jueves, 24 de marzo de 2016

Investigación básica y clínica

Por las razones que ya expuse alguna vez en otra publicación de este blog, decidí estudiar biología y no medicina. Las ciencias básicas son cautivadoras y con los años me han fascinado prácticamente todas (de lo poco que sé de cada una), incluyendo la física que representó mi mayor dificultad. Sin embargo, siempre busqué ligar de alguna manera la investigación básica con la aplicación clínica, no sólo por ver los efectos en la vida real de lo que se observa en un laboratorio sino también porque tenía claro que es bien diferente tener un paciente de oncología a tener un cultivo de células tumorales. Sin embargo, la diferencia resulta ser muchísimo más grande de lo que yo tenía en mente.

Desde hace un año estoy trabajando en un Banco de Sangre de Cordón Umbilical, el único banco público del país, en el cual se procesan y almacenan unidades de sangre del cordón umbilical de neonatos de la red hospitalaria distrital, bajo una política de donación. Esta sangre puede reducirse a un volumen menor, que permita concentrar las células y puede congelarse en nitrógeno líquido durante años, para que en algún momento, un paciente que padezca alguna enfermedad como leucemia y que sea compatible con alguna de las unidades almacenadas, reciba un trasplante de células progenitoras hematopoyéticas. Lo que sucede en teoría es que esas unidades, que contienen todo tipo de células sanguíneas provenientes de un bebé saludable (y cuya colecta no representó ningún tipo de riesgo para la materna o el neonato) pueden descongelarse e inyectarse en el torrente sanguíneo de un paciente que ha sido sometido previamente a quimioterapia o radioterapia (para el caso de leucemias) y hallarán por señales químicas el camino correcto hasta la médula ósea, donde se alojan durante la vida las células madre que reconstituyen todos los tipos celulares de la sangre. Si todo sale bien, las células del donante llegarán a la médula, se instalarán definitivamente y serán capaces de reconstituir el sistema inmune del paciente. Hasta el momento no se ha realizado el primer trasplante con nuestras unidades, porque siendo el primer banco público del país, primero hay que construir las relaciones institucionales con quienes realizan el procedimiento y que suelen importar las unidades de Estados Unidos o de Europa. En este momento, se está avanzando en ello.

Sin embargo, sí han rotado por el banco numerosos residentes de oncohematología (pediátrica y de adultos) y nos han contado sus experiencias y las que viven diariamente los médicos especialistas que trabajan en el campo y que requieren el uso de las unidades. La realidad clínica está llena de variables que no pueden controlarse, no solo desde el punto de vista fisiológico sino también del administrativo. Por una parte, un trasplante se sugiere bajo ciertas condiciones específicas y no son favorables para todo tipo de enfermedades. El conocimiento es un campo en crecimiento, no solo en el laboratorio sino día a día en los hospitales y por alguna razón, yo había dado por sentado que ellos no tenían que lidiar con ese tipo de incertidumbre. Por si fuera poco, los trámites administrativos que entorpecen los procesos son un factor de gran impacto, sobretodo en situaciones como éstas en que unos días o meses pueden tomar un costo tan alto como una vida o la recuperación total de un paciente. Todo parecía más sencillo cuando lo leía en los artículos científicos, básicamente en estudios retrospectivos. 

El banco está creciendo y las oportunidades también. Hay muchas personas trabajando para ofrecer de alguna manera medicina de calidad, no sólo en términos de sangre de cordón sino también de sangre periférica y tejidos como córnea, piel y tejido amniótico. Es gratificante saber que lo que se hace en el laboratorio, las estandarizaciones, los experimentos y los retos no se van a quedar en un cuaderno o en un artículo sino que tal vez, si todo sale como esperamos, pueda migrar hacia el mundo clínico, ese del que poco se sabe desde la ciencia básica y el cual necesita nutrirse todo el tiempo. Algún día, quizás, este país entienda que esa es la única forma de progresar, integrando las áreas del conocimiento.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Ya no necesito...

