Andrea y yo somos amigas desde el
colegio. Nuestra historia comenzó con un odio profundo en 5° de primaria, no sé
bien por qué, que terminó de la manera más curiosa en un lazo de amistad
fuerte, el único diría yo que ha sobrevivido a través de los años. Hemos pasado
problemas, nos hemos distanciado por unas temporadas, pero la conexión sigue
ahí y espero que perdure por más tiempo, especialmente porque personas como
ella no aparecen todos los días y porque mujeres como ella, de esas que uno
admira, tampoco se conocen con frecuencia.
En el colegio nos la montaban
básicamente por feas y porque no teníamos novio, incluyendo a nuestras “amigas”
del grupo, que recalcaban que nos arregláramos para las fiestas a ver si
levantábamos algo. A las dos nos molestaba profundamente y decidimos burlarnos
de nosotras mismas, enfatizar que éramos muy feas y ahorrarles el trabajo a
todas aquellas que se empeñaban en hacernos sentir mal. El juego era hasta
divertido, pero no sé hasta qué punto pudo crearnos alguna distorsión de la
realidad, no solo en cuanto a la percepción de nuestro aspecto físico sino
también en la construcción de un ideal que no solo es inalcanzable sino también
falso.
Anoche salimos a tomarnos un café
y hablar de la vida, de las crisis, de la carrera, de los planes, del futuro.
Hemos tenido episodios desafortunados en nuestras citas últimamente, hemos
conocido hombres bastante decepcionantes y otros que nos roban la atención y se
ganan nuestros corazones sin proponérselo pero que nos ignoran, esas cosas que
siempre pasan. Decíamos que nos gustaría tener esa magia, esa chispa
inexplicable que tienen algunas personas y que las hacen tan atractivas a los
demás. Nos burlamos de nosotras mismas nuevamente, pero esta vez, las cosas han
cambiado. Somos conscientes de quiénes somos y qué tenemos. Sabemos que valemos
mucho y que ese pasado que nos perseguía ya pasó. No sé ella, pero yo me di
cuenta que he pasado varios años de mi vida anhelando ser una de esas mujeres
que llaman la atención con solo entrar a un recinto, lo cual viene a ser un
ideal falso, básicamente porque puede que haya algunas personas llamativas,
pero ni son tantas ni eso demuestra mayor cosa. Nosotras también tenemos cosas
buenas y malas, como todo el mundo y no vale la pena seguir palabras necias de quienes
buscan bajarle a uno los ánimos a toda costa. Estar bien y en paz con uno mismo
no tiene precio y me alegra profundamente ver en sus ojos - y espero que se
refleje también en los míos - que en ese punto estamos ahora.
Hay un leve recuerdo en algún
lugar de mi memoria sobre un ballet ruso al que me llevaron cuando tenía unos 4
años y otro sobre danzas folclóricas de la compañía de la maestra Sonia Osorio
uno o dos años después. No sé bien si ese es el motor que me ha impulsado toda
la vida a seguir bailando, a pesar de las situaciones económicas difíciles, de
la falta de tiempo o de los grandes lapsos en que dejé la danza por completo. Todo
comenzó con el ballet: mi sueño era ser bailarina de ballet porque me parecía -
y me parece - bellísimo. Comencé a los cuatro años, pero pasó el tiempo,
pasaron muchas cosas y terminé bailando después de muchos años danza árabe, que
también me parece hermosísima pero difiere bastante de la estética, la técnica
e incluso el mensaje del ballet.
La primera clase de danza árabe
fue una corrección total de la postura. De hecho, ha seguido siendo así desde
aquella vez hasta el sol de hoy, porque la forma en que distribuyo el peso de
mi cuerpo en los pies es bastante particular. La morfología de los pies permite
apoyar el peso hacia el talón, la región externa y los dedos que dan en parte
el equilibrio. El arco del pie debe quedar bien formado, alejado del piso para
permitir el paso. Muchas personas apoyamos bastante mal el peso lo cual se
evidencia en el desgaste polarizado de los zapatos o en la formación de un pie
plano que no es necesariamente genético. Mi maestra ha preguntado
reiteradamente si yo tuve displasia de cadera, porque no termina de explicarse
la razón por la cual apoyo todo el peso hacia el frente del pie (es decir, los
dedos) y dejo el talón descuidado y por ende el tobillo y la cadera lo cual
desbalancea el centro de masa y termino perdiendo el equilibrio fácilmente o
ejecutando los pasos desde los pies y no desde la cadera.
