Todas lucen absolutamente perfectas.
Delgadas, curvilíneas, con piernas largas, tacones muy altos (esos que están de
moda, que todos los hombres aman), cadera prominente, cintura diminuta, bonitas
facciones, piel perfecta, ojos bien maquillados y cabello liso hasta la
cintura. Usan faldas cortas o jeans que parecen hechos a la medida, chaquetas
bonitas y blusas que resaltan la figura. Voy a aceptarlo: uno sale a un centro
comercial, se va de rumba o simplemente camina en ciertos sectores de Bogotá y
no puede evitar observarlas cuidadosamente y además compararse con ellas. Vamos
a ver: yo mido exactamente 1.51m (realmente metro y medio), con piernas cortas,
amo los tacones pero no tan altos, facciones normales, piel con imperfecciones,
cuerpo normal y mi cabello más bien tiende a la entropía. Nada que hacer, tienen
mejor fitness. Me ganan y por mucho. Pero lo cierto es que ya me cansé
de esta uniformidad que ha forjado el seguimiento de los estereotipos de belleza
y especialmente, me cansé de esa tendencia involuntaria que tenemos las mujeres
de compararnos todo el tiempo con las demás.
No sé si los hombres hagan lo
mismo, en realidad lo dudo mucho. La mayoría de los hombres que conozco tienen
el ego crecido a más no poder y no importa cuánto intentemos “echarles tierra”,
ellos simplemente no se dejan. Resaltan enfáticamente lo bueno que tienen y lo
proyectan al mundo. ¿Por qué no hacer lo mismo? No, algunas de nosotras nos
sumergimos en críticas constantes hacia las demás y nos cegamos a la hora de
encontrar lo bueno que tenemos. Cuando vemos una mujer muy bonita, reaccionamos
con una de tres opciones: o la tildamos de bruta, o la tildamos de zunga o las
dos cosas. Y al fin y al cabo, a veces uno habla con esas mujeres perfectas y
resulta que no son ni lo uno ni lo otro, simplemente son muy bonitas. Pero no,
la envidia no nos deja o la rabia o la frustración y lo cierto es que el único
que sufre es uno porque siente que no encaja y lo peor: que no es suficiente.
No entiendo qué nos lleva a esas
competencias infundadas. Tengo amigas a quienes estimo mucho pero que no pierden oportunidad de enfatizar mi corta
estatura y que ellas - por dos o tres centímetros - son más altas que yo. “¡No,
es que esa vieja es incluso más bajita que Diana!” - dicen con impresión. No, ¿qué hacemos con la modelo de Victoria’s Secret, con la escalera de bajar cocos?.
Sí, yo parezco un pitufo, ¿y qué? ¿Eso me hace menos persona? ¿Es algún defecto
físico? ¿Me incapacita de alguna forma? Perfectamente podría decir que fulanita
es más bajita que ELLA, que tampoco es muy alta que digamos. Pero bueno, eso no
importa, ya he adquirido inmunidad a los comentarios sobre mi estatura. No
niego que me chocan, pero es claro que quienes me rodean no lo van a
superar.
Después de varios
años de costumbre, estoy tratando de abandonar el hábito de compararme con otras mujeres. Evito
darle palo a mi autoestima de manera consciente aceptando la realidad: sí, son
muy bonitas, pero algo tiene que tener uno también que sea atractivo. Encontrar
eso es un poco más complicado pero ahí vamos. Lo cierto es que sería un buen
momento para dejar la neura y la obsesión de criticar al resto y dedicarnos a buscar
en nosotras las cosas valiosas. Suena a libro de auto-superación (qué horror) pero
es cierto. Nos preocupamos tanto por comparar y sentirnos mal por no ser como
las demás que se nos olvida que eso también es bueno, también puede ser
atractivo y también debe enriquecernos como individuos. No olvidemos que no hay
mujeres perfectas…está bien, está bien, ya sé que todos aman a Natalie Portman,
pero ella está por encima del bien y del mal.
Me llegó tanto esta entrada, que se la voy a responder con un post en mi blog hoy mismo.
ResponderEliminarMe parece excelente.
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