Casi desde el momento en que puse un pie en el departamento de biología en el 2006, me convencí de que el único camino que me esperaba sería hacer un posgrado, más específicamente un doctorado en alguna parte lejos de esta tierra tercermundista que me vio nacer. Estudiar biología en la Nacional era básicamente un peldaño, el primero, para lograr ver mis iniciales al lado del de universidades internacionales de renombre, esas que parecen tan inalcanzables y que constituyeron mi sueño infundado en algún momento de la vida. No está mal soñar algo así. No está mal el sinnúmero de mis compañeros que se han ido, que han conseguido becas y que siguen subiendo peldaños de esa jerarquía de instituciones educativas y de investigación que nos enseñaron desde que entramos a estudiar. Yo vivía de sueños prestados, de historias ajenas, de aquel profesor que estudió biología celular en Estados Unidos, de la que hizo un doctorado y dos post-doctorados en bioquímica en Alemania y del que investigó sobre microbiología en el Instituto Pasteur. Si alguno había estudiado en universidades en Suramérica y peor aún, en Colombia, lo subestimábamos automáticamente, asegurando que era menos que los otros. Ni siquiera nos tomábamos la molestia de evaluar si esos que estudiaron fuera del país de verdad eran tan brillantes como pensábamos y si los que estudiaron acá tenían en realidad algún tipo de inferioridad académica. Simplemente lo dábamos por sentado.

Los años han pasado y muchos, muchísimos de mis compañeros efectivamente se fueron del país para hacer maestrías y doctorados. Mi cuenta de Facebook diariamente está llena de personas que conocí o con quienes estudié publicando artículos, ingresando a otras universidades aún más prestigiosas que las anteriores en las que estuvieron, hablando de sus proyectos de doctorado y post-doctorado. Ese mismo panorama se viene repitiendo desde que comencé - hace creo cuatro años - la maestría en la Nacional, pero la que cambió soy yo. En ese momento, me sentí tan inferior como aquellos a quienes juzgábamos por no tener títulos de fuera del país. Pensaba que no iba a realizarme como profesional hasta obtener un cartón de otro lado, aparecer en fotos en Europa, publicar al mundo artículos científicos con mi apellido encabezando la lista de autores y haciendo parte de algún grupo de investigación importante en cualquier país lejos de Latinoamérica. No sé exactamente qué pasó, pero ya no me parece que sea inferior y tampoco que necesite todas esas cosas para considerarme una buena profesional y mucho menos para ser feliz. Ya no me muero por ganarme una beca ni por publicar 20.000 artículos y sigo queriendo las fotos en Europa, pero más de paseo que en cualquier otro plan. Sí quiero seguir estudiando, eso es seguro, pero creo que ya no necesito demostrarle a nadie que me gané algo o que mi foto aparece en algún lado o que mi nombre está en alguna institución importante. Ahora mismo, en donde estoy, tengo la oportunidad de hacer lo que me gusta, acá en este país tercermundista, con gente que conozco, que me agrada y que tiene como principal objetivo hacer las cosas bien hechas. Ahora mismo, no quiero irme, quiero seguir trabajando acá. Ya no necesito demostrar nada.    

lunes, 1 de febrero de 2016

La vida real es más cautivadora

Advertencia: es casi seguro que la opinión que va a leer con respecto a este tema no será bien recibida por más de uno. No quiero decir que las relaciones sociales a través de las redes sean necesariamente malas, solo que son un tipo de realidad que ya no me gustó.


No recuerdo bien cuándo fue que abrí mi cuenta de Twitter. Al principio no sabía bien cómo funcionaba o qué tipo de cosas debía escribir, pero después comencé a escribir casi todo lo que me cruzaba por la cabeza todo el tiempo. Comencé a hablar con personas a través de tuits y luego por mensajes directos, las conversaciones migraban a Whatsapp o a Facebook, siguiendo ese conducto regular que hoy se ha convertido en una especie de clave taxonómica de las relaciones sociales. Uno empieza a darle más peso a mensajes enviados a través de ciertas redes, a la frecuencia con que se conversa o a las frases de cajón que utilizan aquellos con quienes se interactúa. Logré incluso concertar citas y salir un par de veces con personas con quienes inicié conversaciones por Twitter. Y luego, llegó un punto en el que simplemente creé una especie de dependencia enfermiza, en el que tenía que escribir cualquier idea que se me ocurría y en que pensaba cómo modificar alguna frase que usara en la vida real para que sonara más atractiva por Twitter.

Mi vida real comenzó a girar en torno a ese personaje virtual que yo misma había creado, el cual por supuesto estaba basado principalmente en quien soy, pero que también tenía algunas características adicionales que siempre me gustaron de mí y que no era capaz de mostrar fuera de la red. Me di cuenta que esta realidad virtual absorbía la mayor parte de mi tiempo, atrofiaba todo lo que trataba de hacer con una idea parásita que me decía que tenía que publicarlo para que me vieran, para que me leyeran o para llamar la atención de alguna manera. Las personas con quienes hablaba a través de otras redes sociales y que no conocía en la vida real también ocupaban gran parte de mi tiempo, alimentando una idealización que yo misma había construido sobre ellos y que en la mayoría de los casos no coincidía con quienes eran en realidad, como pude comprobar cuando tenía la oportunidad de conocerlos. 