No hubo displasia, no hubo
problemas congénitos, genéticos ni ortopédicos durante la infancia pero sí hubo
ballet. El ballet venía acompañado para mí por una sensación etérea, como si
volara, básicamente porque el peso del cuerpo se sostiene en medias puntas o
puntas completas y uno siente que está fuera del mundo, en las nubes. La danza
árabe se ejecuta siempre con el peso bien apoyado en los pies y los tobillos,
con los pies sobre la tierra y no sólo desde el punto de vista técnico (de no
ser así, el movimiento de cadera simplemente no es posible) sino también desde
la sensación, de estar acá, de no tenerle miedo a la realidad, de ver el mundo
grande como es pero manteniendo siempre el equilibrio, firme en el suelo. Yo
sigo andando en puntas por la vida.
Decidí que me gusta más estar
sobre la tierra. Decidí que me gusta la sensación etérea pero que es bueno
estar acá viendo lo que pasa. Decidí que me gusta más esa versión de mi
personalidad que está con todo el peso apoyado en los talones como debe ser.
“…when the future’s
architectured by a carnaval of idiots on show”
¿No han sentido que están
viviendo en medio de un circo? ¿Qué todo lo que ven en las noticias, en la
calle, las disputas políticas y sociales no son más que parte de un cruel
libreto del que todos somos marionetas? Creo que la respuesta es obvia:
necesariamente tienen que haberlo pensado alguna vez. Es como estar atrapado en
una serie de convenciones sociales, tradiciones y costumbres las cuales no solo
son infundadas sino que no se ajustan a la realidad que vivimos. Que debemos
ser así o asá, debemos pensar esto o lo otro, debemos hacer las cosas a cierta
edad, debemos, debemos, debemos…los medios nos muestran una realidad
particularmente distorsionada, las dinámicas son cíclicas e irracionales: el
SMAD llega a la Universidad Nacional horas antes de ver al primer encapuchado y
más tarde inicia un teatro que observamos atónitos e indignados; las personas
que trabajan en bici-taxis en la estación de Prado del Transmilenio son
observadas a diario por los policías del CAI cercano a diario y de vez en
cuando les da el ataque de salir a perseguirlos y seguramente pedirles plata;
Maduro y Uribe continúan ese circo deplorable que había con Chávez lleno de
amenazas y disputas carentes de sentido; nos cobran una serie de impuestos por
arreglar las vías que siguen igual de maltrechas, piden cuotas extraordinarias
en el conjunto para mejoras que resultan siendo parte del patrimonio de la
administradora corrupta…
Lejos está este escrito de ser
una de esas cartas que pretenden sonar convincentes imitando el lenguaje oral,
las que reparten a veces para convocar a foros y reuniones con un montón de
gente que repite exactamente los mismos puntos de discusión sobre los que ni
siquiera están bien informados. Ese es otro circo. No se sabe qué es peor, si
estar en el espectáculo de los grandes, esos que controlan a las marionetas o
el de los otros, que aprovechan para reclutar incautos desinformados y modificar
su pensamiento para quejarse por absolutamente todo. Esto es física y
mentalmente agotador.
No sé ni siquiera cómo concluir,
quizás porque en realidad no hay una conclusión. La sociedad está estructurada
así, bueno o malo, pero es así. A veces dan ganas de huir bien lejos, seguramente
para entrar en otra dinámica igual de absurda, pero en otra región geográfica. "...el colectivo les perfila la razón"
“¡Oh dicha de
entender, mayor que la de imaginar o la de sentir!”
