personas están más que convencidas de la inferioridad de nuestro pueblo, de nuestra raza, de nuestra historia, de nuestra política, sociedad, economía, ciencia, arte y desarrollo. Sé bien que a muchos de ellos, nadie podrá convencerlos de lo contrario y que hacen lo posible para irse, porque sin duda la situación aquí está mal y tiene muchísimos problemas (y ojo, de eso soy muy consciente). Sin embargo, estaba pensando que el mayor aporte de estas personas sería precisamente buscar esos rumbos para mejorar su calidad de vida y evitar sumir a este pueblo golpeado en una desesperación peor con las constantes críticas, que sólo fijan en el subconsciente el mismo mensaje de inferioridad. 

Hace unos años, cuando comencé la maestría, una mujer brillante me dijo que la gente le preguntaba por qué no se había ido del país a hacer su doctorado, sino que había decidido quedarse aquí, donde no se destina nada a la ciencia, en un lugar donde no importa la educación, cuando ella habría podido ganarse una beca e irse. Yo me había preguntado lo mismo desde que la conocí. Ella respondió con firmeza que había decidido dar la pelea por este país, destinar su vida a luchar por lograr algo acá, donde todo está por hacerse, donde hay injusticias, corrupción y hambre sí, pero en este, el país que la vio nacer. Su discurso es tan convincente, que yo misma quise, desde ese día perseguir ese sueño. Y ahora, tiempo después, al escuchar a tantos colegas y personas inteligentes que aprecio hablar de Colombia y de Latinoamérica como si fuera la peor escoria del mundo, estoy convencida que hacen bien en irse y perseguir sus sueños, llegando a sociedades que han vivido otras cosas, con una consciencia diferente, las que ellos mismos consideran superiores. Aquí, sin embargo, necesitamos personas como ella, con ese compromiso infinito y esa fe inspiradora, para ver si unidos podemos lograr algo.

Ella alimentó en lo profundo de mi alma el sueño de hacer algo por este país desde donde puedo y siento que es lo que estoy haciendo. Ahora, creo que necesito un ideal más grande y lo estoy buscando. Estoy segura, sin embargo, que ese ideal estará destinado a tomar las riendas y no criticar más.

martes, 8 de agosto de 2017

Trabajando por milagros

Yo decidí estudiar una ciencia pura, con la idea casi mágica de hallar o inventar algo que pudiera ser de utilidad para la humanidad. Digo casi mágica porque aunque para una niña o una adolescente parece algo muy posible, me encontré de frente con la compleja realidad en que las necesidades del mundo superan con creces lo que uno se imagina y en que hallar o inventar algo útil es bien difícil. En algún punto de la carrera me convencí de que la rama de la biología que más me gustaba - la biología celular - era bastante reduccionista, tanto que sería prácticamente imposible ver que algo que yo hiciera pudiera migrar a alguna aplicación en el mundo real. Trabajé con enfermedades tropicales un tiempo y luego, se abrió la oportunidad de trabajar con células madre. La esperanza se levanta de nuevo, terminé soñando irremediablemente con salvar al mundo de la leucemia, con ayudar a la gente, con inventar algo, con encontrar algo, lo que sea. Sin embargo, tres años de arduo trabajo en un proyecto que no produjo resultados concluyentes aminoraron de nuevo la llama viva en el corazón y en numerosas charlas cargadas de frustración con mis amigos (que también estaban haciendo la maestría) decidimos que simplemente teníamos que terminar la tesis como fuera, graduarnos y entender que no íbamos a salvar al mundo de la leishmaniasis, ni a inventar curas para el cáncer o que al menos, no viviríamos para ver algo tangible que fuera producto de nuestro trabajo. Ni hablar de la esperanza más que muerta de hacer algo por este país. 

Sin embargo, para mi sorpresa, la idea se hallaba aún dormida en lo más escondido del alma. Terminé trabajando en el primer Banco Público de Sangre de Cordón Umbilical en proyectos de investigación. Todo estuvo un tiempo estable, nos dedicamos a almacenar unidades de excelente calidad, viendo distante su utilización en un paciente en el país, principalmente por la ausencia de legislación, por las respuestas del Ministerio, en fin, por mil asuntos complicados. Luego, de alguna manera los astros se alinearon y apareció un paciente de apenas 10 meses de nacido con una enfermedad genética del sistema inmune, que impide que pueda defenderse de las infecciones de cualquier tipo. El bebé había pasado casi más tiempo de su vida hospitalizado que en su casa y la única oportunidad de salvarlo era haciendo un trasplante. Como ya mencioné en otra entrada, los médicos no encontraron en las bases de datos del mundo un donante compatible, salvo por una de nuestras mejores unidades. Y ahí comenzó la odisea de organizar todo para enviar la unidad a Medellín. Angelo, el paciente que recibiría su oportunidad en una bolsa de sangre de 31 ml, congelada en nitrógeno líquido a -180°C y que representó para un grupo entero de personas uno de los mayores logros de la vida. 



Ya pasaron más de 30 días después del trasplante. El sistema inmune de Angelo comenzó a reconstituirse gracias a un donante de un hospital público de Bogotá, ya tiene de nuevo las mejillas rosadas y salió en los medios de comunicación a través de una rueda de prensa a la que no asistieron tantos periodistas como se pensaba, porque estaban cubriendo una noticia de corrupción. 

El viernes celebramos el cumpleaños anticipado de mi jefe, la directora del Banco, quien hizo todo esto posible y de uno de mis grandes amigos, que se irá próximamente a hacer un doctorado en McGill. Dijeron sus palabras de agradecimiento con la vida y nos hicieron llorar - incluso a mí, que tengo la fama del corazón más frío del Banco - sobretodo pensando en esa vida, en ese niño a quién se le otorgó una oportunidad, a quien le dimos una oportunidad. El director del Instituto mencionó que en este país, tal vez, la vida de un niño no representa una gran noticia porque venden más otras cosas, como los escándalos o la farándula, pero para la mamá del niño, lo es todo. Nosotros no somos cantantes, actores, ni modelos, no salimos lindos en las fotos o los videos y nuestra vida no da de qué hablar. Pero lo logramos. Hicimos algo por el país que nos vio nacer, algo por alguien que necesitaba ayuda. Y eso, podría decir, me basta para encender otra vez esa llama en el corazón y volver a creer. 





El café de la luna llena: gatos y astrología

El concepto de caf é s o restaurantes m á gicos que aparecen a media noche solo para un grupo selecto de sujetos que viven en alg ú n para í...