Un día, me di cuenta de algo importante. Había construido una amistad muy valiosa con alguien que años atrás había detestado y con quien las conversaciones eran infinitamente más divertidas, todo el tiempo. Salíamos a tomar cerveza, a almorzar, a comer helado o simplemente a caminar buscando libros. Siempre dijo que no le gustaba tanta interacción virtual, no dura más de 20 minutos conectado a un chat y no tiene Whatsapp porque dice que prefiere llamar a las personas y escuchar su voz. Cuando me decía eso, yo le argumentaba que no era necesario, que las redes y la vida virtual era lo máximo y que no había una fuente igual para conocer personas. Me decía que yo era la reina de Twitter porque conocía gente y lograba armar citas y ahora, mucho tiempo después y analizando la situación, creo que entiendo por qué le parecía tan raro. 

En realidad, sus palabras me quedaron martillando aún mucho tiempo después de que se fue a vivir a otra ciudad y ahora que se ha ido a vivir a otro país. Él tenía razón. Nada se compara con escuchar la voz de las personas, con salir a tomar un café en cualquier parte y con observar - aún cuando eso no sea garantía de nada - el lenguaje corporal, el tono de la voz y los mensajes ocultos en el iris. Es cierto, uno no termina de conocer a las personas nunca, independientemente del medio del que hayan salido, pero la vida real es simplemente eso, mucho más cautivadora.

Cerré mi cuenta en Twitter y le bajé a la intensidad en Facebook y decidí que me gusta más la vida real. También me gusta más cuando no estoy pendiente de agradar a los demás, ni de llamar la atención. Sé también que así soy mucho más feliz.

domingo, 17 de enero de 2016

"La casa de los espíritus" de Isabel Allende

Mi selección de libros próximos a leer solía estar guiada por un listado que tenía en una libreta desde hacía mucho tiempo, la cual incluía las obras más clásicas de la literatura. Nunca me ha gustado leer en tablets o en el computador, no siento la misma emoción ni me conmueve tanto como sentir las páginas del libro, apreciar el olor del papel nuevo y las imágenes o los tipos de letra de las portadas y contraportadas en físico. 

Hace ya bastante tiempo, estaba en la Panamericana con Mafe viendo libros y de repente me señaló uno de Isabel Allende y me dijo que era un libro divertido. Me acerqué a verlo, estaba en promoción, pero por alguna razón no me llamó la atención comprarlo, no había escuchado de la autora, ni del libro y - a riesgo de sonar bastante hippie - de alguna manera el libro no me llamaba. Pasó el tiempo y abandoné esa costumbre cuadriculada de comprar solo libros clásicos, aquellos que estaban incluidos en mi lista y decidí abrir las ideas hacia otros autores de los que no sabía mayor cosa, sólo por curiosidad y para ampliar mis perspectivas. Comencé a seleccionar los libros que compraba solo por observarlos detenidamente, como si de alguna manera me hablaran y así mismo elijo el siguiente que leo, como si un hilo invisible me llevara directamente hacia un título en particular. No recuerdo bien qué estaba buscando cuando me volví a encontrar de frente con "La casa de los espíritus" de Isabel Allende pero esta vez, decidí comprarlo. Después de terminar con "El libro de los sueños" de Borges, prácticamente soñé con el título del libro de Allende y decidí comenzarlo inmediatamente. Para mi sorpresa, me gustó bastante. 

Isabel Allende es una escritora chilena, ganadora del Premio Nacional de Literatura de su país natal en el 2010. Descubrí que tiene un gran éxito en ventas de sus libros, aunque la crítica la ha catalogado como una mala escritora e incluso hay quienes han afirmado que no es una escritora de verdad. Sin embargo, como para gustos los colores, voy a hablar de mi experiencia, la cual fue bastante grata. 