Más o menos en Agosto del año
pasado - si la memoria no me falla como lo hace constantemente - hablé con un
par de personas en Twitter sobre Borges. En realidad, lo que hicieron ellos fue
contestar mis preguntas y hablarme de sus obras, de las cuales yo no conocía
ninguna pero estaba colmada de dudas. Me recomendaron comenzar por El Aleph o
Ficciones y de ahí, decidir para dónde seguir el camino, justo como cuando uno
escucha un disco de grandes éxitos de un artista para ver qué le gusta más y
seguir esa línea de tiempo. Esa misma semana compré El Aleph (hay muchas cosas en
las cuales actúo inmediatamente y comprar libros es una de ellas) y decidí que
cuando terminara lo que estaba leyendo en ese momento, lo comenzaría. Así lo
hice.
Ahora, me sorprendí porque El
Aleph resultó ser un libro con muchos cuentos cortos y yo podría haber apostado
mi vida a que era una novela completa. Pensé que cuando los libros son así, uno
puede digerirlos fácilmente, a punta de cuentos de dos, tres o máximo cinco páginas,
puede terminarse un libro en poco tiempo y casi ni se siente. Me aventuré a comenzar
(en orden, por supuesto) con “El inmortal”.
No pude leerlo con fluidez.
Comenzaba y no entendía, me devolví una infinidad de veces y nada, como si
estuviera escrito en latín, como si las palabras hubieran sido elegidas al
azar. Lo terminé con bastante dificultad sin estar muy segura de lo que decía y
decidí seguir con “El muerto”. Parecía tener una historia ligeramente más
tangible para mí, pero sucedía lo mismo, no lograba conexión, no entendía nada,
tenía que releer al menos tres veces cada párrafo o incluso cada oración y aún
así, no era claro. Decidí que continuar era inútil si la historia se repetía
con cada uno de los cuentos y peor aún si con “El Aleph”, que era el que me
tenía con más curiosidad y expectativas, sucedía lo mismo. A veces hay libros
que uno debe dejar añejar en la biblioteca personal o de pronto el que se añeja
es uno mismo y ese fue el camino que decidí tomar con Borges.
En Abril retomé la misión y volví
a comenzar como si nada hubiera pasado con “El inmortal”. De nuevo no fue fácil
pero lo terminé y continué hasta terminar esta mañana leyendo “El Aleph”. Borges
es sensacional, pero abrumador. Al principio me sentí como atrapada por un
cardumen en medio del mar, como si todo diera vueltas alrededor de un individuo
confundido que no sabe bien a dónde dirigir la mirada, porque todo parece igual
pero es diferente y además es inconexo. Pero si uno se calma y se deja llevar,
termina en donde quiere ubicarlo el autor, sin hacer preguntas y sin esa
angustia y confusión. Al menos en este libro, Borges utiliza una gran cantidad
de información, personajes, lugares e historias y a mí, que me encanta preguntar
todo, me dejaba perdida en un universo de conocimiento que no tengo. Pero me di
cuenta que no importa si uno no ha leído Martín Fierro o si no conoce mucho
sobre la segunda guerra mundial o si no sabe qué hizo Averroes, aún es posible
entender los personajes que Borges presenta. Siempre señalo las frases que me
llaman la atención en los libros con post-it y al releer las que dejé en este
libro y también al terminarlo, descubrí que sí hay conexión entre todo lo expuesto,
como si uno viera ese punto en que todo converge en el universo. Los cuentos son respuestas y más preguntas. Todo es pura luz.
Sólo con escuchar la historia no
termino de entender. Los hechos no me parecen suficientes para justificar nada,
no puedo evitar permanecer sentada en un muro a lo lejos presenciando actos con
los que no estoy de acuerdo, formas de pensar que no me explico y que no apruebo.
Pero luego me doy cuenta que esa no es mi función ni mucho menos mi derecho y
que a la larga, no hay manera de entender del todo, estando tan lejos. Hace
falta meterse en la historia, hace falta escuchar y sobretodo, hace falta despojarse
de los prejuicios y de esas atribuciones auto-concedidas que le hacen pensar a
uno que puede condenar a los demás solo porque tiene una perspectiva diferente.