El libro tiene una narrativa sencilla pero dinámica, bastante clara y entendible y relata con fluidez la historia familiar a través de varias generaciones de los Trueba. No tuve que releer ninguna de sus páginas como sucede con quienes tienen un estilo más complejo, tampoco señalé ninguna frase que considere que deba recordar para la vida, como me ha sucedido con otras obras. Mi conocimiento en cuanto a las estructuras literarias es más bien limitado, pero desde el punto de vista del lector, debo decir que fue divertidísimo leerlo. El pasar de la historia se menciona solo desde el punto de vista de los personajes, sin hacer hincapié en asuntos más densos, pero tal vez es precisamente por esa razón que uno termina de leerlo rápido, además de la curiosidad de saber qué pasa por pequeñas menciones cortas sobre el futuro de los personajes. No llega al extremo de ese estilo desparpajado que tienen algunos autores, donde uno siente que se ha perdido el límite entre el lenguaje hablado y el escrito, por lo cual me pareció bien construido y probablemente dirigido a una gran diversidad de público. Nuevamente, no se encuentra uno con una epifanía, pero es bastante agradable y definitivamente, uno de mis recomendados. Supongo que fue una buena decisión dejar de lado las listas cuadriculadas.


miércoles, 6 de enero de 2016

No a los evangelizadores

Vamos a dejarlo bien claro, para que no quede duda: tengo 27 años, no creo que exista dios, me encanta leer y estudiar, lo único que le pido a la vida es salud, soy un poco adicta al trabajo, casarme y tener hijos no son metas con protagonismo en mi vida y odio con alma y cuerpo cualquier tipo de imposición social tradicionalista sobre la vida de los demás, especialmente sobre las mujeres.

Últimamente he encontrado un crecimiento exponencial de las preguntas con respecto a lo que voy a hacer de mi vida a partir este punto. Hay un grupo de personas que insisten en preguntar si no tengo novio, que por qué será, si no me pienso casar, si ya que terminé de estudiar no estoy interesada en formar familia, que ya me puede ir dejando el tren, si no me he preguntado por qué no soy capaz de enamorar un hombre y toda clase de postulados que se puedan imaginar. El otro grupo, el académico, insiste en que es necesario salir del país porque acá la investigación no sirve, que hay que ir a recorrer el mundo, que si no voy a hacer el doctorado ya y que ojalá en Europa o Estados Unidos porque en este país qué hay que hacer, que si no me voy a presentar a las becas en los países recónditos del mundo, que si pienso quedarme solo con la maestría, y toda una nueva variante de esa misma presión social de la que fuimos víctimas cuando ingresamos al primer semestre de biología. Está también la mezcla de los dos, los que pretenden que uno sea esposa, madre, PhD y si de paso puede hacer aseo y cocinar, mucho mejor.

Estoy hastiada. Me pregunto cada vez que encuentro alguno de estos personajes si no tendrán algo más interesante qué hacer o por lo menos más productivo, que inmiscuirse en lo que no les importa y tratar de imponer a los demás lo que piensan que es correcto. A algunos les parece que por ser mujer, mi única misión en la vida es tener hijos, entonces si uno dice que no está de acuerdo se gana - y gratis, además - toda una sarta de comentarios y argumentos que jamás pidió, no sé si para ver qué tanta paciencia tiene quien escucha (que en este caso es poca) o si es que logra evangelizarlo con su punto de vista para que al final diga algo como: "tienes razón, ahora quiero tener un hijo". Están también los que por poco me diligencian el formulario para becas en todas partes, que pelean porque no me he presentado a ninguna universidad en Europa y que insisten en que es necesario hacer el doctorado ya, cuando aún ni siquiera me he acostumbrado a la idea de que al fin terminé la maestría.

Nunca sobra escuchar puntos de vista diferentes, porque uno no sabe dónde puede estar escondida una idea brillante. Lo que sí me molesta es la discusión acalorada sobre los puntos de vista que no se acomodan a lo que la sociedad considera correcto y la necesidad compulsiva de convencer. Yo no tengo que demostrarle nada a nadie y tampoco me interesa hacerlo. Sé muy bien quién soy y lo que creo y no ando por la vida presionando incautos a ver si los convenzo de pensar igual que yo. He estudiado cuanto he podido y probablemente voy a seguir haciéndolo en tanto pueda, pero no por tener un diploma de otro país. Quiero llegar tan alto como pueda y de ser posible quiero hacerlo aquí, en la tierra que me vio nacer para ver si algún día, podemos utilizar el conocimiento como un arma para acabar con los múltiples problemas de este país, al cual, a pesar de todo, amo de verdad. Casarme y tener hijos no son prioridades en mi vida, no estoy interesada en "encontrar el amor verdadero" al menos por ahora (y aquí es donde argumentan que eso pienso ahora y que hablamos en 10 años, lo cual me llevan diciendo desde hace 10 años, cuando tenía 17). Aprecio y detesto a mi propia especie por esa dualidad que la caracteriza, por ser capaz de construir y destruir cuanto se propone. Quiero viajar, pero preferiría hacerlo de vacaciones, soy feliz con mi trabajo actual y sí quiero hacer un doctorado pero después, ya veremos qué ventana se abre. No creo en dios, si decidiera adorar algo serían el sol y la gravedad, pero no trato de convencer a nadie de eso, así que aprecio a quienes simplemente escuchan y no tratan de atacarme como si quisieran quemarme viva en la plaza de Bolívar. Hay muchos libros por leer, mucha música por escuchar y muchas películas por ver, así como también hay mucho trabajo por hacer, así que mi única sugerencia - no evangelizadora - es que la vida se vive mejor cuando uno se ocupa de sus cosas y no anda pendiente de lo que hacen y deshacen los demás, que al fin y al cabo, tienen la libertad de hacer lo que les plazca.

domingo, 6 de diciembre de 2015

¡Mataron a Gaitán!

Estoy leyendo el "Libro de sueños" de Borges, que es básicamente un compilado de la mención del sueño en diversos textos a lo largo de la historia, además de unos cuantos de autoría del mismo Borges. Habla de todo tipo de sueños y me hizo recordar uno, que había querido describir en este blog desde que lo soñé pero no había tenido tiempo, porque el año 2015 estuvo lleno de movimiento en mi vida académica y laboral hasta que en cierto punto olvidé que existía este espacio en mi vida. 

El sueño comenzaba en el hospital materno infantil (el de la Cra. 10 con calle 1a), el cual había visitado hacía unos días por la posibilidad de obtener sangre de cordón umbilical para terminar la tesis, lo cual supongo que estuvo relacionado con esa localización en particular. Comencé con una visión panorámica del hospital, sin embargo, la fachada lucía nueva, muy diferente de como la había visto hacía unos días, era como si el hospital llevara apenas unos meses funcionando y estuviera recién pintado. Después me veía a mí misma, en urgencias, con un vestido de enfermera de los años 40 o 50, como esos que salen en las películas, con una bata bien almidonada larga, delantal, y una cofia atendiendo pacientes aquí y allá, tranquilamente. No había mucha gente, me llamaban a la sala de partos y acudía rápidamente para atender a alguna paciente que estaba a punto de dar a luz. De repente ya no era una espectadora sino la protagonista, es decir, yo sentía que era quien estaba en el hospital, no solamente veía a una figura igual a la mía (es un poco complicado de explicar, pero todo aquel que ha soñado, que será todo el mundo, sabrá a qué me refiero).

Parecía un día normal en el hospital, hasta que en algún momento, se sintió una fuerte agitación en la calle, no sé bien cómo explicarlo, lo cual inquietó a todo el personal del hospital. De repente, una persona pasó rápidamente por los corredores, gritando "¡mataron a Gaitán, mataron a Gaitán!". Justo al escucharlo, pensé: "es el 9 de Abril", es decir, era consciente de estar en otro punto de la historia, uno que no era el mío. El pánico se dispersó en el hospital muy rápidamente, los pacientes gritaban asustados, nos preguntaban qué había pasado y los médicos y enfermeras tratábamos de calmarlos. Nos llamaron a todos a urgencias, porque al parecer, en medio del desorden comenzaron a llegar personas heridas que necesitaban atención inmediata. El hospital tenía un ambiente caótico y yo estaba bastante asustada, pero corría a auxiliar a quienes me llamaran. Afuera, se escuchaba una algarabía, la gente gritaba y causaba estragos a su paso, cerraron las puertas del hospital y nos llamaron luego a todo el personal a la parte de atrás, para decirnos que teníamos que salir de ahí, porque la ciudadanía había enloquecido y corríamos peligro. Todos peleábamos y alegábamos que no podíamos dejar a los pacientes ahí abandonados a su suerte, que algunos estaban en condiciones realmente graves y necesitaban atención médica, pero una persona que no recuerdo nos ordenaba salir del hospital por la puerta de atrás, donde nos recogería un carro para llevarnos a las afueras de Bogotá. Finalmente, accedimos, esperamos el carro y me subí con un grupo de enfermeras, mientras observábamos unos pocos médicos que permanecerían en el hospital para estar con los pacientes. En ese momento, me desperté.