Hace mucho tiempo y también hace
poco tiempo encontré respuestas a mis preguntas. Me sentí entonces en la cima
del mundo, por encima del bien y del mal, como si ya no necesitara aprender
nada. Dedico entonces mi vida a llevar ese mensaje a los demás cuando atraviesan
situaciones parecidas, casi como una doctrina, convencida de su eficacia y de
su precisión. Bajo esa verdad, MI verdad, su comportamiento parece tan errático
y tantos sus desaciertos aún ante mis advertencias, que quisiera hallar la
forma de convencerlo para que entienda. Pero entonces, con cada explicación,
con cada palabra y con cada descripción me doy cuenta que mi dogma a la larga
resulta útil para mi contexto pero no necesariamente para el suyo. Hay
lecciones que yo apenas aprendí y que él ya sabía, hay otras que de seguro yo
sé y él no y sin duda hay muchas más que ninguno de los dos conoce. Me hace
caer en cuenta que no debo tratar de imponer mi verdad, porque las verdades de dos individuos rara vez
coinciden. Yo encontré respuestas que generaron más
preguntas. El y todos los que me rodean, tendrán que hallar las suyas y es
seguro que serán diferentes.
Hasta hace un par de horas me
creía la dueña de una verdad imbatible, la poseedora de una visión totalmente
objetiva del mundo y de los sentimientos. Pero lo cierto es que las cosas no
son así. Por supuesto, eso no le resta eficacia a mi verdad en medio de mi
realidad, pero cuando estoy tratando con otras personas, tengo que olvidarme un
rato de ella y concentrarme en escuchar, que resulta mucho más fructífero que
hablar. Se me ocurre entonces, mientras camino hacia mi casa escuchando música
y pensando en Borges, que la vida no es más que la distorsión de la realidad en
la cual decidimos permanecer.
Tengo la impresión de que la
danza en muchos campos ha dejado de ser la expresión de un sentimiento o una
idea y se ha convertido en una exhibición acrobática. Se consideran buenos
bailarines aquellos que pueden bailar prácticamente cualquier género musical incluyendo
algo de teatralidad. Eso es cierto, pero para poder transmitir el sentimiento
apropiado, es mucho mejor tener un contexto histórico, lo cual quiere decir que
no es sencillo bailar apropiadamente algo sin conocerlo a fondo. La tendencia
no es buena ni mala, cada uno elige que hacer.
Naima Akef, mi favorita de la historia.
No ha sido posible definir con
precisión el origen de la danza árabe. Al parecer, no hay una fecha, un lugar o
una persona a quién atribuirle la invención de los movimientos del vientre
característicos de esta danza lo cual es perfectamente lógico porque es la expresión
de un pueblo que se forjó mucho antes que el nuestro y bajo una serie de
creencias muy distintas con respecto a la naturaleza que nos rodea y a nuestro
papel en la misma. Cuando alguien habla de danza árabe, la gente piensa
automáticamente en Arabia Saudí, repiten como loros que los sultanes tenían
numerosas bailarinas para su diversión y que el único propósito de la danza es
seducir hombres. Piensan también en “Mi bella genio”, en Shakira y en la danza
de los siete velos.
La danza del vientre se originó
en Egipto pero no se sabe con certeza cuándo. Los egipcios conformaron
Samia Gamal y Tahia Carioca
una
civilización brillante que más adelante se fusionaría con la Griega en el
centro del conocimiento del mundo antiguo: Alejandría. Sin embargo, durante
mucho tiempo y debido a las dificultades geográficas, los egipcios permanecieron
solos, libres de invasiones, bajo la bendición del río Nilo que estructuró el
pensamiento de todo el pueblo y que forjó sus conceptos de la vida y de la
muerte. La fertilidad que confería el limo del Nilo a la tierra fue algo
atesorado por los egipcios puesto que esto permitía su supervivencia. La danza
del vientre es simplemente la expresión de un pueblo, la danza que uno
encuentra en una boda musulmana hoy en día y que bailan hombres y mujeres, tal
y como encontraría uno aquí gente bailando salsa, merengue, cumbia y pasillos (entre
otros que ya no se bailan, pero son autóctonos). Sin embargo, alrededor de toda
esta cultura que tanto dista de la nuestra, existen una serie de mitos creados
bajo la interpretación errónea de los ojos occidentales.
Nagwa Fouad.
Es innegable que la danza del
vientre resulta bastante llamativa por el movimiento enfático de la cadera. La
tan famosa “danza de los siete velos” que tantas personas usan como referente,
por ejemplo, no existe. Este baile ficticio fue popularizado por dos razones
principales: la primera, Oscar Wilde que en su obra de teatro “Salomé” (que
posteriormente sería llevada al cine) describe una escena en que ésta presenta
una danza seductora despojándose de siete velos en una fiesta para agradar a
Herodes. En segundo lugar, está la popular bailarina exótica Mata-Hari, quien
sería acusada y condenada a muerte por espionaje durante la primera guerra
mundial y que al trabajar como cortesana y habiendo aprendido movimientos de
danza árabe, realizaba lo que llamaba “el baile de los siete velos”. La danza
árabe NADA tiene que ver con el striptease y el traje que se utiliza para
bailar es una adaptación para escenario que deja descubierto el abdomen con el
fin de observar los movimientos, especialmente las vibraciones que no son tan
evidentes con la bata clásica de saidi que se utiliza en las danzas folclóricas.
La danza egipcia era esencialmente
típica de reuniones pequeñas, fiestas (haflas) o ceremonias religiosas,
Fifi Abdou
pero en
la década de los 20 con la llegada de los casinos a El Cairo, la danza invade
los escenarios de los mismos con el objetivo de entretener un público nacional
y extranjero, siendo protagonistas las mujeres, puesto que era los hombres
adinerados quienes asistían. También comienzan a aparecer en producciones
cinematográficas y se convierten en celebridades, de las cuales se habla en
todas partes. Para las décadas de los 30 y 40 aparece la fundadora de la danza
egipcia como la conocemos, Samia Gamal y también Naima Akef y Taheya Carioca,
quienes tienen un estilo bastante sofisticado, rutinas sin desplazamientos
grandes y movimientos recatados y dulces. Para los 60 y 70 aparecen Nagwa Fouad
y Soheir Saki, con un estilo un poco más “atrevido” y seductor, pero manteniendo
la elegancia. Para los 80 aparece Fifi Abdou, la encarnación de la fiesta, la
alegría y la expresión aún por encima de la técnica, de la cual no recibió instrucción
en sus inicios. Los movimientos de Fifi invitan a bailar, es increíblemente
alegre. Finalmente está Dina, actualmente la más famosa de Egipto y medio
oriente, con un estilo muchísimo más atrevido, no sólo en los movimientos sino
también en el vestuario y la expresión. Las dos últimas bailarinas han
despertado amores y odios y son bastante polémicas.
Dina
Durante todo ese tiempo la danza
árabe llegó hasta occidente y se incorporaron elementos adicionales e incluso se han creado estilos nuevos como el tribal. Los abanicos de seda y las alas de isis por ejemplo, en realidad no son
egipcios ni acompañaban esta danza originalmente. Se utilizan para bailar temas
modernos puesto que al estar manipulando un instrumento, no se hace mucho
énfasis en los movimientos de la cadera, separando esta dinámica de la danza
clásica egipcia. Los bailes folclóricos, por su parte, pueden incluir bastones
de bambú (saidi), mantos gruesos y de colores oscuros (melaya), faldas llenas
de arandelas sobrepuestas (hagalla) y amplias batas de colores brillantes (khaleege).
Puede utilizarse también el sable o el candelabro, que son instrumentos egipcios o el velo, del cual no hay constancia histórica exacta que muestre el momento en que fue utilizado en la danza.