Fue muy extraño. No sé bien qué serie de ocurrencias me llevaron a ese sueño en particular, a una fecha como el 9 de Abril de 1948, a un trabajo de enfermera en el materno infantil. Se sintió muy real, eso sí. En todo caso, es uno de los sueños más geniales que he tenido en mi vida.


lunes, 9 de marzo de 2015

“Like the legend of the phoenix…”

Puede que suene un poco exagerado, pero el 2014 fue un año difícil para mí. No pasaron cosas esencialmente graves, mi familia está y estuvo bien, no pasó nada enfáticamente trágico. Sin embargo, me sentí completamente derrotada en un sinfín de aspectos de la vida, especialmente en mis dos pasiones, que son evidentemente dos de los pilares que me sostienen: la biología y la danza. Durante todo el año sentí que no iba a poder con la tesis, que me había quedado grande la maestría, que mi habilidad para diseñar experimentos y para solucionar problemas se había esfumado de repente y que jamás volvería. Los temores se confirmaron cuando mis directores fueron enfáticos en la falta de calidad de mis resultados (o básicamente en la falta de resultados, porque no salía absolutamente nada) y cuando afirmaron sin dudar que un estudiante como yo no servía. Sentía que estaba dando lo mejor de mí pero que no era suficiente y me cansé y quise dejarlo todo para no volver. Al fin y al cabo, siendo tan incompetente, mi ausencia definitivamente no sería muy apreciable, el grupo de investigación no se acabaría, la universidad tampoco y la única persona que habría perdido tiempo y plata sería yo, que me iría tal y como llegué pero con tres años invertidos en un trabajo que prometía mucho pero que no arrojó nada. Ni se diga en cuanto a la danza, donde no me dijeron en la cara que no servía (y francamente no sé qué es peor) sino que simplemente desapareció el grupo en el que bailaba y nos dejaron a la deriva, como cuando un maestro ya no se empeña en enseñar, bien sea porque no tiene nada más o porque ha perdido completamente la fe en el estudiante. Las múltiples señales eran bastante claras: no servía. Fracaso, fracaso por todas partes, fracaso en las cosas que han sido mi única certeza durante toda la vida y sentí cómo algo se rompía, como si mi propio ser se perdiera en un vacío infinito. A pesar de todo no quise rendirme y seguí a costa de la tranquilidad y de la salud en un círculo vicioso de experimentos sin resultados, estancada en algo que no tenía ni pies ni cabeza, frente a una masa amorfa que no sabía cómo enfrentar.


Sin embargo, para mi cumpleaños la vida me trajo un regalo desde España. Ximena llegó al laboratorio como investigadora postdoctoral justo después de la partida de Nathalia, quien había librado esa batalla conmigo, hombro a hombro (seguramente sin ella, me habría enloquecido) y logró sacarme no sólo del estancamiento experimental sino también mental. Renuncié sin darme cuenta a la idea de huir de todo y decidí que era el momento de seguir luchando y de demostrar que yo no era lo que tanto decían, que podía y puedo investigar, que puedo pensar más allá de lo que veo, que puedo proponer experimentos, hacerlos y obtener resultados que podré explicar aún cuando no parezcan coincidir con lo que espero, porque eso es esto, porque de eso se trata y porque eso es lo que amo de mi profesión, lo que he amado desde el primer día, cuando en el 2006 comencé con la aventura de ser bióloga. El golpe al ego fue duro, porque me demoré en una maestría casi el doble del tiempo que “debe ser”, yo, que me consideraba una de las mejores egresadas de la promoción y que no nos vamos a decir mentiras, presumo de mis capacidades con frecuencia. 

Después, los experimentos salieron y entonces el asunto del ego se perdió porque finalmente hay algo, porque lo logré y porque además abandoné esa costumbre de salir corriendo cada vez que no puedo hacer algo con facilidad. Ahora, ante la inminencia del final de los experimentos y ante un documento en construcción me vuelve la tranquilidad y las certezas aunque con consciencia de la vulnerabilidad también. Digamos que fue una especie de despertar, un proceso en el que valoré aún más a las personas que me rodean y que me ofrecen su apoyo incondicional y por quienes daría lo que fuera, sin importar nada. A todos (que saben bien quiénes son), no me alcanzan las palabras para agradecerles por todo, por estar ahí, por mostrarme la luz del camino y por devolverme la fe en tantas cosas.

El café de la luna llena: gatos y astrología

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