Margot Fontayn
Bailar cualquier tipo de danza es
complicado. Todo indica que debe encontrarse un balance entre la técnica y la
expresión, siendo esta última la más difícil de conseguir porque implica
entender no sólo los movimientos sino la estructura de la música, la historia que
hay detrás y además hallar la forma de expresar todo eso. Sucede en todo tipo
de danza. En cuanto al ballet por ejemplo, decían que Margot Fontayn no tenía
buenos pies porque el arco del pie no era lo suficientemente pronunciado y
tenía las piernas cortas. Sin embargo, verla bailar es mágico, tanto, que llegó
a ser prima ballerina assoluta, un reconocimiento que han logrado pocas
en la historia.
Otro ejemplo sería Maya Plisetskaya, nadie ha interpretado a
Odette y Odile en el Lago de los cisnes con
tanta emoción como ella, su técnica
es buena, pero llama la atención más que muchas otras por la teatralidad y la
pasión que muestra al bailar. Habrá que buscar con el tiempo y esperar
pacientemente a dónde nos lleva la corriente de la tradición y de la música.
Habrá que seguir bailando.
Hay que admitir que una buena
parte de las conversaciones entre mujeres se centran en los hombres: en lo que
pasó con fulano, lo que dijo, lo que escribió, lo que puede pasar y lo que
definitivamente no pasará jamás. Supongo que todas funcionamos bajo una lógica
similar que nos permite entender diferentes circunstancias y puede que estemos
en búsqueda simplemente de ser escuchadas más que de recibir consejos.
Es evidente y lógico además, que
una buena parte de la forma en que pensamos esté modelada por nuestro entorno social,
cultural y familiar. Lo que sí es aterrador es la cantidad de estigmas y
barreras que tenemos automatizados y que además usamos para lanzar juicios no
sólo hacia las demás sino también a nosotras mismas. Por supuesto, hay una
buena cantidad de hombres - esperemos que no sean todos - que llevan encima
exactamente los mismos prejuicios.
“Es que yo no soy de esas”. ¿De
esas cuáles? ¿Qué hay que hacer para perder el derecho a ser tomada en serio?
¿Qué es eso tan malo que puede borrar absolutamente todo lo que usted es y
dejar únicamente un calificativo que la tilde de fácil, de zunga o de zorra?
“Es que él va a pensar que me le
estoy ofreciendo” ¿Y usted cómo sabe qué piensa él? ¿Se le está ofreciendo de
verdad? Y si es así, ¿merece que la quemen o la crucifiquen por eso?
“Es que esa vieja se lo ofrece
muy fácil a todos” ¿Le afecta en algo? ¿Es problema suyo? Entonces ¿por qué
sufre?
Ahora, si usted no comparte la idea
de imponer esas etiquetas y se lanza de osada a expresar su opinión, no
faltarán quienes la incluyan en el grupo zorras de las que se estaba hablando. Eso
es aún más estúpido. Es más, eso prueba que para ser señalada basta con no
hacer nada y que para ser considerada una “señorita decente” lo ideal sería irse
a un convento o simplemente unirse al bando que juzga a los demás sin conocer
el contexto, ni las razones, ni los argumentos. Supongo que criticar la forma
de actuar de otras mujeres evita que se centre la atención en uno mismo.
Nuestra
forma de actuar es siempre dependiente del contexto. Uno puede tener una serie
de códigos del buen comportamiento pero eso no necesariamente se ajusta a las
situaciones que vive. A veces uno se arrepiente, a veces no. A veces se
equivoca, a veces no. De lo que sí estoy convencida es que eso no es suficiente
para definirlo a uno, para estigmatizarlo y mucho menos para causar autoflagelación:
suficiente tenemos ya con la campaña inquisidora de la sociedad que nos observa
bajo la lupa.
Sin embargo, teniendo en cuenta
que para ganarse una mala fama basta con no hacer nada, extiendo una invitación a defender las opiniones personales a toda costa, aún cuando a los demás no les parezca. De todas maneras,
andar por la vida lleno de prejuicios jamás le permitirá a uno conocer de
verdad a las personas.